Homilía de mons. Barrio en el Jubileo de los Jóvenes

Habéis llegado de las diferentes parroquias de la Diócesis. Os lo agradezco y me enorgullece estar con vosotros. Habéis cruzado el umbral de la Puerta de la Misericordia para encontraros con Jesús, el rostro misericordioso de Dios Padre, afirmando vuestro propósito de permanecer en su amor, aunque os sintáis extraños en vuestro propio entorno. ¡Tal vez oiréis que hoy esto no se lleva como si trataran de convencerse a sí mismos quienes lo dicen! Me alegra celebrar esta Eucaristía con vuestra participación, dando gracias a Dios porque es eterna su misericordia.

La liturgia esta tarde nos invita a profundizar nuestra fe en la resurrección de los muertos, afirmando que “vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”. El martirio de los siete hermanos macabeos que esperan recuperar la integridad corporal, es el primer testimonio seguro de la fe en la resurrección. Este es el sentido de las palabras de Pablo cuando escribe: “Una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria”. Esto vale para el martirio y para toda tribulación por la que podamos pasar. También hoy seguimos teniendo jóvenes “macabeos”, tal vez no expuestos al martirio de sangre -que también- pero sí a las insidias contra la fe.

Jesús en el evangelio afirmó la certeza de la resurrección; más aún, anunció su propia resurrección. Lo que esperamos no es una vida terrena mejorada, sino una vida celestial en plenitud, al lado de Dios que es Dios de vivos y no de muertos, que premia con la vida a los que creen en él, “vida dichosa después de la victoria, vida feliz terminado el combate, vida en la que la ley de la carne no se opone ya a la ley del espíritu”. “Todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”, nos dijo Jesús. Esto nos da ánimo y fundamenta nuestra esperanza. Los hombres que esperan firmemente la resurrección y reciben de Dios la fuerza para sus palabras y obras buenas, son ya desde ahora mediante la oración liberadores del mal. La oración cristiana es como un dique abierto por el que las aguas de la gracia celeste se derraman sobre el mundo para su purificación.

No estamos en el mejor de los mundos posibles. Conocéis bien la realidad doliente en la que muchos viven: las dificultades para encontrar salidas laborales tras los estudios; ese buscar la diversión a través del alcohol; aquel evadirse mediante el consumo de sustancias que crean adicción y nublan la voluntad; despersonalizarse, en suma, para realizar actos que sin una inhibición consciente y provocada no se sería capaz de realizar. En ese ambiente Cristo os llama a ser testigos de su esperanza y de su amor, sabedores de que sois peregrinos. Os pide que os acerquéis a vuestros compañeros, conocidos y amigos; que les valoréis por lo que son y no por cómo son; que les anunciéis que otro mundo y otro estilo de vida son posibles. Y que vean en vosotros que como seguidores de Cristo, nada de lo doloridamente humano os es ajeno.

Participar en este Jubileo compromete a ser misericordiosos con los demás, cumpliendo las obras de misericordia, dando de comer al hambriento y de beber al sediento, vistiendo al desnudo, acogiendo al forastero, visitando a los presos y a los enfermos, dando consejo al que lo necesita, enseñando al que no sabe, corrigiendo al que se equivoca, consolando al triste, perdonando con paciencia las ofensas de aquellas personas que no soportamos. Esta actitud lleva a descubrir la propia necesidad de reconciliarse con Dios que nos reconcilió por medio de Cristo.

La misericordia es un lenguaje universal, “fuente de alegría, de serenidad y de paz”. Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos limpios a quienes encuentra en el camino de la vida. Es la vía que une Dios y el hombre, “porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”. Es expresión del amor concreto, no de un amor romántico que se pasea por las nubes sin pisar tierra en la que cada día debemos desgranar nuestra vida al servicio de los demás. “El amor es el documento de identidad del cristiano, es el único documento válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro”, nos dice el papa Francisco. Nadie nos podrá identificar.

El Señor sale a tu encuentro y te dice: “rema mar adentro”, “echa las redes”, no gastes tu vida en vagabundear por lo superficial. Y tú, ¿qué respuesta vas a darle al Señor? Es momento de tomar decisiones valientes, sin olvidar que ser valiente es elegir el bien, más allá de la mediocridad. Al lado de la aflicción corporal están la aflicción espiritual, la desorientación y la falta de sentido en la vida. Bien sabéis que “cuando se secan los oasis utópicos, se extiende un desierto de banalidad y desconcierto”. “Crecer misericordiosos como el Padre” conlleva  caminar contra corriente.

Trabajad día a día por la cultura de la misericordia, contribuyendo a que con la justicia se abra paso en nuestra convivencia. En medio de tantos oscuros nubarrones, sed ese fulgurante rayo de misericordia, que encienda la luz del amor, siempre generadora de esperanza. Buscad ya aquí en la tierra los valores celestiales: amor, alegría, paz y unión con Dios y con todos los hermanos. “Entonces seremos libres y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que sucederá al fin sin fin”, escribía san Agustín. Quien cree en la resurrección cuida su alma.

Con el patrocinio del apóstol Santiago y la intercesión de la Virgen María, Madre de Misericordia, rezo por vosotros, por vuestras familias y por cuantos os ayudan a crecer en la bondad y la generosidad. Que el Señor os bendiga, os guarde de todo mal y os lleve a la vida eterna. Amén

 

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