Carta Pastoral en la Campaña de “Manos Unidas”. Febrero 2018

“Comparte lo que importa”

Queridos diocesanos:

Ha sido noticia alarmante el aumento de personas que están pasando hambre en el mundo. Son 815 millones. Un 11% de la población mundial. Sudán, Nigeria, Somalia, Yemen… son entre otros los países que describen la geografía del hambre. Hay más de 2.200 millones de personas atrapadas en las redes de la pobreza. 844 millones de personas no tienen acceso al agua potable. Estos son algunos de los aspectos que nos estremecen. Detrás de estos números están las personas. El hambre parece ese horizonte que se aleja cada vez más. Si buscamos causas entre otras podemos referirnos al déficit de solidaridad, al cambio climático, a los conflictos armados, etc.

Conversión y solidaridad

Este año la campaña de Manos Unidas nos interpela con el lema: “Comparte lo que importa”. Es esta una forma de plantar cara al hambre. Proteger la dignidad de la persona conlleva llamarla a participar de la mesa del bien común. Escribía san Juan Pablo II: “Este amor preferencial, con las decisiones que inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos, y sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad” (Ecclesia in Africa, 34).

Es una llamada acuciante a asumir nuestra responsabilidad ante la realidad descrita que se traduce en solidaridad que encuentra en “el nosotros” realización concreta. Compartir bienes y propuestas de cambios nos lleva a humanizar la vida de millones de personas que están malviviendo en unas condiciones de vida inaceptables. La conversión, el servicio, la solidaridad, el sentido de la trascendencia son los pilares para este puente que tenemos que atravesar hasta llegar a esas personas. Sobre estos valores habrá de fundamentarse y revitalizarse nuestro compromiso de caminar con la conciencia de que el hombre es realidad sagrada e inviolable y no se puede herir ni matar, despreciar, dejar morir; y de que el prójimo es aquel de quien cada uno es responsable, no pudiendo construir lo propio sin velar por el prójimo.

Compartir lo que importa

“Compartir lo que importa” es poner en común nuestra vida, nuestras posibilidades y nuestro compromiso por un mundo mejor que posibilite vivir en condiciones dignas. Esto exige planificar los alimentos no para la especulación y beneficio económico sino pensando en el consumo humano; buscar un sistema de producción medioambiental sostenible y no desperdiciar los alimentos por un afán puramente consumista. “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo hombre, hacerle capaz de ser por sí mismo agente responsable de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual” (Populorum progressio, 14.34). El papa Francisco nos recuerda frecuentemente que quiere una iglesia pobre para los pobres. En ella “estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii gaudium, 198).

Nuestros modos de vida

Esta Jornada es una oportunidad para cuestionar nuestros modos de vida, favoreciendo la cultura del encuentro y de la solidaridad y erradicando  los lujos y los despilfarros. No podemos evadirnos ni buscar pretextos para no compartir. Se nos urge a trabajar por un bien común que lo será cuando todos colaboren en él y todos puedan participan en él. “Hoy, creyentes  y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común cuyos frutos deben beneficiar a todos.  Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteamiento ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados”[1]. Las instituciones económicas han de asegurar el acceso a la comida de manera regular y adecuada, y de afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la negligencia humana.

Estamos llamados a ser custodios especialmente de los más pobres y débiles. El punto central siempre es el mismo: entender los valores fundamentales de la persona humana, la convivencia, el respeto de su dignidad y el derecho a la nutrición como parte integrante del derecho a la vida de cada ser humano. Todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes, estando relacionados entre sí. ¡Hagamos la opción por los pobres!

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

 + Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] Laudato Si, 93.

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