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Historia de la Diócesis

Archicompostela_048La Iglesia Compostelana ha surgido como heredera de la misión del Apóstol Santiago. Impetuoso, decidido y lanzado hasta el punto de haber merecido de Jesús el mote de Trueno, llegó anunciando la Buena Noticia de su Maestro hasta los confines del mundo entonces conocido. Su corta vida –fue degollado cuando contaba unos cuarenta años– no fue obstáculo para que llegase, el primero, más lejos que sus hermanos. El pequeño grupo que le escuchó en un rincón perdido de la actual Galicia, guardó su sepulcro y la fe en la Buena Noticia que Santiago les dio. Este grupo es el que está en los oscuros orígenes de la Iglesia Compostelana que, unida a la Iglesia Católica, de la que quiere ser manifestación acabada, asume, como fin de su existencia y actuación, el anuncio y la construcción del Reino de Dios, tarea recibida de Jesús.

A cada uno de los hombres y mujeres al que el egoísmo, personal y colectivo que impregna la cultura y demás estructuras sociales, unido a su condición de mortal, le impide alcanzar el más vivo deseo de su ser, es decir, la felicidad completa, queremos comunicarle que, desde que Jesús ha resucitado, esta felicidad es posible, si él quiere.

El Reino de Dios es una realidad progresiva que se realiza en la Historia, a la que dota de una nueva perspectiva. Esta realidad consiste en la construcción de un hombre nuevo y una humanidad nueva, ya presente entre nosotros como la levadura está en medio de la masa, o en la semilla ya se contiene en la planta, pero que deberá ser cultivada y desarrollada hasta realizarse completamente en la Plenitud de los Tiempos.

La construcción del Reino se lleva a cabo mediante la transformación profunda de cada hombre, que es necesario que renuncie a los valores basados en el egoísmo para convertirse a los inspirados en el amor, y la asunción de un compromiso tendente a comunicar a otros esta Buena Noticia. Para realizarla con eficacia nos organizamos en la Iglesia. Desde ella tratamos de extender la semilla del Reino e introducir sus valores en la cultura y en todas las estructuras sociales. Para ello nuestra única arma es el amor y el servicio.

Ésta ha sido, y sigue siendo, la razón de ser y la tarea de la Iglesia de Compostela, la misma de toda la Iglesia Universal. Pero a esta universalidad aporta la peculiaridad de proceder de la actuación del Apóstol Santiago y haber sido la custodia de su sepulcro. A lo largo de dos milenios ha realizado su misión con esfuerzo; se ha equivocado, y se volverá a equivocar muchas veces; ha sido manchada con el pecado, y se ha visto precisada a convertirse continuamente, pero siempre ha conseguido transformarse intentando cumplir cada vez mejor y con mayor éxito su misión.

La Iglesia de Compostela fue erigida el día 5 de diciembre de 1095 por el Papa Urbano II mediante la Bula Veterum sinodalia. Pese a ello, el acto papal no fue la creación de algo nuevo, sino más bien la ratificación jurídica de una situación de hecho, que venía produciéndose desde dos siglos antes. La misma Bula declara a la nueva Iglesia heredera absoluta de todo cuanto pertenecía a la Iglesia de Iria Flavia, sin comportar más novedad que el cambio de nombre, sede y condición jurídica; la hasta entonces sufragánea de Braga, pasó a serlo únicamente de la Santa Sede.

Su antecesora, la Iglesia de Iria Flavia, irrumpe en la historia en el I Concilio de Braga (año 569) de forma tan abrupta que hace inverosímil la afirmación de algunos historiadores, según la cual este fue el momento de su nacimiento. Ésta es sin duda la primera noticia fehaciente que tenemos de un obispo de Iria Flavia, Andrés, que al estampar su firma en las actas se convertía en el primer Obispo de Iria conocido. No fue, sin embargo, el primero en presidir esta Sede. En el territorio, un poco más amplio que el actual de la Compostelana, hay infinidad de indicios, sobre todo arqueológicos y epigráficos, de la presencia desde los primeros siglos de los herederos de Jesús de Nazaret. Tras varios siglos de fermento en grupos pequeños de cristianos, los existentes en el territorio de la Galicia actual se organizan en cinco iglesias, –y parte de una sexta, Astorga– las mismas que existen actualmente. Testimonio de esta división es el famoso Parroechiale suevum.

Desde que emergió en la historia, nuestra Iglesia pasó por tres importantes etapas:

1.- Iglesia de Iria Flavia, Diócesis sufragánea de la Iglesia Metropolitana de Braga (desde sus orígenes hasta el 5 de diciembre de 1095). Con este título fue quizás la única Iglesia de Hispania que mantuvo la sucesión episcopal, durante la invasión musulmana y la protagonista del descubrimiento de la Tumba del Apóstol Santiago. Por ello, desde la segunda mitad del siglo IX los obispos se titulaban de Iria y de la Sede Apostólica, residiendo habitualmente en el lugar llamado Locus Sancti Iacobi, denominación que evolucionó en la voz Santiago, con la que San Jacob o Jacobo fue denominado en Castellano.

2.- Diócesis Compostelana, sufragánea de la Santa Sede, efecto de la Bula Veterum sinodalía del Papa Urbano II (5 de diciembre de 1095). La Bula disponía la extinción de la Sede Iriense y declaraba a la Compostelana, que surgía con un nuevo estatuto, sucesora en la posesión de todos los bienes, derechos y deberes de la extinta. Esta etapa duró menos de 25 años.

3.- Archidiócesis Metropolitana de Santiago de Compostela, creada por el Papa Calixto II mediante la Bula Onmipotentis dispositione de 27–II–1120 que fue ejecutada en Santiago el día 25 de julio del mismo año. En sucesión de Mérida –desaparecida como Iglesia bajo el poder musulmán–, fue declarada capital de la Lusitania y se le sometieron como sufragáneas las sedes de Beja, Lisboa, Ossobona (Faro), Idaña (A Guarda), Coimbra, Viseu, Lamego, Ciudad Rodrigo, Salamanca, Avila, Evora y Coria. Las diócesis gallegas continuaron dependiendo de Braga hasta el año 1395, en que pasaron a ser sufragáneas de Santiago. Dos años antes el Papa Bonifacio IX creó la Metrópoli de Lisboa segregando las sedes portuguesas de la de Santiago. Actualmente es la Iglesia Metropolitana de Galicia.

Archicompostela_77Un hecho importante ha sido decisivo en la identidad de la Iglesia de Compostela: su vinculación al Apóstol Santiago el Mayor. Desde que, hacia el año 829, el obispo Teodomiro descubrió su Tumba, la vida diocesana estuvo determinada por el culto al Apóstol y la acogida y atención a los peregrinos que de todo el mundo acudían, y siguen acudiendo, a venerarla. Esta ruta se convirtió en el vehículo por el que circularon las ideas que forjaron la cultura europea. La más hermosa plegaria después del Ave María que el pueblo cristiano dirige a la Madre de Dios, la Salve Regina (Dios tumba_apostol te Salve, reina y madre de misericordia…) fue un regalo a la Iglesia Universal del Obispo de Iria Flavia y Compostela San Pedro de Mezonzo (985-1003).

Al caer el Imperio Romano se produjo en nuestra tierra –como en tantas otras aunque más acusado por la lejanía de la autoridad de Roma– la caída de las instituciones sociales y, por ello, perdieron los funcionarios la legitimación de su función. La única instancia capaz de asumir la responsabilidad colectiva fueron los obispos de la Iglesia Cristiana. En Galicia consiguieron dialogar con los invasores, y hasta consiguieron la prematura conversión al catolicismo del príncipe suevo Reckiario, que, al morir su padre Reckila en el año 448, se convierte en el primer rey bárbaro católico casi medio antes que Clodoveo, el rey de los Francos.

Este problema se agudizaría cuando a partir del año 713 cae toda España en poder de los Musulmanes. En el territorio de Iria y en toda Galicia, después, se refugiaron infinidad de cristianos y obispos. El Obispo de Dumio se refugia en Mondoñedo. Lugo, Orense, Astorga, Tui y la metropolitana Braga se quedan sin obispo. Solo continua ininterrumpidamente la sucesión de los Obispos de Iria. Aquí debe estar el origen, primero del señorío temporal de los Obispos sobre la tierra Iria y, después, el de los Arzobispos de Santiago. Señorío que se acrecentó y consolidó con las donaciones de los reyes, tratando con ello de honrar al Apóstol Santiago, Patrón de España.

Este Señorío trajo consecuencias importantes, no todas deseables. Provocó la presencia de prelados cortesanos, más señores que arzobispos, y otros que únicamente se preocupaban de cobrar sus rentas. Los hubo también, y muchos, munificentes y amantes de su pueblo, al que enriquecieron con instituciones, obras publicas y, sobre todo, obras de arte que han convertido a Compostela en una de las ciudades más admiradas del mundo.

Desde el día 1º de julio del año 1100 hasta el año 1140 preside la Iglesia Compostelana su primer Arzobispo Don Diego Gelmírez. Su memoria aun permanece viva entre los compostelanos. Fue un personaje de su tiempo, de una personalidad y clarividencia excepcionales. A él se debe la exaltación de su Sede a la categoría de Metropolitana, las primeras concesiones del Jubileo y la condición de Legado Pontificio del papa Calixto II sobre las Iglesias de Lusitania y Gallaetia. Desempeñó un papel decisivo en la política de su tiempo y consolidó el señorío de su sede sobre un amplio territorio de Galicia.

A él se debe la configuración esencial de la Catedral Románica, quizás la estatua del Apóstol que preside el Altar Mayor, y es abrazada por millones de peregrinos, y la concepción esencial de la parte más antigua del Palacio que lleva su nombre.

Archicompostela_024A partir de la mitad del siglo XVI los Arzobispos van dejando su poderío en manos de provisores, munícipes, pero al final del siglo surgen otros que se entregan cada vez más a su tarea pastoral. No podemos olvidar a las figuras notables del Cardenal Abalos, Don Francisco Blanco, Don Alonso de Velázquez, Don Juan de Sanclemente, Don Maximiliano de Austria y otros de no menor talento y virtud, artífices, en mayor o menor medida, de la aplicación de las normas del Concilio de Trento en la Archidiócesis. A lo largo del siglo XVIII destacan Don Antonio Monroy, Don Cayetano Gil Taboada, Don Bartolomé Rajoy, Don Sebastián Malvar, Don Felipe F. Vallejo. A partir de la segunda década del siglo XIX el Arzobispo deja de ser Señor para ser exclusivamente Arzobispo. Don Rafael de Múzquiz (1801-1821) fue el último Arzobispo Señor. Después de este acontecimiento la Sede Compostelana fue ocupada por personalidades de gran calado eclesial, que dedicaron su vida exclusivamente al servicio cristiano de sus fieles. Permítasenos citar a Fray Rafael de Vélez y al Cardenal García Cuesta, protagonistas ambos de una actuación profunda tendente a la restauración espiritual de su clero y de su pueblo, lacerado por guerras y disensiones políticas.

El fin de siglo y comienzo del XX, son testigos de los pontificados de los Cardenales Payá, nuevo descubridor de la tumba del Apóstol, y Martín de Herrera, que puso las bases de una organización de su Iglesia en busca de una eficacia Pastoral y catequética.

A lo largo de los siglos han presidido esta iglesia un total de 29 obispos de Iria conocidos, a los que habría que añadir los 28 enterrados bajo las bóvedas de la Iglesia de Iria, según testimonios que revelan su venerable antigüedad, dos obispos de Compostela y 75 Arzobispos Metropolitanos.