Carta Pastoral en el Adviento 2018

Acordaos de los pobres… (Gal 2,10)

Queridos diocesanos:

El Adviento no hubiera sido posible si Dios que nos amaba tanto, no nos hubiera enviado a su Hijo para salvarnos. Este tiempo litúrgico ayuda a llevar al hombre a Cristo y termina en Él, invitándonos a ir a su encuentro. Pero sólo podremos encontrarlo si nos ponemos en camino, saliendo de nosotros mismos. En este compromiso nos preparamos para la celebración de la Navidad, sabiendo que Dios entra en nuestra historia y que la fuente de todo sentido para el hombre es el Verbo que estaba en el principio junto a Dios y que se ha hecho carne (Jn 1,1.14). Él nos descubre nuestra filiación en relación a Dios Padre y nuestra fraternidad en relación a los demás. La encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios son un hecho histórico y un acontecimiento trascendental que ilumina la realidad de nuestra existencia, recordándonos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esta afirmación es un mensaje luminoso para nuestra responsabilidad humana que ha de cuidar a las personas y a la naturaleza, “nuestra casa común”.

Significado de la celebración de la Navidad

¿Qué significa la Navidad para el hombre de nuestros días? Es difícil valorar esta celebración para quien no percibe la necesidad de ser salvado y acompañado por Dios. El pecado nos anestesia y nos hace perder la sensibilidad religiosa y espiritual. En la Plegaria Eucarística IV leemos: “Y tanto amaste al mundo, Padre Santo, que al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como Salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo”. Este texto refleja el sentido de la Navidad. Es verdad que sólo lo podremos entender desde la sencillez, siguiendo el camino de la fe como María, o el camino hacia la fe como los pastores que fueron a Belén y sintiendo la necesidad de ser acompañados por Dios. “La compañía de Dios con los mortales es la respuesta del cristianismo a las preguntas primordiales de siempre y ocasionales de hoy. Respuesta exigente en la medida en que nos invita a ser humanos en la forma y figura que lo fue Jesús, y respuesta consoladora porque no estamos solos en el mundo, porque tenemos un padre que se nos dio en Belén. Y para recordar significando ese Don y Regalo que es Jesucristo, celebramos Navidad y nos obsequiamos unos a otros. De esa fuente manan nuestros regalos y en ella deben abrevarse para mantener su divino sentido y no convertirse en magia, comercio o propaganda”[1].

Ser repartidores de esperanza cristiana

Cada mañana el panadero o la panadera reparten el pan que nos alimenta. La Navidad es un momento para pasar de unos a otros la esperanza cristiana, pan de cada día en una sociedad tan necesitada de ella. Encontramos la tienda de la esperanza en el portal de Belén. Los cristianos hemos de ser repartidores de esperanza a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos. Se puede vivir sin casi nada pero no se puede vivir sin esperanza cristiana. No se trata de hablar de la esperanza en medio de las ruinas de las esperanzas humanas aunque sabemos que Cristo nos trajo precisamente la esperanza en la plenitud de tiempos difíciles cuando el hombre parecía satisfecho de sí mismo y sin embargo necesitaba todo. Navidad no es sólo celebrar el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, sino celebrar el nacimiento de Dios en nosotros. Así entendemos el anuncio del Ángel a los pastores: “No tengáis miedo, porque os anuncio una gran alegría para vosotros y para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc2, 10-11). No vino a suprimir los tiempos difíciles sino a enseñarnos a superarlos con serenidad y alegría a través de la oración, la participación en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, y la caridad. Como dice el papa Francisco, no hablamos de alegría consumista e individualista tan presentes en algunas experiencias culturales de hoy, sino de la alegría que se vive en comunión, que se comparte y se reparte, porque “hay más dicha en dar que en recibir”.

Dios se ha hecho prójimo

El Señor está cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta. Nuestra alegría según Dios brota del cumplimiento de sus mandatos. Tengamos muy presentes a los pobres. El apóstol Pablo, reconociendo la gracia que le había sido otorgada para proclamar el Evangelio, les escribe a los Gálatas que Santiago, Pedro y Juan le pidieron que se acordara de los pobres. ¡Ayudemos a las personas necesitadas! Con ellas hemos de vivir el espíritu de la Navidad, ofreciéndoles nuestra colaboración económica y llevándoles la Luz que brilló en Belén. ¡Feliz Navidad!

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Soledad y compañía: ABC 28 de diciembre 2017, 3

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