Carta Pastoral en el Día del Domund. Octubre 2017

“Sé valiente. La misión te espera”

Queridos diocesanos:

Con este lema la Iglesia nos llama en la Jornada Misionera Mundial a dar razón de nuestra fe, asumiendo el riesgo de la misión que no es “la propagación de una ideología religiosa ni tampoco la propuesta de una ética sublime”, como dice el Papa en su Mensaje para esta Jornada. La misión es anunciar a Cristo resucitado y su Evangelio. “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable” (EG 276). El papa Francisco sacude  nuestra soñolencia en la vida cristiana diciéndonos de manera incisiva que no nos dejemos robar el entusiasmo misionero, la alegría evangelizadora, el ideal del amor y la fuerza misionera, equipaje que debemos llevar en nuestra alforja a la hora de ir al encuentro de los demás en las distintas periferias en que puedan encontrarse (cf. EG 80, 83, 101, 109). “La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino”[1]. Todos somos discípulos misioneros. La actividad misionera es “el mayor desafío para la Iglesia” (RM 34).

Valentía para la misión

Jesús acoge con audacia, valentía y humildad la misión que el Padre le había confiado. Habla abiertamente, asume la realidad y no se esconde ante las dificultades que le sobrevienen. Es el referente de la Iglesia en salida dispuesta a superar los obstáculos que puede encontrar en esa preocupación de dar a conocer a Cristo. Este fue el ejemplo que nos dejó en el peregrinar eclesial desde el primer momento la comunidad cristiana. Así lo constatan los Hechos de los Apóstoles donde se refleja que estos daban testimonio de la resurrección de Cristo con valentía, sabiendo que era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Esta convicción le costó la vida al apóstol Santiago el Mayor que fue el primero de los apóstoles en beber el cáliz del Señor. Los cristianos mostraron siempre fortaleza en las circunstancias más difíciles. Pablo escribirá a los Romanos: “Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; la paciencia virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3-5). Así lo testimonian los apóstoles que “salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre de Jesús” (Hech 5,41). En este sentido necesitamos tener un corazón valiente para dar ese salto que nos sitúe allí donde tantas personas nos necesitan.

Llamados, elegidos y enviados

Para llevar a cabo la misión hemos de asumir el riesgo de anunciar a Cristo y estar arraigados en Él. Esto comporta ser personas capaces de saborear la cruz y contagiar el gozo de la resurrección, dispuestas a vivir nuestra condición de hijos de Dios y la fraternidad de los unos con los otros, cercanas a Cristo y poseídas por la esperanza con la conciencia de que la fe ha vencido al mundo (1Jn 5,4). Esta certeza genera paz, alegría y esperanza. Esta es la misión que nos espera y que comporta conocer la Palabra de Dios que nos lleva a oír a Cristo, saber que la cruz nos incorpora a la muerte y resurrección del Señor, y tener la valentía para estar dispuestos a vivir la actitud martirial como tantas personas, comunidades cristianas y pueblos la están afrontando hoy. Anunciar a Jesucristo exige compromisos de justicia, de caridad fraterna, de ofrecimiento a Dios Padre y de servicio a los hermanos. “La Iglesia tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, de ayudar a que esta liberación nazca, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea verdaderamente total. Todo eso no es extraño a la evangelización” (EN 30).

Exhortación final

“La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propaganda de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización”[2]. Como el pasado año os recuerdo al apóstol Santiago el Mayor que llegó hasta nosotros para traernos el mensaje de Cristo, y os animo a manifestar nuestro agradecimiento a todos los misioneros y misioneras, y a todas las personas que les acompañan en el compromiso de anunciar el Evangelio, asegurándoles nuestra oración, ayudando económicamente según nuestras posibilidades y apoyando las vocaciones misioneras. Es siempre actitud misionera salir al encuentro de los demás para anunciar a Cristo. ¡Seamos generosos material y espiritualmente!

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] FRANCISCO, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2017,  7.
[2] Ibid., 9.

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