Homilía de D. Julián Barrio el Domingo de Ramos

“Cuando estamos siendo cribados por una cultura laicista, miramos a Cristo y nos dejamos mirar por Él. A veces nos preguntamos ¿quién soy yo y qué puedo esperar?, o ¿quién es Dios y que puedo esperar de Él? La respuesta la encontramos en la Pasión de Cristo. Dios nos ama hasta enviar a su Hijo que dio su vida en la cruz para salvarnos. ¡En medio de nuestra fragilidad y de nuestro pecado Dios que es Amor, no nos ha abandonado!

Hoy recordamos que Jesús entra en Jerusalén como el Siervo dispuesto a cumplir la misión que le fue confiada por Dios Padre. Vemos cómo lo aclaman los niños con espontaneidad y sencillez. Son las palmas de triunfo y anuncio de la pasión de Cristo que “siendo inocente se entregó a la muerte por los pecadores y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales”.

Hemos cantado: ¡Hosanna al Hijo de David!, o lo que es lo mismo: ¡Sálvanos, Señor!, y acabamos de escuchar ahora en el relato de la Pasión: ¡Crucifícale! Nos cuesta entenderlo pero es la travesía que hay que realizar para llegar a la gloria de la resurrección. Por eso contemplemos a Jesús humilde para escuchar y obediente para cumplir la voluntad de Dios Padre, confiado ante las penalidades, humillado y exaltado. La gente sencilla le acogió, percibiendo en Él al Salvador que en la cruz toma sobre sí el pecado del mundo, el de todos nosotros, y lo lava con su sangre, por amor al Padre. Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En Jesús vemos al  hombre herido por el mal en las guerras, en las violencias, en la corrupción, en los crímenes contra la vida humana y contra la creación. En él encontramos el ejemplo del siervo fiel siempre dispuesto a sufrir para evitar que los demás sufran. Así podemos ofrecer una palabra de aliento a aquellos que están en la frontera entre la vida y la muerte.

Nuestro camino es el de Cristo. Es verdad que podemos escoger un camino cómodo, bajando hasta lo vulgar y  hundiéndonos en la mentira y la deshonestidad, en la impiedad y el egoísmo. Pero Él nos guía hacia lo alto y puro; hacia la verdad que nos hace libres; hacia la valentía que no se deja intimidar por las opiniones dominantes; hacia la paciencia que sostiene a quien necesita nuestra comprensión; hacia la bondad que no se deja desarmar ni siquiera por la ingratitud. Jesús se humilló y se hizo obediente hasta la muerte de cruz, sabiendo que el que se humilla será enaltecido.

Son muchas las personas y los lugares que hacen realidad lo que vivió Jesús en sus últimos días entre nosotros. La lista de quienes sufren es larga. La pasión de Cristo, “el gran paciente del dolor humano”, nos ayuda a reconocer a la humanidad probada en medio de tanto sinsentido y de tantas agresiones a la dignidad humana.  El Hijo de Dios sigue sufriendo cuando acusamos injustamente a los que denuncian nuestra pasividad y conformismo, cuando no defendemos la causa de la justicia por miedo a las consecuencias que pueda traernos, cuando nos inhibimos ante la defensa de la verdad, cuando miramos a otro lado distinto de donde están los descartados de nuestra sociedad, cuando nos confiamos a nuestra autosuficiencia. A veces, nos es cómodo decir: “¡No conozco a ese Jesús de quien habláis!”, o venderle por algo  insignificante.

Interpretemos nuestra vida como una historia de amor que tiene su origen y que tendrá su término en un Dios Padre que tanto nos amó que envió a su Hijo para salvarnos. Ante este misterio podremos proclamar: “Gracias, Señor, por salvarnos”. Vivamos la Semana Santa como seguidores de Jesús. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta de nuestro corazón, para que pueda entrar en nosotros y a través de nosotros transformar nuestra sociedad conforme al plan de Dios. ¡Estrenemos la novedad de este Domingo de Ramos! Amén”.

 

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