Carta Pastoral en el Día de la Vida Consagrada. Febrero 2018.

La Vida Consagrada, icono del amor de Dios

Queridos Miembros de Vida Consagrada:

Me alegra dirigirme a vosotros uniéndome en la oración para pedir que día a día crezcáis en vuestra vocación, y que os sintáis orgullosos del amor de Dios que ha sido derramado en vuestros corazones con el Espíritu Santo que se os ha dado.

El por qué de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada

La Jornada Mundial de la Vida Consagrada nos invita a todos los diocesanos a dar gracias por este don de Dios a la Iglesia con el que nos vemos enriquecidos a través de vuestros carismas, sabiendo que no es fruto de vuestro voluntarismo sino que es gracia de Dios. Nos ayuda también a conoceros mejor y a quereros por lo que sois y significáis en la comunidad eclesial. Y a vosotros os recuerda que día a día estáis llamados a cantar las maravillas que el Señor realiza en vuestra vida como lo hizo la Virgen María en el Magnificat.

Proclamar la grandeza de Dios suscita la alegría en Dios nuestro Salvador, sintiendo con humildad la urgencia de conformar vuestro carisma con Cristo y no con las posibilidades de interés o de aceptación que tengan los interlocutores de cada momento. Así rejuveneceréis el mundo, dando más de lo que recibís, pues de lo contrario empezaréis a perder vuestra identidad. Al encontrarme con vosotros también yo me pregunto qué estamos haciendo con la gracia de Dios y donde metemos la alegría. No olvidemos que sólo podremos desarmar tanta ironía en nuestro contexto social con simplicidad que no es simplismo, y con audacia que es esperanza sufriente, entregando la voluntad en brazos de Dios Padre. Así podemos decir con el apóstol Pablo: “Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada,  y la virtud probada, la esperanza” (Rom 5,3-4).

Necesidad del encuentro

Con frecuencia el Papa nos anima a generar la cultura del encuentro. En el peregrinar cotidiano hemos de considerar el encuentro con nosotros mismos para tomar conciencia de esas últimas o penúltimas preguntas que llevamos dentro y tratar de darles respuesta. Esto no nos encierra en nosotros mismos: de ahí la necesidad de vivir gozosamente el encuentro con los demás, dándonos cuenta de lo que podemos ofrecer y de lo que necesitamos, y de que cualquier cosa que hagamos a los demás, se lo hacemos a Cristo (cf. Mt 25,40). Este encuentro con nosotros mismos y con los demás nos abre a la necesidad de encontrarnos con Dios, razón de ser y meta de todas nuestras aspiraciones. En esta experiencia escribía san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”[1]. Nuestra historia es historia de Dios. Nuestra misión es misión de Dios.

Encuentro con el amor de Dios

Como sabéis el lema para esta Jornada es: “La Vida consagrada, encuentro con el amor de Dios”. Hemos sido creados por Dios y para Dios que “nos eligió en Cristo antes del inicio del mundo para ser santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4). Ha de ser el amor de Dios el que nos mueva en toda circunstancia. Y este es un amor desinteresado, gratuito, sobreabundante, que entrega la vida. Sentir este amor da un corazón agradecido. “Invito a cada cristiano, escribe el Papa, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a  renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque ‘nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor’. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: ‘Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito… Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable”[2]. Esto que el Papa refiere a todo cristiano, encuentra un eco especial en la Vida Consagrada comprometida más radicalmente en el seguimiento de Cristo a través de la pobreza, obediencia y castidad, lo que os lleva a mirarle pero sobre todo a dejaros mirar por él, luz plena del amor con que Dios nos ama y que se refleja en su entrega gratuita y generosa para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). “Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad… Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?”[3].

La Vida consagrada es la confesión del Dios Trinitario que es amor, testimonio inapreciable en la Iglesia y en nuestra sociedad, y que nos ayuda a abrirnos a una plenitud que va más allá de nuestra historia y que se encuentra en la comunión eterna con Dios.

 

Al agradeceros todo lo que estáis haciendo en nuestra iglesia diocesana, os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1] S. AGUSTÍN, Confesiones, 1,1.

[2] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 3.

[3] Ibid., 8.

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