Carta Pastoral en el Día del discapacitado. Diciembre 2017

Mirarnos en la persona discapacitada

 Queridos diocesanos:

 El día 3 de diciembre tenemos presentes de manera especial en nuestra Iglesia diocesana a las personas discapacitadas, siendo conscientes de que éstas son sujetos protagonistas de la pastoral con pleno derecho.

Compromiso de la Delegación diocesana de Catequesis

“Ningún límite físico o psíquico puede ser un impedimento para este encuentro, porque el rostro de Cristo brilla en lo íntimo de cada persona”. En este sentido se está creando un proyecto específico al que se ha denominado Catequesis Dis-ferente dentro de la Delegación diocesana de Catequesis. Es urgente promover en la diócesis procesos de iniciación cristiana abiertos a personas en situación de discapacidad, formando parte de nuestras programaciones pastorales, acogiendo el sentir de la reflexión magisterial del papa Francisco. Bien percibimos día a día que las personas con habilidades diferentes tienen una gran capacidad para relacionarse con lo espiritual, con Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Ellas nos enseñan las habilidades del corazón, de la gratuidad, de la sencillez, de lo que es esencial en la vida. Todos somos diferentes y con posibilidades distintas que nos llevan a reconocer que nos necesitamos los unos a los otros. Esto nos hace valorar a las personas por lo que son, no por cómo son o por lo que tienen o hacen. Nuestra dignidad radica en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios que tiene un proyecto para cada uno de nosotros. Este mensaje ha de darlo la catequesis en cualquier circunstancia a través de nuevos lenguajes que posibiliten la transmisión de la fe, sabiendo que “la misión se encarna en los límites humanos” (cf. EG 40-45).

Compromiso de nuestra Iglesia diocesana

Nuestra iglesia diocesana no sólo ha de estar dispuesta a ofrecer la atención precisa, sino también el reconocimiento y la integración social más allá de todo sentimentalismo, traduciendo esta actitud en formas siempre nuevas de fraternidad. “Con vuestra realidad, queridos discapacitados, decía el papa Juan Pablo II en su homilía del 3 de diciembre del 2000, cuestionáis las concepciones de la vida vinculadas únicamente a la satisfacción, la apariencia, la prisa y la eficiencia. También la comunidad eclesial se pone respetuosamente a la escucha; siente la necesidad de dejarse interpelar por la vida de muchos de vosotros, marcados misteriosamente por el sufrimiento y por el malestar de enfermedades congénitas o adquiridas. Quiere estar más cerca de vosotros y de vuestras familias, consciente de que la falta de atención agrava el sufrimiento y la soledad, mientras que la fe testimoniada mediante el amor y la gratuidad da fuerza y sentido a la vida”. Nuestras limitaciones no tienen la última palabra. Lo que da sentido a nuestra vida es el amor, manteniendo la serenidad de espíritu en la cruz del sufrimiento. “Cualquier cosa que hagáis a los demás, a mí me lo hacéis” (Mt 25,35), nos dijo Jesús. Es posible avivar nuestra comunión eclesial si aprendemos a ver en el otro a la persona a cuyo encuentro hemos de salir. “La gloria de Dios es el hombre que vive” (San Ireneo de Lyon, Adv. haer., IV, 20, 7). Desde este convencimiento queremos hacer nuestras vuestras inquietudes y expectativas, vuestros dones y problemas. “Sabemos que el discapacitado –persona única e irrepetible en su dignidad igual e inviolable- no sólo requiere atención, sino ante todo amor que se transforme en reconocimiento, respeto e integración en todas las etapas de la vida, sobre todo en la edad adulta, ese momento siempre angustioso para los padres”. Os acompañamos en vuestras pruebas y en vuestros momentos de desaliento para iluminarlos con la luz de la fe y con la esperanza de la solidaridad y del amor.

En la clave de la trascendencia

Toda dificultad física o psíquica la vivimos a la espera de la liberación que sólo se manifestará plenamente al final de nuestro peregrinar terreno. Sin la fe esta espera puede convertirse en desilusión y desconsuelo. Con el apoyo de Cristo se transforma en esperanza viva y operante. Queridos diocesanos, os invito a vivir la proximidad y la comunión con quienes por cualquier motivo pueden necesitarnos y se encuentran en alguna dificultad, conscientes de que el Señor nos reconocerá ante el Padre si nosotros le hemos reconocido en el hermano. Nuestras limitaciones no tienen la última palabra. Lo que da sentido a nuestra vida es el amor que mantiene la serenidad de espíritu en medio de ellas. Sabemos que Jesús se siente solidario de los más humildes como el que realmente ha descendido a las situaciones humanas más dolorosas. Esta Iglesia compostelana acoge con toda consideración y afecto a las personas discapacitadas, alentando su esperanza para superar los momentos de sufrimiento que puedan surcar la realidad de su vida.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

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