Fervor popular en Corpus Christi

Numerosos fieles participaron hoy, solemnidad del Corpus Christi, en los actos litúrgicos en honor del Santísimo Sacramento en todos los lugares de la Archidiócesis. Esta fiesta eucarística, que coincide con la celebración del Día de Caridad por parte de Cáritas, es una manifestación de fervor popular, hondamente arraigada en la tradición cristiana de Galicia. Sacar a la calle la Custodia con el Santísimo Sacramento es una muestra de que el pueblo fiel cree en la presencia real de Cristo en medio de las realidades temporales.

El arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Julián Barrio, participó en las celebraciones que se llevaron a cabo en las ciudades de A Coruña y Santiago, localidades en las que la procesión del Corpus Christi se desarrolló con la tradicional solemnidad. En su homilía en la Catedral de Santiago, monseñor Barrio indicó que “nuestra vitalidad cristiana depende de la Eucaristía y está esencialmente vinculada a ella de tal forma que sin vida eucarística no puede haber sino apariencias de vida cristiana. Compartir el pan de la Eucaristía nos compromete a configurar la sociedad respetando la ley santa de Dios reflejada en la ley natural y en la recta razón, que muestra al hombre el camino a seguir para obrar el bien y alcanzar su fin”.

El arzobispo compostelano dijo que “si no estamos dispuestos a entregar la propia vida por los demás, no podemos ser consecuentes con lo que hoy celebramos. Dios nos ha liberado gratuitamente por el amor que nos tiene, no dominando ni ganando batallas que siempre implican la derrota de alguien. La vida eucarística configura un estilo de vida que se manifiesta en la actitud de servicio, imitando a Jesús que lavó los pies a sus discípulos, se inclinó ante los heridos en el camino de la vida, escuchó y curó a los enfermos de cuerpo y alma. Esto significa vivir la comunión frente a la exclusión, asumir la integración frente a la marginación, y comprometerse en la solidaridad, sabiendo que nuestro Salvador a los pobres les colma de bienes”.

Publicamos a continuación la homilía de monseñor Barrio:

 

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“Vivir la comunión frente a la exclusión”

Ex 24,3-8; Hb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26

 

¡Este es el misterio de nuestra fe! Contemplamos en esta solemnidad con asombro la maravilla de la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía que es alimento, fuerza y luz para el Pueblo redimido por El.

La Palabra de Dios nos ha recordado la alianza divina con el hombre en la historia de la salvación: Dios protegiendo al hombre, el hombre manifestando su obediencia a Dios: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos” (Ex 24,7). La alianza con Noé, Abrahán y Moisés son anuncios renovados de la alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres sellada con la sangre de Cristo, derramada para el perdón de los pecados. “Por esta razón, es mediador de una alianza nueva,… y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna” (Heb 9, 15).

Aquel día, Jesús pidió la casa a un amigo anónimo que se la ofreció sin recompensas ni reconocimientos. Esta persona nos deja una lección para nuestro proceder. Aquella casa se conocerá ya como Cenáculo. Pero hoy el Señor nos la pide a ti y a mí porque quiere celebrar la Pascua con nosotros. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). ¡Cómo no recordar la alegría de Zaqueo cuando hospedó a Jesús en su casa! Zaqueo le dio un banquete material. Jesús le dio el banquete de la libertad, del amor, de la felicidad. Hoy el Señor sigue celebrando su cena pascual con sus discípulos que somos nosotros.

Nuestra vitalidad cristiana depende de la Eucaristía y está esencialmente vinculada a ella de tal forma que sin vida eucarística no puede haber sino apariencias de vida cristiana. Compartir el pan de la Eucaristía nos compromete a configurar la sociedad respetando la ley santa de Dios reflejada en la ley natural y en la recta razón, que muestra al hombre el camino a seguir para obrar el bien y alcanzar su fin. “La indiferencia religiosa, el olvido de Dios, la ligereza con que se cuestiona su existencia, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y destino trascendente del ser humano no dejan de tener influencia en el talante personal y en el comportamiento moral y social del individuo… Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre”[1].

Participar en la Eucaristía exige reconocer a Cristo en los más necesitados material y espiritualmente. “La personalidad del hombre se enriquece con el reconocimiento de Dios. La fe en Dios da claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. El conocimiento del Dios amor nos mueve a amar a todo hombre: el sabernos criaturas amadas por Dios nos conduce a la caridad fraterna y, a su vez el amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él. Pero quien le conoce de verdad inmediatamente lo reconoce en todos los pobres, en todos los más desfavorecidos, en los pordioseros de pan y de amor, en las periferias existenciales”[2]. Si no estamos dispuestos a entregar la propia vida por los demás, no podemos ser consecuentes con lo que hoy celebramos. Dios nos ha liberado gratuitamente por el amor que nos tiene, no dominando ni ganando batallas que siempre implican la derrota de alguien. La vida eucarística configura un estilo de vida que se manifiesta en la actitud de servicio, imitando a Jesús que lavó los pies a sus discípulos, se inclinó ante los heridos en el camino de la vida, escuchó y curó a los enfermos de cuerpo y alma. Esto significa vivir la comunión frente a la exclusión, asumir la integración frente a la marginación, y comprometerse en la solidaridad, sabiendo que nuestro Salvador a los pobres les colma de bienes.

“Ditosos os convidados á cea do Señor”. O convite é universal, aínda que non todos a aceptan. “Recordamos a actuación de Xesús cando comía cos excluídos e impuros, cos pobres e pecadores. Recordamos a multiplicación dos pans e os peixes na que houbo pan para todos. Alí entendemos que o pobo da nova alianza é unha fraternidade sen exclusións. Alí entendemos que na asemblea eucarística os últimos teñen os primeiros postos e que é o Señor quen nos constitúe nesa nova familia, na nova fraternidade na que ninguén queda excluído. As nosas comunidades, cando celebran a Eucaristía, teñen de tomar partido de que a Eucaristía impulsa a todo o que cree en Cristo a facerse pan partido para os demais e, polo tanto, a traballar por un mundo máis xusto e fraterno[3]”. “O amor aos demais enraizado no amor a Deus é ante todo unha tarefa para cada fiel, pero éo tamén para toda a comunidade eclesial”. Así se expresa no labor de Cáritas que se fai eco das obras de misericordia corporais e espirituais.

En torno a este altar que se fai hoxe corazón de toda a cidade, manifestamos a devoción eucarística. En Xesús Cristo faise crible ante o mundo e ante os descartados da humanidade, a súa presenza real no medio da historia, vinculada á presenza na eucaristía. A forza da historia encontrase sempre no home que ama e sirve, e para quen “non hai nada verdadeiramente humano que non teña resonancia no seu corazón” (GS 1). “Ao contemplar en adoración a Hostia consagrada, atopámonos coa grandeza do seu don; o Señor atráenos cara a si, penetrando no seu misterio, por medio do cal quere transformarnos, como transformou o pan e o viño no seu Corpo y no seu sangue”. “Na procesión, seguimos este signo e deste xeito seguímoslle a El mesmo. E pedímoslle: ¡guíanos polos camiños da nosa historia entre tantos interrogantes!”. Fortalecidos pola Eucaristía contribuamos a unha liberación positiva do home na nosa cidade, na nosa Archidiocese e no noso mundo. ¡Bendito e louvado sexa o santísimo Sacramento do Altar, sexa por sempre bendito e louvado! Amén.

 

[1] Conferencia Episcopal Española, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción Pastoral, Ávila 24 de abril de 2015, 12.

[2] Ibid.

[3] BIEITO XVI, Sacramentum caritatis, 88.

 

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