Homilía de mons. Barrio en la celebración de la Función del Voto en A Coruña

Con esperanza cristiana participamos en esta celebración para presentar el Voto de la Ciudad a la Virgen María, abogada nuestra, siguiendo una tradición vivida con fidelidad. Esto da vigor a nuestra herencia espiritual y afirma la riqueza cultural,  que forman parte de la identidad de esta Ciudad llamada a revitalizar su alma. El sentir religioso no desaparecerá jamás porque no se puede eliminar del corazón del hombre la promesa sobre el significado de la propia vida: día a día el misterio nos rodea y nos preguntamos sobre él. Esto se plasma en la actitud religiosa que vincula la religión y el pueblo, comprendiendo el cristianismo como acontecimiento que nace del encuentro con Cristo, suscita el testimonio en nosotros y genera la pertenencia a la comunidad eclesial.

La crisis antropológica en que nos encontramos, tiene que ver  con los fundamentos de la vida personal y social, cuyo planteamiento equivocado genera cada vez más confusión. Se levantan muros y se acentúan divisiones. Se percibe esa despreocupación nihilista y se ha dejado de buscar el bien común. En este horizonte hemos de ser conscientes de que la vida está para darla y de que o la das o se te disipa porque no la puedes almacenar.

La primera lectura que acabamos de escuchar nos indica que el hombre no se salva automáticamente. Hay que aceptar la Palabra de Dios. Vemos a los judíos celosos por el éxito que están teniendo Pablo y Bernabé en su predicación. Estos les dirán: “Como no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles”. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, pero deben aceptar personalmente la fe y vivir conforme a ella. La segunda lectura nos ofrece la visión del cielo, donde se cumple la promesa que el Señor hace en el Evangelio, asegurando que los que le han seguido aparecen como una muchedumbre inmensa de todos los pueblos delante del Cordero, rescatados por la sangre de la cruz y conducidos hacia fuentes de aguas vivas. Escuchar su Palabra y hacerla vida cada día, recorriendo sus caminos y provocando los encuentros con los preferidos de Cristo que son los pobres, los marginados, los descartados para devolverles la dignidad perdida, ha de ser nuestro propósito. La promesa que hace Cristo, el Buen Pastor, supera toda medida y previsión. A las ovejas que él conoce y que le siguen, se les asegura su definitiva pertenencia a él y al Padre. Vivir en la unidad con el Padre y el Hijo, es poseer ya la vida eterna. “Yo doy la vida eterna a mis ovejas”. Jesús las conoce. Y ellas le siguen. Hemos de pasar de la fe al amor, de la credulidad a las obras. Si queremos hallar respuesta a tanta mediocridad, a tanta rutina, a tanta falta de compromiso cristiano, no necesitamos hacer encuestas ni encargar estudios socio-culturales-religiosos. Es suficiente mirarnos por dentro y ver el espacio que Cristo ocupa en nuestro corazón.

“Invito, dice el papa Francisco, a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay motivo para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría del Señor”. Siguiendo al Buen Pastor nuestro estilo de vida cristiano ha de caracterizarse por la entrega de la vida a los demás, superando nuestros egoísmos. “Necesitamos hombres que mantengan la mirada en Dios, aprendiendo allí la verdadera humanidad, pues sólo mediante hombres tocados por Dios, Dios puede volver a estar cerca de los hombres”, dice el Papa Benedicto XVI. Como hijos de la Iglesia sabemos que ésta tiene “consecuencias decisivas  para el desarrollo de la persona humana y para la configuración de la sociedad en la verdad, en el bien, y en la plenitud de la felicidad y de la vida, más acá y más allá de la muerte”. Son muchos los temores, incertidumbres y sufrimientos que agobian a la persona, a las familias y a la sociedad. Hemos de superar la desconfianza que asfixia la convivencia social y el engaño que tergiversa la verdad, para que como buenos samaritanos curemos las heridas de las personas que encontramos marginadas en nuestra sociedad.

A Virxe axúdanos a confiar en Deus e a ser responsables cos demais.  Exemplo a imitar por todos nos. No medio das circunstancias da vida que pode descubrirno-los nosos sentimentos de fracaso e impotencia, María síguenos a indicar: “Facede o que el vos diga”. Poño sobre o Altar a vosa ofrenda de gratitude e de súplica, Sra. Oferente, pedindo á nosa Nai que atenda a oración dos seus fillos necesitados. Amén.

 

 

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