Homilía de mons. Barrio en la eucaristía de clausura del curso académico

El final de curso es buen momento para evaluar lo que estábamos llamados a realizar cuando lo iniciamos. Entonces se nos pedía escribir nuestra página. Ahora tal vez miramos la página que han escrito los demás, atreviéndonos a criticarla porque a nuestro parecer no lo han escrito bien. Muchas veces no alcanzamos a entender el porqué de los acontecimientos hasta que no los analizamos desde otra perspectiva antes desconocida. Esto sucede con el encarcelamiento de Pablo y Silas que no parecía que era el mejor modo de que el viaje emprendido de la evangelización consiguiera éxito, más bien parecía dar al traste con el proyecto. Pero se demuestra que los designios de Dios siguen adelante a pesar de las dificultades. Tampoco comprendemos que Jesús nos diga: “Os conviene que yo me vaya”. Este pasaje del Evangelio es de trascendental importancia. Jesús anuncia que, cumplida su etapa,  y tras la vuelta al Padre, llega la etapa del Espíritu que va a llevar a cabo su obra, va a ser su “relevo”, el que va a certificar su nueva presencia y a realizar su salvación a través de la Iglesia y en los cristianos. El Espíritu será alma y vida de cuantos sean de Cristo. Los unirá, los santificará, les ayudará a vivir profundamente la realidad del Evangelio. “Dejará convicto al mundo, denunciando su pecado” al convencer a las mentes rectas y a los corazones nobles de la degradación que el mundo encierra en su antagonismo contra el amor salvífico de Dios. “Le argüirá de pecado” sacando a plena luz la realidad permanente de la incredulidad en sus diferentes manifestaciones. “Le dejará convicto de condenación”. En este misterio de redención y de iniquidad ininterrumpidas entre los hombres será constante la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia como testigo Consolador y mantendrá a la misma Iglesia en su testimonio auténtico ante el mundo.

Es el misterio de Cristo frente al misterio de la iniquidad. Ambos inciden en la vida de las personas a su paso por la tierra. El misterio de Cristo sólo podremos vivirlo conscientemente bajo la acción sobrenatural e iluminadora del Espíritu Santo, defensor de su obra en el mundo. En lenguaje judicial el Espíritu va a dejar listo para sentencia el juicio de la historia entablado entre Cristo y el mundo. La primera vista acabó con la sentencia de muerte contra Cristo. Pero ahí comenzaba el juicio definitivo, el del Espíritu de Dios que dejaba al descubierto el pecado de quienes no habían creído en él, hacía justicia a Cristo que recibirá la gloria del Padre y dictaba condena contra la maldad del Príncipe de este mundo. El juicio del Espíritu contra el mundo hemos de ir aplicándolo día a día. Cada vez que vencemos el mal con el bien, el odio con el amor, la injusticia con la justicia, estamos haciendo que se cumpla la sentencia a favor de Cristo.

Nuestra vida necesita de una definición clara y de una postura sin componendas. Necesitamos el Espíritu de Cristo que trabaja en nosotros de continuo para pensar como Él piensa, sentir como Él siente, amar sincera y generosamente lo que Él ama. Superaremos el misterio de la iniquidad en la medida en que nos dejemos conducir por el Espíritu. “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación” (GE 31). Así lo deseo y pido.

 

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