Carta pastoral en la Jornada de los Sin Techo 2017

“Somos personas. Tenemos derechos. Nadie sin hogar”

Queridos diocesanos:

Hace unos días tenía el gozo de bendecir el nuevo centro Vieiro destinado a las personas sin techo en Santiago. Ha sido un proyecto, fruto de la preocupación caritativa y social de la Iglesia diocesana gestado con las aportaciones de los peregrinos para esta finalidad, de Cáritas, de instituciones civiles y de la Fundación Carretas. Doy gracias a Dios porque el sueño se ha visto hecho realidad.

Vivir con una mirada alternativa

Siempre he pensado que las personas están llamadas a dignificar los lugares y los lugares también contribuyen a dignificar a las personas. La persona humana no es un qué sino un quién, con una dignidad plena que le ha sido dada por Dios Creador. Hemos de hacer visibles a las personas sin hogar a través de nuestro acercamiento a ellas. Si no las vemos no podemos reconocernos en ellas ni tomar conciencia de la dignidad que nos une e iguala como seres humanos. A veces vemos para observar pero no miramos para actuar y hacer viables los derechos de las personas. Sólo de esta manera podemos reconocer que su dignidad es la nuestra y que nosotros también nos dignificamos como personas a través de los demás. Esto evitaría una cultura de exclusión y descarte, de la que tantas veces habla el Papa, y nos haría pensar en el bien común de todos y para todos, conscientes de que “estamos llamados a vivir con una mirada alternativa, creadora, que es capaz de hacer posible lo imposible”.

Somos personas. Nadie sin hogar

Bien está recordar en esta Jornada dedicada a las Personas sin Techo que es necesario arbitrar “políticas adecuadas que puedan hacer frente a las situaciones de más urgente necesidad y remover los obstáculos que impiden encontrar las modalidades concretas, económicas, jurídicas y sociales, aptas a poner por obra condiciones más favorables a la solución de estos problemas”. En nuestra sociedad hay muchas personas que no encuentran lugar en la posada del mundo, de la sociedad. No son pocas las que nacen, viven y mueren en la intemperie. “La Iglesia católica en su acción caritativa y social, ha tenido  siempre, desde las primeras comunidades cristianas, una predilección por los pobres, los necesitados, los desprotegidos de la sociedad. La riqueza humana y espiritual de las innumerables obras de caridad y de beneficencia creadas por la Iglesia a lo largo de su existencia, son el mejor monumento histórico de esta dedicación y amor de preferencia a los pobres”.

Con frecuencia encontramos en nuestras calles a  personas sin techo, víctimas de problemas personales (desempleo, desestructuración familiar, o marginación social). Cuando vemos a estas personas, hombres, mujeres, jóvenes y mayores deambulando con un rostro descompuesto por las calles de nuestras ciudades o villas, y llegada la noche, envueltos en cartones debajo de un soportal o en un aparcamiento, resulta difícil comprender que se planifiquen viviendas solamente para la inversión económica. La realidad de las personas sin techo se presenta como un llamamiento a la conciencia y una exigencia a poner remedio. Es una emergencia social que ha de llevarnos a ser sensibles al sufrimiento que supone vivir sin hogar. Es posible que los hayamos habituado a vivir así.

Mirar con el corazón

En ese contexto, uno percibe fácilmente que la persona ha dejado de ser el bien protegido. “La falta de vivienda, que es un problema en sí mismo bastante grave, es digno de ser considerado como signo o síntesis de toda una serie de insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente humanas”[1]. La jornada de hoy es una llamada de atención a todos para que en la medida de nuestras posibilidades trabajemos por el bien común a fin de que todas las personas puedan vivir con la dignidad plena que ostentan. No podemos correr el riesgo de quedar atrapados por los puros intereses económicos. Hemos de tener siempre presente la dignidad de la persona humana. Por eso es necesario mirar con el corazón a las personas de nuestro alrededor pues así comprenderemos que lo imprevisible sucede y lo imposible se realiza. Escuchemos la queja de una sociedad acosada por las nuevas pobrezas que va perdiendo vida a causa de la inmoralidad de algunos y la vergüenza de todos.

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, 17.

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