Homilía de mons. Barrio en la celebración del Corpus Christi

¡Este es el misterio de nuestra fe! Siempre hemos de contemplar con asombro el don de la  presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

La Palabra de Dios nos ha recordado la alianza divina con el hombre en la historia de la salvación: Dios protegiendo al hombre, el hombre manifestando su obediencia a Dios: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos” (Ex 24,7). La alianza con Noé, Abrahán y Moisés son anuncios renovados de la alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres sellada con la sangre de Cristo, así “los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna” (Heb 9, 15).

El Señor nos invita a celebrar la Pascua con Él. “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Como entonces a sus discípulos, hoy nos encarga preparar la Eucaristía pero todo lo esencial es ofrecido por él, centro y contenido único de lo que se celebra: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed, esta es mi sangre derramada por vosotros”. ¡Haced esto en conmemoración mía! ¡Cómo no recordar la alegría de Zaqueo cuando hospedó a Jesús en su casa! Jesús le corresponde ofreciéndole el banquete de la libertad, del amor, de la felicidad. Queridos niños y niñas que hacéis la Primera Comunión: Jesús en la Eucaristía viene hoy a vuestro corazón. ¡Recordad  siempre este día y el gozo con que venís a recibirlo por primera vez! Participad con frecuencia en la Eucaristía y agradeced esta presencia real y verdadera de Jesús visitándole en el sagrario.

Sin vida eucarística no puede haber sino apariencias de vida cristiana. Compartir el pan de la Eucaristía nos compromete a configurar la sociedad cumpliendo la ley de Dios reflejada en la ley natural y en la recta razón, que muestra al hombre el camino a seguir para obrar el bien y alcanzar su fin. “La indiferencia religiosa, el olvido de Dios, la ligereza con que se cuestiona su existencia, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y destino trascendente del ser humano no dejan de tener influencia en el talante personal y en el comportamiento moral y social del individuo… Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre”[1]. “Nuestro compromiso mejora el mundo”.

“El sabernos criaturas amadas por Dios nos conduce a la caridad fraterna y, a su vez el  amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él. Pero quien le conoce de verdad inmediatamente lo reconoce en todos los pobres, en todos los más desfavorecidos, en los pordioseros de pan y de amor, en las periferias existenciales”[2]. Dios siempre nos llama desde las necesidades de los demás a las que hemos de responder desde Dios. Si no somos sensibles a esa llamada, no somos consecuentes con lo que hoy celebramos. La vida eucarística configura un estilo de vida que se manifiesta en la actitud de servicio, imitando a Jesús que lavó los pies a sus discípulos, se inclinó ante los heridos en el camino de la vida, escuchó y curó física y espiritualmente a los enfermos. Esta actitud conlleva vivir la comunión frente a la exclusión, asumir la integración frente a la marginación, y comprometerse solidariamente con los descartados de nuestra sociedad.

“Ditosos os convidados á cea do Señor”. “Recordamos a actuación de Xesús cando comía cos excluídos e impuros, cos pobres e pecadores. Recordamos a multiplicación dos pans e os peixes na que houbo pan para todos. Alí entendemos que o pobo da nova alianza é unha fraternidade sen exclusións, que na asemblea eucarística os últimos teñen os primeiros postos e que é o Señor quen nos constitúe nesa nova familia, na nova fraternidade na que ninguén queda excluído. As nosas comunidades, cando celebran a Eucaristía, teñen de tomar partido de que a Eucaristía impulsa a todo o que cree en Cristo a facerse pan partido para os demais e, polo tanto, a traballar por un mundo máis xusto e fraterno[3]”. Así se expresa isto no labor de Cáritas.

En torno a este altar que é hoxe corazón de toda a cidade, manifestamos a devoción eucarística. En Xesús Cristo faise crible a súa presenza real no medio da historia, vinculada á presenza na Eucaristía. A forza da historia encontrase sempre no home que ama e sirve. “Ao contemplar en adoración a Hostia consagrada, atopámonos coa grandeza do seu don; o Señor atráenos cara a si, penetrando no seu misterio, por medio do cal quere transformarnos, como transformou o pan e o viño no seu Corpo y no seu sangue”. “Na procesión eucarística seguímoslle a El mesmo. E pedímoslle: ¡guíanos polos camiños da nosa historia entre tantos interrogantes!”.¡Bendito e louvado sexa o santísimo Sacramento do Altar, sexa por sempre bendito e louvado! Amén.

 

[1] Conferencia Episcopal Española, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción Pastoral, Ávila 24 de abril de 2015, 12.

[2] Ibid.

[3] BIEITO XVI, Sacramentum caritatis, 88.

 

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