Homilía de las Vísperas Solemnes de la fiesta de Santiago

Cristo, nos dice San Juan, es el Testigo fiel (Ap 1, 5) ante el Padre. Los Apóstoles fueron los testigos privilegiados de la Resurrección de Cristo. A nosotros se nos pide ser testigos de la fe que hemos recibido. Y del mismo modo que Jesús da testimonio del Padre, los cristianos estamos llamados a dar testimonio de Él ante los demás (2 Cor 5, 14). Antes de su Ascensión a los cielos, Jesús les dijo estas últimas palabras a los Apóstoles: “No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad, en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch 1, 7-9). Hay que volver al hecho cristiano fundamental, identificándonos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es el modo más fascinante de vivir la propia humanidad. La enseñanza de los apóstoles, garantes del testimonio de toda la Iglesia, es vivir en espíritu de comunión: la unión interna de los corazones que se debe manifestar en la unidad, en un mismo ánimo, en compartir los bienes, en la fracción del pan, es decir en la celebración instituida por Jesús en la última Cena; y en las oraciones en público y en privado. Ser testigos de la vida de Jesús, de sus enseñanzas, de sus milagros, de su pasión y resurrección era la misión que se les encomendaba. Así lo entendió el Apóstol Santiago que vino hasta nosotros a transmitirnos la alegría del Evangelio.

Cristo que nos ha comunicado la vida divina, nos compromete no sólo como destinatarios de la Revelación divina, sino también como anunciadores del Evangelio. La primera comunidad cristiana veía cómo el evangelio iba difundiéndose mediante la predicación y el testimonio. El celo de los cristianos por testimoniar a Cristo, que en muchos casos llega al martirio es lo que hace humanamente posible la fe de otros. “A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los confines del orbe su lenguaje”. Esta cualidad eclesial de la fe, que se entrega de una generación a otra, es lo que denominamos comúnmente Tradición Apostólica.

El testimonio de los cristianos, en cuanto participamos de la muerte de Cristo, es auténtico y convincente. El poder de Cristo resucitado actúa en nosotros y damos testimonio de Él con las palabras que pronunciamos, con el ejemplo de las virtudes que vivimos, con los hechos de caridad cristiana que realizamos.

Cristo resucitado obra realmente en y a través de los que creemos en Él. Mediante la gracia bautismal, llevamos la vida del Señor resucitado. Nuestros místicos han entendido siempre que los cristianos, divinizados por la gracia, somos y debemos ser, no sólo otro Cristo, sino el mismo Cristo. Su vida se proyecta místicamente por medio de nosotros hacia la humanidad entera. Cuando nos esforzamos por ser fieles a esta nueva vida, aunque no siempre seamos conscientes de ello, llegamos a ser en Cristo la sal de la tierra, la luz del mundo (Mt 5, 13), el buen olor de Él (2 Cor 2, 15). Esto puede darse a pesar de nuestras limitaciones y debilidades; como leemos en el prefacio de los mártires de la Liturgia Romana, el Señor fortalece nuestras débiles fuerzas para que podamos ofrecer el testimonio. Entender esto nos ayuda a poner de manifiesto que el testimonio cristiano nunca suple el papel insustituible de Cristo a quien hemos de remitir siempre a todo el que cree. El espíritu misionero es un signo claro de la madurez de una comunidad eclesial que no se puede limitar a una pastoral de mantenimiento.

Que la intercesión de Santiago obtenga a toda la Iglesia fe ardiente, valentía apostólica y libertad para anunciar al mundo la verdad que todos necesitamos, la verdad que es Dios, origen y fin del universo y de la historia, Padre misericordioso y fiel, esperanza de vida eterna. Amén.

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