“No la debemos dormir
la noche Santa,
no la debemos dormir”.

Así empieza este hermoso villancico que todos hemos cantado en una noche como esta, en una Nochebuena. Es ciertamente una noche santa porque en ella el misterio de Dios se ha hecho presencia real y encarnada en el Hijo de María, en ese Hijo que es Palabra viva del Padre. ¡Feliz y Santa Navidad! Es el tiempo de la alegría, de la esperanza cumplida, del sueño de Dios realizado. Es el tiempo del asombro agradecido, es la hora de la gloria divina, del amor y de la paz.

Es el momento de velar y no dormir. Es el instante preciso para adorar y dejarse iluminar por la luz inmensa que aparece para nosotros, para ti y para mí, “que éramos pueblo que caminaba en tinieblas”[1].

El Niño que nace es el pleno sentido de nuestras vidas, sin él no seríamos lo que somos ni llegaremos a ser lo que él quiere de nosotros. “Ese sentido está pensado de forma totalmente personal para cada uno. Él mismo es persona: es el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén”[2].

¿Cómo dormir en esta noche santa ante la inmensidad de este regalo? Hay que acompañar a María y a José, hay que arrodillarse ante el Niño y besarle con todo nuestro ser. Si acaso, hacerlo en silencio. No tanto por él, a quien no turbaría nuestro alborozo, sino por nosotros mismos: para dejarnos calentar el corazón en una meditación serena escuchando interiormente las voces de los ángeles que hablan el lenguaje celeste, que tocan la música de la alegría de Dios.

“Contemplar al Niño Jesús en el pesebre nos ayuda a salir de nuestra indiferencia, hastío y tristeza, sintiéndonos salvados. ¿Qué nos pasa si ya no somos capaces de albergar este sentimiento? Escribía san Agustín que es necesaria la humildad para entrar en el misterio de la Encarnación del Verbo”[3].

¡Feliz Nochebuena y Feliz Navidad, sí, para salir a las calles con el ánimo lleno de “espíritu de pobreza y austeridad”! ¡Felices los que se dejan “sorprender por Dios”!. El papa Francisco nos recuerda que la  ternura y el desvivirse por el hermano son como “el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos. La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escuchar al otro, para oír el grito de los pequeños, de los pobres, de los que temen el futuro”[4].

Dios está más empeñado que nosotros mismos en nuestra felicidad: dejémosle que nazca en casa, en la familia, en el hogar; que se haga Niño con vuestros hijos, que acaricie a los mayores y quede al lado de los enfermos, de los débiles, de los que sufren.

Pido a Dios que su Hijo, el Niño de Belén, os siga regalando su buena noticia. Que sea vuestra fortaleza en medio de este tiempo agitado que necesita su paz y su luz. Que su historia de salvación sea la tuya y la mía. “Dejemos que la alegría de este día penetre en nuestra alma. No es una ilusión. Es la verdad… Ella nos habla desde el Niño que es el propio Hijo de Dios”[5].

“Hoy en la Ciudad de David os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”[6].

A todos  imparto mi bendición.

¡Feliz Nochebuena, Feliz Navidad!

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1]Is 9,1-2

[2]  “La bendición de la Navidad”, Joseph Ratzinger, Barcelona 2008, pág. 110

[3] Carta Pastoral para el Adviento 2019, mons. Julián Barrio.

[4] Videomensaje, 26 de abril de 2017, Papa Francisco

[5] “La bendición de la Navidad”, Joseph Ratzinger, Barcelona 2008, pág. 114

[6] Lc, 2, 11

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