Homilía de mons. Barrio en la Eucaristía de inicio del Capítulo Provincial de los Franciscanos de Santiago

También en nuestros días es muy importante ser portador de luz y comunicador de esperanza. Nuestra sociedad necesita la presencia del Cristo de la Pascua, caracterizada por la fidelidad cotidiana al plan de Dios, la radical entrega al Evangelio vivido con sencillez y alegría, la pobreza como conciencia serena de nuestra condición de servidores de Dios, la serena confianza, y la pronta disponibilidad. ¿No es un reflejo del mensaje de Francisco de Asís?

Decimos que los tiempos han cambiado. Pero no olvidemos que, siendo fieles a nuestra identidad y viviendo a fondo la novedad en el Espíritu del Señor, hemos de ir transfigurando la realidad y haciendo nuevos los tiempos conforme a la experiencia de Dios, que ha de ser el corazón de nuestra vida y de nuestro proyecto. A cada uno toca escribir una página en la historia de la salvación. Con frecuencia perdemos el tiempo en ver cómo la   escriben los otros o en juzgar cómo y por qué la escribieron mal, a nuestro parecer. “Lo esencial no es saber qué pasa en la historia sino discernir por donde pasa el Señor y qué quiere de nosotros”, escribía el cardenal Pironio. El reconocimiento de Dios como sumo Bien exige al hombre abandonar el espíritu de posesión y de dominio, y configurarse con el desprendimiento que es la base de la libertad de los hijos de Dios. La abdicación de toda pretensión de dominio y de conquista lleva a la armonía con todo y con todos. Sólo la pobreza es fuente de alegría y medio para hacer efectiva la caridad y la fraternidad. La gloria del Padre y el servicio a los hermanos han de marcar la realidad de nuestra vida en un Sí cotidiano a la voluntad de Dios y al desvivirnos por los demás, abrazando la cruz de cada día. Nuestra grandeza no se mide por nuestras obras sino por la permanente y oculta fidelidad a la misión encomendada.

La lección personal de Cristo y sus propios métodos fueron más diáfanos que sus palabras. Comienza a vaciarse de sí mismo, vive en el anonimato social del hijo del artesano, busca colaboradores en doce hombres que sólo entendían de redes y subastas de pescado y para realizar la redención universal escogió el fracaso escandaloso de la muerte en cruz. Nada de extraño que cuantos quieran colaborar coherentemente en el proyecto de Dios, siguiendo a Jesucristo, hayan de aceptar como primera condición de aptitud evangélica y testifical la plena negación de sí mismos. Las megalomanías ya sean íntimas o programáticas nunca son garantías de Dios. Más bien son frivolidades o soberbias naturalistas. La preocupación ha de ser reparar la única Iglesia posible, la de Jesucristo, edificada sobre el cimiento de los apóstoles. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor… Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. En todo caso nos da esperanza saber que siempre tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el Justo, “espejo del corazón paternal de Dios.

La existencia cristiana como experiencia pascual, es un grito de esperanza. Pero lo es de modo particular, la vida consagrada. En este contexto celebráis vuestro Capítulo que interesa no sólo a vosotros, sino también a la Iglesia y a la sociedad, y que ha de ser una nueva manifestación de Dios a los hombres y una página de esperanza, volviendo al hecho cristiano fundamental, identificándoos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es el modo más fascinante de vivir la propia humanidad como se refleja en el Cántico de las Criaturas. No se madura en la fe hasta que no sale de nuestro corazón el grito: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Ps 27). Hemos recibido del Señor todo porque nos ha hecho comprender qué significa amar.

Un Capítulo es siempre celebración pascual con todo lo que la Pascua tiene de cruz y gloria, de muerte y resurrección. Esto conlleva vivir una sincera actitud de búsqueda dolorosa de los caminos del Señor, sabiendo que nuestros esquemas nunca agotan la riqueza de la realidad de la vida. “Es evidente que sois carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne” (2Cor 3,3), atendiendo a la Palabra de Dios y acogiendo la fuerza del Espíritu Santo. Así vuestro capítulo será también un acontecimiento eclesial: mirando a Cristo y teniendo presente el mundo y la integración en la comunidad cristiana conforme a vuestro carisma. La profunda sencillez, continua oración y caridad fraterna han de ser la urdimbre del Capítulo que es siempre obra del amor de Dios. En el día a día nos sobran tensiones innecesarias y ambigüedades superficiales. La alegría y la sencillez de corazón son la clave de la celebración de este acontecimiento. Con la intercesión de San Francisco de Asís y con María, Abogada nuestra, os encomiendo de manera especial en estos días. “Resucitó Cristo, mi esperanza, alelluya”. Amén

 

 

Versión en galego