Conferencia inagural de mons. Barrio en el ciclo de conferencias “¿A dónde vas peregrino?”

Espiritualidad de la peregrinación jacobea

El 31 de diciembre de 2020 se abrirá la Puerta Santa, acto con que da comienzo el tercer Año Santo Compostelano del siglo XXI. Es necesario preparar este acontecimiento. Esta tarde reiniciamos el curso de conferencias promovido por la Archicofradía del Santo Apóstol Santiago con el sugerente lema: “¿A dónde vas peregrino?” Considero que el peregrino jacobeo se encamina hacia un horizonte connotado por la espiritualidad. La peregrinación jacobea ha de entenderse desde la perspectiva teológica y según la referencia a la historia de la Iglesia, a la tradición eclesiástica y a la experiencia del Antiguo Pueblo de Israel, el Pueblo elegido. La historia de la Iglesia es Historia de la salvación y sus contenidos sólo podremos comprenderlos intrínseca e internamente en la dimensión de la fe. La Iglesia es presencia en el tiempo e instrumento de la salvación hasta la segunda venida de Cristo. En este horizonte hemos de situarnos para entender mejor la realidad y el significado del Hecho Jacobeo desde una lectura antropológico-católica evitando que la antropología del “homo viator” se reduzca a una mera visión político-cultural-turística, vaciada de toda dimensión religiosa y espiritual.

Espiritualidad del peregrino

El peregrino es alguien que se aventura a caminar en un país tal  desconocido sin confiarse a su seguridad. Peregrinar a la Tumba del apóstol Santiago es imagen y metáfora de la vida del hombre que, encontrándose con la fe apostólica, anhela la paz y el sosiego después de vagar por el mundo, esperando gozar un día de la felicidad eterna. Hasta entonces vive esa sensación de exilio, constatando la dureza del camino con el peso de la soledad y de la duda. La espiritualidad del éxodo es la del hombre que lucha por liberarse de toda opresión hasta conseguir la tierra prometida. La parábola del Hijo pródigo es el arquetipo de la peregrinación donde se describe el alejamiento que precede al retorno y a la conversión. También la parábola de la oveja perdida en la que junto al retorno se describe como Cristo la trae sobre sus hombros. Un caminar guiado por Cristo y encaminado hacia El: “Una cosa es ver la patria de la paz desde una cumbre silvestre, sin encontrar el camino hacia ella, esforzándose en balde a través de lugares sin rutas, asediado e insidiado en derredor por desertores fugitivos con su príncipe el león y dragón; y otra cosa tener la vía que allí conduce, vía fortificada por el cuidado del celeste emperador y donde no saltean cuantos han desertado la celeste milicia”, escribe bellamente san Agustín. Esto comporta unas actitudes como son la austeridad, el desprendimiento voluntario, el pasar de lo conocido para encaminarse a lo desconocido, obedeciendo una voz interior, la voz del espíritu que invita a sentirnos forasteros en la propia patria, llamados a ser conciudadanos de los santos.

El espíritu de la peregrinación lleva consigo dejar la propia tierra y la parentela para ir lejos, es decir, más allá de lo inmediato, de lo que uno conoce o posee, signo de la apertura a la trascendencia. “Para ir a donde no sabemos, hay que ir por donde no sabemos”, escribía san Juan de la Cruz. El desprendimiento es substancial para el peregrino.  No hay salida de lo propio sin abandono. El relato genesiaco: “Sal de tu tierra, de tu pueblo y de la casa de tu padre; emigra al país que te indicaré y fija allí tu morada” (Gen 12,1) es fundante en la tematización de la figura del peregrino. El autor de la carta a los Hebreos a partir de aquí elabora una de las más hermosas representaciones teológicas de la peregrinación cristiana: “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para un lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber donde iba. Por la fe peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas. Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb 11,8-10).

En el carácter peregrinante del hombre de fe sobresale la esperanza como el elemento dinámico de la existencia. Sólo el que espera puede considerarse peregrino. El peregrino al igual que Abraham sigue el ardiente deseo de su corazón y peregrina por el mundo, preguntándose a veces donde está Dios y aunque flaquee y tenga la tentación de desistir en la búsqueda, Dios tiene piedad del que en soledad le busca en el silencio. La conversación de Abraham con Dios alcanza su máxima expresión junto a la encina de Mambré (Gen 18,1-3). Aquí se manifiesta como el peregrino se convierte en intercesor de los demás pueblos y hombres –súplica por los de Sodoma- y al mismo tiempo, en profeta pues ya entrevé cuanto había de suceder en el futuro. El auténtico peregrino cristiano es el que acoge desde la profecía en la historia la manifestación total de Dios en la persona de su Hijo encarnado.

En la existencia terrena no estamos todavía en posesión de la tierra verdadera y definitiva. Esta patria que habitamos es un exilio, un estar lejos del Señor. La certeza de que la escena terrena es provisoria y la experiencia de una falta de definitividad reaparecen con fuerza en pasajes de la Biblia. El pueblo de Israel es eminentemente un pueblo peregrino donde sobresale la experiencia de Éxodo y su ir conociéndose a través del desierto, camino privilegiado para descubrir a Dios y para conocer en propia carne lo que el Creador quería hacer de su pueblo. Muy pocas figuras en la historia aparecen tan cercanas al hombre y tan próximas a Dios, y ninguna llega a la zona más profunda del hombre como la de Job. El paciente Job se autopresenta como un peregrino; acoge a los demás porque parte de la vivencia de que él, huésped también, antes se consideró peregrino: “El forastero no pernoctaba a la intemperie, tenía abierta mi puerta al caminante” (Job 31,32). El peregrino es el que aprende a tener las puertas abiertas porque antes se le han abierto a él. El hecho de ser peregrino genera la súplica y hace que el pueblo de Israel reconozca el derecho de acogida y el de la hospitalidad que la ley los exige y los profetas los recuerdan e inculcan.

El cristiano pone su esperanza en Dios. Pero por Cristo esa esperanza encamina a la plenitud, cuando se termine la etapa de ser huésped y forastero. El apóstol Pablo dirá: “Mientras estamos domiciliados en el cuerpo, andamos ausentes lejos del Señor… Confiamos pues y vemos con agrado más bien ausentarnos lejos del cuerpo y estar domiciliados cabe el Señor” (2Cor 5,6.8). El peregrino toma conciencia de que la existencia humana es paradójica. Por una parte habita en un contexto que no es definitivo, la realidad histórica, y por otra desde la provisionalidad está en camino hacia la ciudadanía permanente. La peregrinación es expresión de la tensión escatológica de la existencia humana. El discurso a Diogneto es clarividente a este respecto: “Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña”. Aquí surge el convencimiento de que el creyente es un hambriento de futuro y, a medida que se va caminando, se le revela la existencia y su historia, como un éxodo. “Pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la venidera” (Heb 13,14).

De la descripción de la Jerusalén celeste (Apoc 23) nació una rica espiritualidad de la peregrinación sustentada en una concepción de Iglesia como pueblo de Dios en marcha, Iglesia peregrina. Esta eclesiología fue faro luminoso en momentos cruciales en que la cristiandad tuvo que tomar conciencia del significado de la presencia de la Iglesia en el mundo, y fue una perspectiva orientadora frente a los peligros del cisma y de la herejía. La peregrinación siempre fue un antídoto contra la tentación sectaria y puritana.

El peregrinar a la Tumba del Apóstol, desde lejos, con sus noches y sus días, con los gozos y las penas del camino se convierte en imagen de la vida cristiana. La Iglesia en la historia es extranjera en el mundo, y peregrina, está en camino hacia su meta. El peregrino siente la ausencia, la precariedad y el erradicarse de su propia tierra porque espera y camina hacia la ciudad celestial. La conciencia de ser peregrinos ayuda a superar los obstáculos con serenidad. “No temas, que nada te asuste; atiende a la nostalgia de la patria, ten conciencia de tu condición de peregrino”. La peregrinación es el espacio que corre entre el “inquietum” y el reposo. El peregrino es el que espera alcanzar la dulce, única y verdadera patria; el que se experimenta como indigente, como un pobre con hambre y sed que saciará únicamente en la patria definitiva. El peregrino –ser cristiano- es aquel que en su propia casa y en su propia patria se reconoce como extranjero, y por tanto siente la llamada a salir y encontrar la meta sirviéndose de signos que le ayuden a entrever la meta última y definitiva.

La alabanza, la súplica y la confianza son manifestaciones del hombre que se está moviendo y desplazando, del hombre en camino (Ps 120-134), que vive esa tensión entre la tierra ajena y la ciudad propia, que sale de la patria y vuelve a ella, que pertenece a la sociedad de los ángeles y a la sociedad de los hombres: “peregrino por gracia aquí abajo y por gracia ciudadano allá arriba”. Así aparece ya en alguna forma como deben portarse los peregrinos “viviendo según el Espíritu y no según la carne, según Dios y no según el hombre”. Esto define una espiritualidad que junto a la opción básica comprende la variedad de recorridos personales, que no se desentiende de la condición humana histórica y de sus compromisos de liberación y de promoción donde el cristiano tiene que ser fermento de libertad y progreso, de fraternidad y justicia, con conciencia eclesial y valorando la vida comunitaria. “El camino del hombre fiel a la revelación no puede prescindir de la vida de la Iglesia y en particular del ritmo sacramental que envuelve la existencia entera del cristiano, y de la celebración del ciclo litúrgico que propone anualmente el misterio de Cristo con sus implicaciones vitales”, sabiendo que el itinerario espiritual no puede considerarse como una subida gradual y armónica, ya que lleva consigo contradicciones.

Los Años Santos han tenido siempre un objetivo claro como es el de promover la renovación de la Iglesia y de la vida cristiana, en el caso del Año Santo Jacobeo a través de la dimensión penitencial, propia y característica de la peregrinación a Santiago.

En los tiempos de postverdad y de la llamada postmodernidad es una llamada a recuperar el contenido esencial –en clave de evangelización- de la antropología católica. No hay que olvidar que una de las críticas más duras de Lutero recayó sobre la peregrinación a Compostela; el grito antijacobeo de Lutero, de la Reforma protestante, conllevaba una crítica a la antropología católica. En un momento en el que el proceso iniciado en el s. XVI no ha culminado, es menester resaltar las dimensiones antropológicas de sesgo católico que se encierran en el mensaje del peregrino: la bondad de la creación y de la criatura; la amenaza y consecuencias del pecado; las posibilidades que tiene el hombre para ser sanado, convertido, perdonado; la presencia de la gracia en la creación imperfecta, creación que está en camino de llegar a la plenitud. En una palabra la peregrinación es una ocasión para potenciar la nueva evangelización de España y de Europa que vive la tensión entre la afirmación de los nacionalismos y la búsqueda de un principio unificador que contribuya a una regeneración espiritual, moral e intelectual de nuestra sociedad. Sólo la fuerza espiritual de la verdad de Cristo puede vencer la debilidad mental y moral que padecemos y ayudarnos a recuperar la confianza: “Sin confianza en la existencia sobre la que nos apoyamos, reconociéndole crédito y capacidad para darnos continuidad en el futuro no es posible aquella acción creadora que transforma la naturaleza para un mejor servicio al hombre, que suscita y redime al hombre, que lucha por superar la muerte”. La falta de confianza nos lleva a la trivialidad.

Después del Sínodo sobre Europa se puede afirmar que el legado de las peregrinaciones jacobeas es una referencia para volver a las raíces. “El destino del camino jacobeo coincidirá con el destino cristiano de Europa, dado que el jubileo compostelano es el que recogió con más hondura el sentir religioso popular de la Europa cristiana”. Hay que hacer memoria del mensaje europeísta de Juan Pablo II el 9 de noviembre de 1982, en la basílica de Santiago. Discurso bellísimo en el fondo y en la forma en el que el Papa hace un diagnóstico preciso sobre la crisis espiritual europea y que marcó un hito en la historia de este continente. Una vez más la condición profética de Juan Pablo II se ponía de relieve anunciando los acontecimientos, siendo los hechos los que le dan razón: “Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades”[1]. La Europa cuya conciencia ha nacido peregrinando y que se ha encontrado a si misma alrededor de la memoria de Santiago es “una herencia” (Nikolaus Lobkowich), “una memoria” (Julián Marías), “una conciencia” (Radim Palous) y “un proyecto” (Jacek Wozmiatowski). Más que un continente, es un contenido como decía Ortega y Gaset, siendo el cristianismo el único elemento identificador. “Por encima del mosaico de lenguas, tradiciones y costumbres diversas hay un elemento unificador en todo el continente que es precisamente el cristianismo”. Europa se comprende sobre todo desde el punto de vista cultural y no la ha creado otra cosa que la tradición cristiana. La Iglesia es artífice y custodia de esta herencia común. Thomas S. Eliot escribía: “todo nuestro pensamiento europeo adquiere significación por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero todo lo que dice y hace, surge de la herencia cultural cristiana y solamente adquiere significación en relación con esta herencia. Solamente una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche… La cultura europea no podrá sobrevivir la desaparición completa de la fe cristiana. Si el cristianismo desapareciese, toda nuestra cultura desaparecería con él”. “Toda Europa, escribía Pablo VI, recibe del patrimonio tradicional de la religión de Cristo la superioridad de los hábitos jurídicos, la nobleza de los grandes ideas de su humanismo y la riqueza de los principios que distinguen y vivifican su civilización. El día en que Europa repudiase este fundamental patrimonio ideológico dejaría de existir”. Este es también el pensamiento expuesto en diferentes ocasiones por el Papa Juan Pablo II.

Al comienzo del tercer milenio del cristianismo, en el Año Santo 2004, nos sentimos “peregrinos por gracia” con la preocupación de redescubrir la identidad cultural europea como alma de nuestro pueblo. La trascendencia de este objetivo es obvia cuando del mundo bipolar y la guerra fría hemos pasado a un nuevo tipo de confrontación multipolar, con multitud de conflictos en el mundo. “La identidad cultural tras la muerte de las ideologías se convierte en un nuevo elemento de dar cohesión a grupos humanos, más también en un factor potencial de desestabilización”. La peregrinación jacobea descubre que el cristianismo por ser apertura a lo universal, ha configurado una Europa abierta y capaz por ello de integrar nuevos elementos. Pero esto no podrá hacerse sin respeto a la identidad cultural de Europa. Es necesario decirlo, recuperando nuestra memoria porque un pueblo sin memoria es un pueblo sin esperanza y no podrá entender su historia. La memoria es la esperanza del futuro.

En el 2010 nuestro propósito fue vivir el Año Santo como peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado, hontanar de nuestras actitudes y compromiso cristiano vivido en esperanza. La peregrinación a Santiago más allá del valor simplemente cultural e histórico, es un valor constitutivo y constituyente de la civilización común europea. El peregrino que se pone en camino en nuestros días hacia Santiago, teniendo muchas noticias geográficas, históricas y culturales, no imagina hasta que punto la profunda vivencia espiritual cambiará su vida y generará significativas consecuencias en el entorno en el que volverá a insertarse. Me atrevo a indicar una última sugerencia: muy probablemente el mayor de los problemas de Europa hoy es la desunión, las rupturas, los nacionalismos. Este es un claro indicio de la necesidad de un principio aglutinador que una a todos por encima de las diferencias. Hasta el presente lo ha sido el cristianismo; más aún el catolicismo. La tradición jacobea ha tenido un influjo decisivo en la unidad de Europa y de España. Abandonar esta tradición es prescindir de una inspiración y ayuda para uno de los mayores retos del presente: la unidad. La autoridad de Dios que vincule nuestras conciencias y la atracción de lo santo que nos mueva a la acción, son presupuestos ineludibles.

Han sido millones de cristianos, peregrinos anónimos, que en la soledad de la peregrinación y de sus incontables penalidades, fueron los protagonistas del camino que ha vertebrado la realidad de Europa. Como ayer y también hoy “Santiago es la tienda del encuentro, la meta de la peregrinación, el signo elocuente de la Iglesia peregrina y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora anunciando la cruz del Señor hasta que vuelva. Compostela, hogar espacioso y de puertas abiertas quiere convertirse en foco luminoso de vida cristiana, en reserva de energía apostólica para nuevas vías de evangelización, a impulsos de una fe siempre joven”[2]. La memoria del pasado, el realismo del presente y la confianza en el futuro son las fibras con que tenemos que ir tejiendo la túnica de nuestra existencia cristiana. “El hombre es pregunta que no cesa, un asombro absoluto ante la realidad, una esperanza indestructible. Pregunta, asombro y esperanza le constituyen en caminante que impertérrito avanza hacia su destino”. El peregrino, en cuanto que rehúsa a “centrarse en sí mismo”, pretende entablar una communio vertical y horizontal, encontrar su centro en la comunidad con Dios y –ligado a ello‑ con los hermanos. El peregrino en el camino aprende, contempla y vive, volviendo enseña como testigo lo que ha visto, oído y vivido. No olvidemos que estamos obligados a conquistar la herencia recibida. La peregrinación jacobea es más que un mero símbolo exterior. Es expresión de una concepción determinada del hombre y de su relación con Dios, de la presencia de lo sacro en el corazón de nuestra civilización, de la distinción entre lo temporal y lo espiritual. Es una llamada a la esperanza cristiana que no es un ingenuo optimismo basado en el cálculo de probabilidades y que ha de resonar desde la Casa del Señor Santiago, mirando “hacia arriba” y caminando “hacia delante”.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1] JUAN PABLO II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela, 9 de noviembre de 1982.

[2] JUAN PABLO II, Alocución en la Plaza del Obradoiro, 19 de agosto de 1989, durante la celebración del rito del peregrino.

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