Homilía de mons. Barrio en el acto de desagravio a la Virgen del Pilar y al apóstol Santiago

Esta tarde también yo desearía que nos hubiéramos encontrado sobre todo para darle gracias a Dios o pedirle por una necesidad entre tantas que nos afectan. Pero el motivo es el deseo de desagraviar a la Virgen María, nuestra madre, bajo la advocación del Pilar, y al apóstol Santiago, nuestro patrono y patrono de España, por las ofensas blasfemas que se les han hecho días atrás en el carnaval. Ni este contexto ni una libertad de expresión mal entendida en modo alguno pueden justificar estas faltas del debido respeto a los demás y carentes de buen gusto. Manifestaciones como estas nos duelen, hieren nuestros sentimientos religiosos y nos hacen sufrir.

Es verdad que estas ofensas no aminoran un ápice la gloria y la felicidad que los santos ya viven en Dios Padre, pero nosotros, peregrinos hacia la ciudadanía celestial, en comunión de relaciones profundas y misteriosas por la unión de todos los fieles en Cristo, queremos sentirnos cercanos y desagraviar como muestra de afecto eclesial y agradecimiento a María como madre nuestra y al Apóstol como amigo del Señor y fundamento de la tradición apostólica que fundamenta nuestra fe. Su protección e intercesión siempre han sido y seguirán siendo benéficas para nosotros.

Las corrientes laicistas están generando una cristianofobia que se manifiesta en lo que estos días estamos padeciendo. Lo sufrió María junto a la cruz donde su Hijo murió por nuestra salvación y lo experimentó el apóstol Santiago que porque Herodes quería silenciar la Iglesia, le manda degollar. De diversas formas, pero es el afán de tantos que en la historia quieren instalar al hombre en la finitud humana desde la que se relativiza “la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la  fidelidad incondicionada a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles”, y se destruye la cultura cristiana que nos ofrece valores e ideales suficientes y necesarios para la construcción de una sociedad solidaria y esperanzada, con vocación de unidad en el respeto a las propias identidades.

Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Cor 4,13). La fe es un tesoro que “llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7). La percepción equivocada de vivir en un mundo que parece ser del todo obra humana, nos dificulta descubrir la presencia y la bondad de Dios Creador por eso Jesús desde la Cruz dirá: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. O tal vez sí, pero equivocados. El apóstol san Pablo anima nuestra esperanza, describiendo el horizonte en el que la comunidad cristiana está llamada a caminar: “Atribulados en todo, más no aplastados, apurados pero no desesperados, perseguidos pero no abandonados, derribados más no aniquilados, llevando siempre y en todas partes  en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”. Podemos decir: cuando somos débiles, entonces somos fuertes, apoyados en la gracia de Dios. El camino a recorrer nos lo indica el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar. Cuando Jesús se siente rechazado en una aldea de samaritanos, “al ver esto Santiago y Juan, le dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Él se volvió y los regañó”. “Dios no se complace en la muerte del pecador, sino que quiere que se convierta y viva”. En el Buen Pastor siempre prevalece la bondad aunque no oculta nunca la verdad. Sólo a la luz de la misericordia de Dios podemos enfrentarnos a nuestra propia miseria y a la de los demás, de lo contrario la cruz no se puede soportar. Por eso en un mundo sin misericordia todos tratamos de justificarnos. “Cuando el hombre se olvida, pospone o rechaza a Dios, quiebra el sentido auténtico de sus más profundas aspiraciones, y altera desde la raíz la verdadera interpretación de la vida humana y del mundo”. Llamo a recuperar la centralidad de la dimensión religiosa en la vida que es lo que hace progresar integralmente al hombre. Marginar a Dios no libera al hombre. El testimonio de la Virgen María y del apóstol Santiago nos indica que podemos vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza cristiana, y la indiferencia con el amor, superando nuestros deseos desordenados y siguiendo a Cristo, “camino, verdad y vida”. La crisis de la conciencia y vida moral está afectando a las costumbres y principios inspiradores de la conducta moral y generando desconfianza. Fiarnos de Dios es recuperar la confianza, superando todo relativismo. Valoremos “todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito para tenerlo en cuenta” (cf Fil 4,8). Dios nos ayuda, la Santísima Virgen y el apóstol Santiago.

 

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