Comisión General – 25 de enero de 2014

escudo_DJ

Sínodo diocesano
Reunión de la Comisión General del Sínodo Diocesano
25 de enero de 2014

 

Siguiendo el camino que hemos iniciado para la realización del Sínodo diocesano, quiero hacerles una llamada a la perseverancia en la oración y en el esfuerzo pastoral, superando cansancios, indiferencias o pasividades. El Señor sigue llamándonos y su llamada es advertencia y consuelo al mismo tiempo. Consuelo, porque Dios está actuando ya ahora entre nosotros, dado que nosotros solos no tenemos que confiarnos a las propias fuerzas, sino confiar en lo que Dios hace en nosotros. Al mismo tiempo el Señor nos exhorta a preguntar profundamente por la voluntad de Dios.

Hay muestras de que nosotros con respecto a la historia de nuestra Iglesia diocesana nos encontramos en una situación de transición. Ante nosotros se presentan retos, que tienen que ver con el modificado papel de religión y fe en Dios en una sociedad transformada en secular. El cambio de las condiciones de vida pone en cuestión muchas evidencias, también incluso de nuestra vida religiosa y de nuestra tradición. Lo acostumbrado y durante mucho tiempo vigente parece desmoronarse, con frecuencia, en dimensiones alarmantes. Ciertamente las preguntas verdaderas son profundas. Tienen su origen en la separación entre Evangelio y cultura actual, lo que el Papa Pablo VI calificó en su tiempo como el drama de nuestra época (cf. Papa Pablo VI, Carta apostólica Evangelii nuntiandi, 1975, n. 20).

En este punto central hay que comenzar y abordar las preguntas: ¿La palabra de Dios es todavía hoy “luz de la vida”? ¿El mandamiento de Dios nos empequeñece a los hombres, o da dignidad a nuestra vida y nos regala libertad?

¿Tiene la buena nueva realmente la fuerza de cambiar ya ahora nuestra vida “en anticipación” a la nueva creación de Dios? ¿Qué significa creer en la actualidad? ¿Qué es lo que incondicionalmente hay que preservar, si la comunidad de los creyentes en una cultura cambiante quiere ser convincentemente “luz del mundo” y “sal”, que sazona la vida?

En cierto sentido, los tiempos de crisis son especialmente tiempos de gracia. Dirigen la mirada a lo esencial. Llaman a la reflexión y a una nueva decisión, precisamente también en relación al desaliento y resignación. En tiempos de crisis surge frecuentemente lo nuevo que antes no se veía. Como gente se desangra, nos preocupamos a veces del colesterol que pueda tener.

En nuestra mente y en nuestro corazón está la propuesta de cómo podría asegurarse el futuro de nuestra Iglesia. Desde esta realidad descubrimos también nuestro sentir en la Iglesia y con la Iglesia, preocupándonos su futuro y tal vez olvidando la promesa del Señor que siempre se cumple. Pero sentimos la necesidad de sacerdotes, de miembros de la vida consagrada, de ver cómo la generación futura puede adaptarse a la fe y a la Iglesia. No obstante quiero agradecer a todos aquellos que reflexionan sobre la imagen, tareas, servicios y ministerios de nuestra Iglesia y buscan caminos de renovación.

Son circunstancias en las que lo emocional ha de verse acompañado por la objetividad del Evangelio, sabiendo que en nuestra actuación ha de reconocerse siempre el actuar del Espíritu. Con todo, es preciso valorar las intenciones, ponderar los argumentos aportados y examinarlos con toda seriedad. En el palpitar diocesano se percibe que algunos piden una ampliación de los caminos de acceso al ministerio sacerdotal para dar respuesta a la penuria vocacional. Otros exigen el reconocimiento eclesial de nuevas formas de vida, como es habitual en la sociedad de hoy día. Otros esperan una mayor posibilidad de corresponsabilidad más allá de la actual estructura. Otros quieren liberar las exigencias del Evangelio de todas las adherencias históricas y “adecuarlo” a nuestra sensibilidad actual. Subsiste la esperanza de que la Iglesia tiene que ser cada vez más transparente y cercana al hombre de nuestros días: Una Iglesia cerrada es una Iglesia enferma. La Iglesia debe salir de sí misma. ¿Adónde? Hacia las periferias existenciales, cualesquiera que sean, pero salir“. “Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos Y también se escuchan las voces que quieren dejar todo como está e incluso piensan que la miseria de la Iglesia radica en no ser suficientemente fiel con su propio legado y autocomprensión”.

Todo ello subraya la necesidad de diálogo. Al camino de la Iglesia a través de los tiempos pertenece, sin lugar a dudas, la siempre nueva disposición a la conversión, a la reforma interna y externa. Pero, ¿qué es realmente una renovación de la Iglesia, conforme al espíritu del Evangelio? ¿Cómo es la conversión que el Señor exige de nosotros? Son cuestiones que han de formar parte de nuestra reflexión sinodal. Por ello he visto la necesidad de esta reflexión conjunta, aporte al camino de la fe de nuestra Iglesia diocesana perfil teológico y coherencia eclesial. La Iglesia diocesana, todos los que la componemos, incluso que sopesan darle la espalda por enfado o desilusión, vamos de “ejercicios espirituales”. En este proceso de diálogo se debe tratar de una profunda clarificación y concienciación respecto al testimonio de la Iglesia en el mundo y a su misión entre los hombres. A ello pertenece el impulso del diálogo intraeclesial sobre la búsqueda de Dios y sobre los principales caminos actuales de testimonio, sobre la oración y adoración de Dios (Liturgia) y sobre la aportación servicial de la Iglesia en la sociedad actual (Diakonia). Este diálogo exige de todos los participantes una apertura impregnada espiritualmente.

Nuestro diálogo está dirigido por la certeza de que el Espíritu de Dios actúa en la Iglesia. Nuestra Iglesia diocesana es rica en capacidades espirituales. Fe, esperanza y caridad son vividas en numerosas biografías. En nuestro ámbito abunda la santidad practicada en el vivir cotidiano. Hay sabiduría de la vida, que se alimenta no sólo de la mentalidad del hacer, sino que conoce los caminos que conducen a Dios y al prójimo, que conoce sólo el corazón en el sencillo existir para los demás – por el amor de Dios y del prójimo. En estas biografías se ilumina la preciosa “libertad, para la que Cristo nos ha liberado” (Gal 5,1).

Cada vez se hace más claro que en la actualidad se trata ante todo de la fe cristiana en Dios, que a la vista de un nuevo ateísmo a veces agresivo tiene que ganar en sustancia y perfil. Tenemos que preguntar también por la figura del testimonio público en una sociedad que deviene secular. Es preciso reflexionar cómo nuestra participación en la sagrada liturgia puede ser más espiritual y, por ende, más atractiva para los que buscan y están interesados en la fe. Mucho se decidirá para el futuro de la Iglesia diocesana, si entre nosotros, especialmente en nuestra juventud, hay cristianos “dispuestos a dar razón” y “capaces de dar razón”, que anuncian sin importunar y con autosuficiencia el Evangelio. Los impulsos del Vaticano II, el testimonio de fe de los santos y las directrices de grandes pastores nos pueden proporcionar   una valiosa orientación en estos diálogos.

Algunos de ustedes confirmarán la experiencia: En otras partes y países del mundo hay iglesias locales, que materialmente poseen mucho menos que nosotros, y que, sin embargo, son más felices y más llenos de confianza en la fe. Realmente nada nos impide también aquí entre nosotros ser cristianos de todo corazón y llenos de confianza – pese a nuestros pecados. Sobre ello dice la Escritura: “Porque si la conciencia nos condena, Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas” (1 Jo 3,20).

 firma

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

des_pdf