Carta Pastoral en el Día del Enfermo 2018

“Mujer, ahí tienes a tu Hijo…”

Queridos diocesanos:

El Día del Enfermo siempre es para nuestra comunidad diocesana una llamada especial a las puertas de nuestro corazón. Es verdad que cualquiera jornada es ocasión providencial para estar cercanos a los enfermos pero en este Día se nos invita a hacer una reflexión especial que aliente nuestra alma en el cuidado de los enfermos. Dice el papa Francisco: “Nadie puede tocar la cruz de Jesús sin dejar en ella algo de sí mismo, y sin llevar algo  de la cruz de Jesús a su propia vida”. Parafraseando podemos decir que nadie puede tocar a un enfermo sin dejar algo de sí  mismo en él y sin llevar algo de él a su propia vida.

Quien más quien menos hemos tenido la experiencia de la enfermedad inherente a la fragilidad de nuestra condición humana. Sin duda en esta circunstancia nos damos cuenta de que necesitamos de los demás y de lo mucho que hemos de agradecer a las personas que nos acompañan. Esta percepción nos lleva a humanizar nuestra vida y nuestra convivencia.

El lema de la Jornada este año fija nuestra atención contemplando a Cristo en la Cruz, estando junto a él su Madre y el discípulo Juan. En su mensaje el Papa nos recuerda que “la Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor”, refiriéndose a las palabras de Jesús en la cruz.  En estas palabras el misterio de la cruz refleja una luz especial, a través de la cual Jesús “muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo”.

En otra ocasión ya os he comentado que el sufrimiento, el dolor, la enfermedad no deben paralizarnos a la hora de dar razón de nuestra esperanza. Así lo comprobamos en María que asume su preocupación por la Iglesia en el momento crítico del sufrimiento junto a la cruz de su Hijo aceptando el compromiso de cuidar a los hijos que están representados en Juan. El Papa subraya en su mensaje que “la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios”. ¡Cuántas iniciativas de la Iglesia en favor de los enfermos a la largo de toda su historia!  “La imagen de la Iglesia como un ‘hospital de campaña’, que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población”.

En el Calvario a María le duele el dolor de su Hijo, le duele nuestro dolor, el sufrimiento espiritual y físico de todos. Allí se significó que cuanto más íntimamente se participa en la pasión y muerte de Cristo, más plenamente se tiene parte también en su glorificación. Por eso, ante el sufrimiento, la enfermedad, el dolor o la muerte, el discípulo de Cristo no ha de desesperarse. El sufrimiento no tiene la última palabra.

En este mundo se nos invita a vivir desde la humildad de Cristo que vino “a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28), preocupándonos de los necesitados y no siendo meros espectadores de personas víctimas de cualquier tipo de sufrimiento. “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio”[1]. El cuidado de la salud no debe mediatizarse por lo que el Papa llama el riesgo del ‘empresarialismo’, “que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres”.

También en nuestra Diócesis “la pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes”. Quiero agradecer los desvelos y cuidados de las familias que con tanto cariño y cercanía atienden a los enfermos como María sosteniendo el sufrimiento de su Hijo. ¡Cuánta generosidad, dedicación y disponibilidad por parte de la familia en el cuidado de los niños, jóvenes y mayores enfermos en circunstancias a veces difíciles! He sido testigo de esta experiencia en los hospitales, en las residencias y en las casas particulares. La familia acompaña a los enfermos, pero necesita ser también acompañada. La Iglesia sale a su encuentro.

Queridos enfermos y enfermas, os tengo muy presentes en mi oración con la intercesión de la Virgen María, salud de los enfermos. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

 + Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] FRANCISCO, Misericordiae vultus, 15.

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