Carta Pastoral en el Día de la Acción Católica y Apostolado Seglar 2020

“Hacia un renovado Pentecostés”

Queridos diocesanos:

Siguen vivos los ecos de nuestro Sínodo diocesano y los más recientes del Congreso Nacional de Laicos celebrado en el mes de febrero pasado. También entonces se percibió que se abrían las puertas y las ventanas de los cenáculos en que a veces se encontraba el apostolado laical, sintiéndose la necesidad de salir a las plazas y a las calles con un nuevo vigor y entusiasmo para cumplir el mandato de Jesús: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado” (Mc 16, 15-17).  La Ascensión del Señor fundamenta la esperanza y el estímulo para trabajar en la transformación del mundo según el plan de Dios e introduce en nosotros un dinamismo de laboriosidad apostólica en nuestro entorno, impulsados con la fuerza del Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confín de la tierra» (Hech 1,8).

La Iglesia sigue realizando la misión encomendada, proclamando el Evangelio, tarea hasta que Cristo vuelva de nuevo en su gloria. No nos quedemos ensimismados en nosotros mismos, mirando al cielo, de espalda a nuestro mundo y a nuestra sociedad. Hemos de edificar la ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres, siendo humildes, amables y comprensivos, entregando la vida por los demás como hemos comprobado en estos meses de la pandemia que padecemos.

En el día del Apostolado seglar y de la Acción católica se nos pide valorar la vocación laical y lo que ésta aporta a la Iglesia, redescubriendo la condición de bautizados. “Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, los fieles quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo. Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo… Nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar.  Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el santo Pueblo fiel de Dios[1].

Cristo nos hace partícipes de la salvación que nos ha alcanzado. “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia… Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo a la vez, de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7)” (LG 33). Él nos asegura su asistencia en el cumplimiento de la misión encomendada con estas señales: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” (Mc 16, 17-18). El papa Francisco nos llama a la conversión misionera que conlleva “entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EG 30).

¿Qué nos dice el Señor ante esta situación?

En mi carta sobre “la pastoral del día después”, os decía que en estos momentos está condicionando el futuro la idea de suspender y trasladar: muchos acontecimientos de carácter pastoral, cultural, social, y deportivo, algunos se suspenden y otros se trasladan a nuevas fechas. Nuestra preocupación pastoral debe ser transformar con creatividad la nueva realidad que va a tocar vivir, conforme al espíritu del libro del Apocalipsis. Nos preguntamos ¿qué nos dice el Señor del tiempo y de la historia, el Alfa y el Omega, a la Iglesia que peregrina en Santiago de Compostela en esta tribulación?[2] También como al evangelista San Juan se nos responde hoy: “No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo” (Ap 1,17-18). “Mira, hago nuevas todas las cosas… Estas palabras son fieles y verdaderas” (Ap 21,5). A la luz de la Palabra de Dios hemos de interpretar lo que está aconteciendo como Jesús les hizo caer en la cuenta a los discípulos de Emaús. La Iglesia sigue dejándonos el mensaje de que el contenido de vida cristiana se fundamenta en conocer a Cristo, en vivir la eucaristía, en compartir la propia existencia con los demás y en asumir la acción misionera (cf. Hech 2,42-47). Es la Iglesia humilde y cercana a la condición humana y espiritual del hombre, y portadora de salvación y de esperanza. Es necesario volver al hecho cristiano fundamental, identificándonos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es un modo fascinante de dar sentido a la existencia. La enseñanza de los apóstoles, garantes del testimonio de toda la Iglesia, es vivir en espíritu de comunión que se explicita en la unión interna de los corazones, en un mismo ánimo, en compartir los bienes y en la oración ya sea comunitaria o privada, de súplica, de alabanza, o de acción de gracias. En este Pentecostés renovado revisemos la vitalidad de nuestro laicado y la tarea evangelizadora.

Os saluda y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] Carta del Papa Francisco al Cardenal Marc Ouellet. 19 de marzo de 2016.

[2] Cf. Capítulos 2 y 3, 21 y 22 del Libro del Apocalipsis.

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