Conferencia de mons. Barrio en la apertura del IV Congreso Internacional de Acogida Cristiana y Nueva Evangelización en el Camino de Santiago

En la meta del Camino se nos llama a acoger al peregrino en la fe, compartiéndola y avivándola. Hago una sencilla reflexión sobre los contenidos, los presupuestos, la dinámica y la pedagogía para una efectiva hospitalidad. La hospitalidad es virtud, fruto de un corazón caritativo y misericordioso, y quien la practica entra en contacto con Dios. “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). Hemos de brindar la hospitalidad a todos. Es fácil ser hospitalario con aquellos que conocemos –familiares y amigos-, pero Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman. ¿No hacen también lo mismo los publicanos” (Mt 5, 46). Debemos brindar hospitalidad como un feliz privilegio, no como una carga (1 Pe 4, 9).

Abraham es ejemplo de hospitalidad. En los hogares orientales se requería la hospitalidad, aun para forasteros desconocidos. El huésped podía gozar de esta hospitalidad sin la más mínima obligación de pago. La Biblia está llena de ejemplos al respecto. En su defensa, Job alegó que siempre había estado atento a las necesidades de los viajeros (Job 31, 31- 32). Lot acogió a dos de ellos, sin saber, al principio, que eran ángeles (19, 1-3). Los israelitas recibieron la orden de proteger a los extranjeros y ser hospitalarios con ellos (Lv 19, 33, 34). San Pablo aconsejó a los cristianos ser hospitalarios. Nos referimos a la hospitalidad de Abraham. Es la escena que inmortalizó el pintor ruso Andréi Rublev con su icono trinitario, junto a la encina de Mambré. Abraham tiene con ellos todos los cuidados que una hospitalidad oriental puede pensar: agua para los pies, descanso a la sombra, un pan recién amasado, un buen plato de carne, leche cuajada… Los visitantes le agradecen la hospitalidad prometiendo al anciano matrimonio que van a tener un hijo. Dios se muestra generoso con quien es hospitalario.

La familia de Betania es también icono de hospitalidad.  Hay dos modos muy distintos de acoger a Jesús como huésped: está el modo activo de Marta, que se preocupa de hacer muchas cosas por Él; y está el modo sereno de María, que le acoge poniéndose a sus pies para escucharle. Jesús nos dice que esta segunda manera es más importante. A un huésped se le honra mejor escuchándole atentamente. Jesús entra como huésped y termina como anfitrión, llenando el alma de ánimo para comunicarlo a los hermanos, invitándoles a acoger a tan digno huésped divino. Actividad, sí; no activismo y ajetreo sin sentido. Contemplación, sí; no ensimismamiento ni huida de la realidad.

Nosotros debemos también ser ejemplos de hospitalidad. ¿A quién la debemos ofrecer? A todos los que pasen a nuestro lado. Porque es a Cristo a quien acogemos en la persona de los demás. El encuentro con el hermano es un encuentro con Dios. Es como una “teofanía”: el Señor se nos apareció. Tal vez nos sorprenderemos cuando el Juez, Cristo Jesús, nos diga al final: “a Mí me lo hicisteis”.

Camino de Emaús y Camino de Santiago

Vivir con conciencia de ser peregrinos es no instalarnos en el estrecho margen de nuestras propias aspiraciones limitadas. “Seguir el Camino es ir abriendo cauces al misterio, al infinito, a Dios, en la cercanía de la misma interioridad. El gran descubrimiento del peregrino es desentrañar que en la esencia del mismo ser, en la historia de cada jornada en relación con el cosmos y con quienes se encuentra en el Camino, está presente la querencia de Dios, armonizado por la sinfonía total humana”[1]. El que peregrina sabe de los secretos de la vida espiritual del Camino, descubriendo con san Juan de la Cruz que “para ir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes”[2].

Sin duda le ayudará al peregrino jacobeo recordar la experiencia vivida por los discípulos de Emaús. La peregrinación es un acontecimiento espiritual que puede llevar a acoger el don de la fe en Jesucristo a quien no lo tiene, o a revitalizarlo a quien ya lo tiene, sabiendo que las piedras de las dificultades no se convierten en el pan del éxito fácil en el desierto de la vida. “Ser peregrino es descubrir que el hombre se va haciendo conciudadano de una ciudad superior a la terrena: la realidad esperada y que es posible pregustar en la tierra”[3]. Así, el Camino de Santiago es un ámbito propicio para que quien peregrina en espíritu y en verdad dialogue con Dios, es un signo que le ayuda a sentirse creado por Dios y liberado por Cristo, y es una experiencia en la que aprende a dar y a recibir posponiendo el tener por el ser. Realidad esta de la que sienten necesidad personas que, habiendo abandonado la fe en Cristo Salvador, muerto y resucitado, se han alejado silenciosamente de la Iglesia y que, protegidos por sus falsas seguridades, son presa de la desilusión, del escepticismo y del agobio sin tomar conciencia de la enfermedad espiritual que puede estar afectándoles. Tal vez no han visto cumplidos sus sueños y no les es fácil comprender y mucho menos aceptar el plan de Dios en sus vidas.

El Señor en el camino y en la meta

El Señor como lo hizo con los de Emaús sale al encuentro del peregrino en sus dudas e incertidumbres aunque el reconocerle sea fruto de recorrer el camino de la comprensión de su Palabra, de vivir la conversión y de compartir la mesa de la Eucaristía. La meta de la peregrinación es un momento propicio en que  el peregrino ha de rogarle insistentemente al Señor que se quede para acogerlo en su casa, es decir, en lo propio y específico del don de la fe pues esta acogida encuentra solamente explicación en el amor. La conversión, que ilumina nuestra propia ceguera para poder hacer un discernimiento sobre nosotros mismos, es consecuencia de la necesaria evangelización cuyo objetivo es la liberación interior que se manifiesta en el cambio de actitudes de la persona imitando a Cristo a quien Dios Padre en la Transfiguración, siendo testigos Pedro, Santiago y Juan, nos manda escuchar: “Este es mi Hijo Amado, escuchadle” (Lc 9,35). Es un itinerario que nos lleva a adentrarnos en nuestra vida desde la perspectiva del misterio personal.

El peregrino cristiano y los discípulos de Emaús

En esta perspectiva se sitúa esta reflexión que tiene como referencia la narración sobre los “peregrinos de Emaús” acompañados por el “peregrino por excelencia, Cristo” (Lc 24, 13-35). Como ellos los cristianos, a quienes el Señor acompaña hasta el final de los tiempos, son llamados también a ser testigos de su resurrección. En este relato se percibe que la fe pascual no emanó de un entusiasmo religioso, sino que se fundamentó en hechos, de cuya fuerza persuasiva no se pudieron librar los discípulos, pese a su escepticismo inicial. En el contexto de los acontecimientos pascuales se constata que la duda no es ningún motivo para la debilidad de una fe pascual realista, sino un argumento positivo para una fe consciente y probada. “Ni los discípulos ni los apóstoles estaban dispuestos a aceptar la resurrección. La evidencia de ella había de abrirse camino por entre las dudas y la resistencia más obstinada de la naturaleza humana. Eran de las personas que más se resistían a dar crédito a tales consejos. Se diría que habían resuelto seguir siendo desgraciados, rehusando investigar la posibilidad de verdad que hubiera en aquel asunto”[4]. Con el fin de contraponer la credulidad hacia los hombres a la incredulidad hacia Dios, la prontitud para creer de un modo especulativo y la lentitud para creer de un modo práctico, distintivo de los corazones indolentes, se nos ofrece este relato (Lc 24,13-35), cuya importancia es relevante para el mensaje de la resurrección. En este pasaje el hecho real adquiere la posición significativa de que el Resucitado se le aparece a los discípulos en su íntegra y real corporeidad.

Identidad de la fe cristiana

Para el cristiano es una responsabilidad mantener la identidad de su fe. El convencimiento de poseer la verdad emanada de Dios no debe conducirle ni a una conciencia de élite ni a una presunción colectiva. Esta tentación puede llevar a los cristianos a dificultar la relación y el diálogo con los no cristianos. En la actualidad, se corre también el riesgo de tender a borrar las distinciones entre las religiones. Ante esto, el cristianismo, como religión revelada, puede mantener una verdadera relación con las religiones no cristianas y con las diferentes concepciones del mundo no por el camino de la exhibición superficial o del ocultamiento vergonzoso de su propia identidad sino más bien por el camino de la concepción verdadera de su elevada misión que se asienta no en un saber humano adquirido exclusivamente por el creyente, sino en la revelación del Resucitado. La expresión de la fe propia es punto de partida y propuesta para un diálogo franco y vital.

El compromiso del peregrino jacobeo

El compromiso del peregrino ad limina beati Iacobi, como el de los “peregrinos de Emaús”, ha de entenderse en el contexto de ese testimonio pascual, y tiene que realizarse en la totalidad de su vida, una vez reincorporado a su quehacer cotidiano. Si toda la vida del peregrino se desenvuelve íntegramente “en la pascua de Jesús”, ¿cómo no va a tener en cuenta esa misteriosa realidad y cómo no va a arraigarse en su misma profundidad? “Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. Por eso somos integrados en los misterios de su vida…, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él” (LG 7). Así hemos de ir asemejándonos a él, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia, hasta su venida gloriosa, viviendo en la esperanza de estar un día con él eternamente y de llegar a la plenitud de su glorificación.

Por todo ello, como Jesús y “en Jesús”, el peregrino es ante todo testigo por lo que es. Su propia vida proclama a la faz del mundo el poder del amor de Dios por el que se siente redimido si asume el compromiso de darle al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo la respuesta que espera de él y de vivirla con la fidelidad al evangelio y al germen de la resurrección depositado en él al recibir el bautismo. En esta perspectiva es en la que adquieren importancia no tanto sus palabras cuanto su testimonio.

Creer en comunidad

Aunque la fe es un acto personal “como respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela” y nadie puede creer por otro, en modo alguno es un acto “aislado”. La fe supone la  conversión de la persona como lo pedía Jesús al comienzo de su predicación: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15), pero no es nunca un asunto meramente individual. “Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe trasmitirla a otro”[5]. El Credo del concilio de Constantinopla (381) dice: “Creemos”. Lo que equivale a decir que el cristiano no está solo en la vivencia de su fe. No llega a la fe en solitario, sino en medio de la comunidad creyente. Más bien recibe el testimonio de la  fe de los hombres con los que vive. Los Padres de la Iglesia llaman al Credo también Símbolo. El símbolo de la fe[6] es el acto de encontrarse en torno a una única fe y el acuerdo que la comunidad cristiana hace sobre la identidad propia que le caracteriza. Es la formulación de la fe común. La fe es, pues, un camino de vida, un modo de vivir que otras personas nos transmiten desde su historia, y nos abre a la comprensión del mundo, del hombre y de nuestra vida. En ella nuestra existencia adquiere sentido y finalidad, y acogemos el mensaje cristiano como sentido para nuestra vida a la vez que afirmamos que el cristianismo es nuestro camino, al decidirnos por esta forma de ver el mundo y la realidad humana[7].

El encuentro de Dios en el camino de la historia

La fe no es un acto obsequioso a un Dios anónimo, a un fundamento desconocido, sino que presta oídos acogiendo la Palabra al Dios que nos ha hablado, que se ha manifestado en la historia y en Jesucristo. En la Palabra de Dios a través de la historia y, sobre todo, por medio de Jesucristo encuentra la verdad sobre Dios y sobre el hombre[8]. No es, por tanto, confiar en un algo indefinido y desconocido, sino reconocer y admitir la verdad, conduciendo al conocimiento y no marginando la ciencia[9], pues el verdadero creyente no renuncia a pensar, puesto que ha de estar siempre dispuesto a saber dar cuenta acabada de la praxis y del contenido de su fe. El ideal no es la fe desinformada, sino la fe informada e instruida. Explicarla quiere decir preguntarse cuál es el contenido propio de ella y cuáles son sus rasgos característicos. El creyente, en la medida de sus fuerzas y posibilidades, ha de mostrar ante el foro de la razón humana que esa fe es razonable y creíble. En la actualidad, algunos cristianos no conocen ya las verdades fundamentales de la fe cristiana; en muchos casos el contenido de la fe se ha reducido hasta un nivel sorprendente e inquietante, porque una fe carente o vacía de contenido sería una fe sin consistencia y no tendría objeto, en el doble sentido de la palabra: se evaporaría rápidamente y tendría el peligro de mezclarse, hasta hacerse irreconocible, con otras posiciones, movimientos, ideologías y utopías.

Los peregrinos y la “fracción del pan”

La “comida eucarística”, celebrada en torno a “Aquel que es, y que va a venir” (Ap 1,8), es el signo elocuente de que la comunidad de vida, interrumpida, recomienza con una calidad excepcional. La escena de los de Emaús resulta particularmente diáfana a este respecto. Constituye de algún modo la sutura, la transición entre la presencia histórica de Jesús en forma visible, perceptible para todos, cuando compartía la comida con sus discípulos, incluyendo entre otras la Cena, y su presencia litúrgica “sacramental” en el acto de la “fracción del pan”, que se convirtió muy pronto en habitual entre las comunidades cristianas tras el período de las experiencias privilegiadas de las apariciones. La transformación de los discípulos y el reconocimiento de Jesús se realizaron mediante dos signos: la Palabra de la Escritura (por el camino) y la fracción del pan (en casa).

El relato de Emaús es un mensaje de una trascendencia incalculable para las dudas y la problemática moderna ante al misterio pascual en que se encuentra inmerso el peregrino. Muestra por qué y, sobre todo, cómo puede creerse también hoy en el Resucitado. La Iglesia misma no puede hacer más que crear y alimentar un ambiente apropiado para que esta fe pueda desarrollarse a través de la evangelización mediante la Palabra contenida en la Escritura y a través de la celebración eucarística, memorial de Jesucristo. Este relato justifica por qué la Iglesia, por la fuerza reconciliadora del Espíritu Santo, está edificada en la Palabra de Dios y en la Eucaristía.

El perdón como acogida amorosa del pecador

Entre las pretensiones de Jesús que más escandalizaron a los fariseos está la narrada por el evangelista san Juan: “¿Quién de entre vosotros puede acusarme de pecado?” (Jn 8,46). Centrándonos en lo esencial, la justicia de Jesús consiste esencialmente en el hecho de que en su vida únicamente ha habido un “sí”: “sí” al amor de Dios Padre, sí al amor de los hombres, sus hermanos. Esta actitud de Jesús clarifica radicalmente, por lo contrario, la situación del pecado como una situación de encerramiento, bloqueo, ruptura de relación con Dios y los demás. El perdón, tal como Jesús nos lo hace entender, no es el pago de una deuda, sino una real acogida del pecador con todo lo que él es y así se manifiesta en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). Dios nos ama y cada vez que actuamos ignorando o rechazando esta realidad, nos negamos, nos hacemos extraños a nosotros mismos, nos alienamos. Para salir de esta alienación no hay otro camino que reconocernos amados, reconocer esa mirada de amor de Dios sobre nosotros.

Reconciliación del pecador

El cristianismo, que “no es primordialmente religión de ilustración, revelación o gnosis sino de salvación, santificación y resurrección de la carne”[10], no puede reducirse a una filantropía, por muy generosa que ésta sea, pues implica como dato esencial la realización de una comunión de los hombres con el Dios vivo, manifestado de un modo decisivo en Jesucristo. Por tanto, la conversión o perdón es un cambio radical del corazón del hombre que reconoce el amor que Dios le tiene. En este convencimiento valoramos la necesidad y la importancia del sacramento de la Penitencia. Bien sabemos que en los tiempos actuales la confesión explícita de los pecados no es vista con agrado y algunos no la aceptan. Es en este punto precisamente donde se encuentran las dificultades más radicales que hacen que no pocos cristianos abandonen la recepción de este Sacramento. La expresión frecuentemente repetida de “yo me confieso directamente con Dios y eso me basta” pone de relieve la posibilidad de que exista una toma de conciencia de pecado sin sentir por ello necesidad de expresarla explícitamente. Sin embargo, a la luz de la doctrina católica esta actitud no es suficiente. El pecado como ofensa a Dios rompe la comunión con Él y atenta contra la comunión con la Iglesia. Lo que se pone en juego en el perdón de los pecados y en la conversión no es tan sólo una toma de conciencia y una relación íntima del creyente con Dios, sino una reconciliación que debe realizarse en lo concreto de la historia del creyente, vinculado a otros miembros del pueblo congregado por Dios que es la Iglesia. No se trata de una realidad con sólo dos actores, Dios y yo, sino con tres: Dios, los demás y yo. Se trata de un proceso de reconciliación; no basta, pues, dolerse para ser reconciliado; falta todavía que aquel a quien yo he perjudicado me manifieste su perdón; como tampoco basta perdonar: falta que quien me ha hecho el mal manifieste que acepta mi perdón. El perdón de Dios se personaliza en mí mediante la palabra de la Iglesia.

Experiencia del testimonio de ayer y de hoy

En este horizonte, el peregrino jacobeo debe dar testimonio y confesar la experiencia vivida humana y espiritualmente en la peregrinación a la tumba del Apóstol Santiago, “zarza ardiendo”, donde tantos peregrinos descalzan su alma para acoger el perdón y vivir el encuentro con Dios. En el camino y en su meta ha experimentado también el testimonio de la confesión de los peregrinos de ayer. “El camino entendido como traslado de un lugar a otro o como paso de una situación a otra, está inscrito en el código genético de todo hombre. El camino se revela como una necesidad de la vida. También el mundo religioso moral conoce y usa frecuentemente la categoría del camino, de forma que nuestra vida se hace peregrinación. Es un lenguaje metafórico vinculado al depósito de la fenomenología y de la experiencia de cada hombre”. Por todo ello, la confesión del peregrino de hoy no parte de cero, sino que presupone un don que nos ha sido trasmitido, para hacerlo propio; tampoco significa repetir simplemente lo pasado, sino traer el pasado al aquí y al hoy. Es necesario que el hombre que por su origen y vocación está situado en lo concreto, se mueva por un objetivo concreto en su vida, en su profesión, en el encuentro con los hombres, y en la búsqueda de Dios y de la salvación.

Jesús en nuestro peregrinar

La peregrinación y el camino a la Tumba del Apóstol no son simplemente un traslado de un lugar a otro. Se trata más bien de pasar de una visión a otra de la vida. Todo ello es posible por la presencia misteriosa de Jesús que, al igual que a los peregrinos de Emaús, también nos va acompañando por el camino de la existencia y nos ayuda en el tránsito del hombre viejo al hombre nuevo, aunque haya que pasar por el sufrimiento y la entrega en la cruz de cada día.

La influencia que Jesús ejerció en esos peregrinos fue a la vez afectiva e intelectual: afectiva, en el sentido de que hizo arder sus corazones con las llamas del amor, e intelectual, en cuanto les hizo comprender de manera sencilla los centenares de pasajes bíblicos en que se referían a Él. En general, se tiende a creer que todo lo religioso ha de ser algo lo suficientemente sorprendente y poderoso para desbordar la más viva fantasía. Sin embargo, este relato nos revela que las verdades más fundantes del mundo aparecen en incidentes comunes y triviales de la vida, tales como el de encontrar a un compañero por el camino. Cristo veló su presencia en el camino más corriente de la vida. Los peregrinos de Emaús tuvieron conocimiento de Él a medida que caminaban a su lado; y su conocimiento fue el de la gloria que se alcanza por el aparente fracaso de la cruz. En la vida glorificada de Jesús, lo mismo que en su vida pública, la cruz y la gloria iban siempre juntas. Lo que en la conversación con los discípulos se hizo resaltar no fueron las enseñanzas dadas por Jesús, sino que se insistió en sus sufrimientos y en el modo como éstos eran convenientes para su glorificación: “¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era preciso que e Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?” (Lc 24,25-26).

La insatisfacción de un mundo postmoderno

En medio del laicismo y relativismo, la tecnología y la electrónica, la movilidad y los viajes rápidos, la exploración del espacio y las superautopistas de la información, todo parece indicar que las personas buscan echar raíces en el suelo firme y estable de lo sagrado. Cuanto más rápidamente camina la humanidad, tanto mayor es la necesidad que siente de unos cimientos firmes. Parece que los lugares de peregrinación, y en especial el de Santiago de Compostela, responden a esta profunda necesidad antropológica. Por otra parte, cuantos mayores conocimientos científicos poseemos y cuanto más amplia es la información de que disponemos, mayor es el ansia de encontrar un sentido último; cuanto más nos sometemos al análisis y a la terapia psicológicos, mayor es la necesidad de penitencia y purificación; cuantos mayores son los avances de la medicina, más crece la necesidad de milagros.

Las personas emprenden la peregrinación jacobea porque buscan y porque esperan encontrar lo que su mundo moderno no ha sido capaz de ofrecerles. El rito y el misterio de la peregrinación jacobea aparecen constantes a lo largo de la historia, independientemente de los cambios y avances culturales que se producen.

 

 

[1] E. ROMERO POSE, Raíces  cristianas de Europa. Del Camino de Santiago a Benedicto XVI, Madrid 2006, 200.

[2] SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo, cap. 13.

[3] E. ROMERO POSE, Raíces…, 198.

[4]    F.J. SCHEEN, Vida de Cristo, Barcelona 71996, 458s.

[5] CIgC nº 188.

[6] “Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y, de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien, cambiando de opinión, te dijera lo contrario, o aunque un ángel caído se presentara ante ti disfrazado de ángel de luz y te enseñara otras cosas para inducirte al error. Pues, si alguien os predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado -seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, sea maldito” SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis 5, Sobre la fe y el símbolo, 12-13: PG 33, 519.

[7] Cf. J. RATZINGER, Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico, Salamanca 112005, 84s.

[8]  Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, nº 22; R. GUARDINI, Der Heilbringer im Mythos, Offenbarung und Politik. Eine theologisch-politische Besinnung, Mainz 1979, 43: “Cristo ha descubierto también al hombre. A la pregunta de qué es el hombre, pueden darse dos respuestas. Una dice: es aquel ser a cuya existencia pudo Dios traducirse, el idioma en que Dios pudo decirse a sí mismo. El hombre es de tal naturaleza que el Dios Vivo puede expresarse en Jesús niño, socorro de los enfermos, maestro de los desorientados, silencioso ante Pilatos, agonizante en la cruz. Pero también es aquel ser que dio muerte al Hijo Eterno cuando estuvo en el mundo como Verbo de Dios y resplandeció como luz eterna en un semblante humano. Si el hombre acepta lo que Cristo le ofrece, ábrensele los ojos para ver quién es Dios y quién es él mismo; qué es él mismo y qué es el mundo. Esta es la Verdad, y por medio de ella se libera el hombre”.

[9] “Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de la fe  tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son” Gaudium et spes, 36,2.

[10]  O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Ob. cit., 417.

Foto: @CatedralStgo

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