Homilía de mons. Barrio en la eucaristía de la Asamblea de Catequistas 2019

“No te hubiera yo encontrado si tú no me hubieras buscado primero”. Esta reflexión de san Agustín anima nuestra esperanza al saber que Dios está siempre pendiente de nosotros. Nos acompaña y se deja acompañar por nosotros, pues su delicia es estar con los hijos de los hombres. En este convencimiento tan clarificador entendemos el lema de esta Jornada de la Asamblea Diocesana de Catequistas: “Acompañantes en el camino de la fe”.

En la liturgia de hoy comenzamos el camino hacia la Pascua, plenitud del misterio de Cristo. ¿Qué primicias hemos de ofrecer al Señor? La ofrenda de las mismas aparece asociada a una antigua confesión de fe de Israel. Las primicias de los frutos de la tierra pertenecen a Dios y los dones que llevaban en la cesta no son más que la imagen  simbólica de la actitud interior de fe. El evangelio nos relata que “durante cuarenta días, el Espíritu fue llevando a Jesús por el desierto”. Fue un tiempo de ejercicio solitario de su relación con Dios Padre. Él que tomó sobre si nuestro pecado, quiso también conocer nuestras tentaciones con su engañoso poder de seducción. A Jesús que no había probado bocado durante cuarenta días, un pan al alcance de la mano debió parecerle apetecible; la posesión de este mundo que él debía llevar al Padre, deseable; y el milagro que se le propuso hacer, muy útil para afirmar su posición ante el pueblo. ¿Por qué elegir los senderos tan complicados de la humilde renuncia? La respuesta nos la da Jesús en la réplica al diablo. No es una fórmula aprendida de memoria, sino amarga y trabajosamente conseguida. Es una manifestación de fe existencial. No supedita lo divino al triunfo personal de lo humano entre los hombres. Como Cristo en sus cuarenta días por el desierto, contamos con la fuerza del Espíritu Santo y en la Eucaristía encontramos el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece la caridad. Con su fuerza podemos vencer las tentaciones y hacer nuestra profesión personal de fe. La palabra de fe que la Iglesia anuncia está cerca: en los labios y en el corazón del creyente, porque esa palabra es el mismo Cristo. Es una palabra que el creyente ha de pronunciar y nadie puede hacerlo por él. Esta afirmación implica estar dispuesto a sacar las consecuencias para la propia vida. La confesión de fe en el Señor, la entrega de sí que en ella se expresa, proporciona justicia y salvación.

La catequesis es un ministerio que comporta la oración y la renuncia, superando los criterios personales, los engreimientos humanos y la alergia comodona al misterio de la Cruz de Cristo. Mientras catequizáis, os hacéis testimonios de Cristo, con una fe que motiva, con una esperanza que orienta y con una caridad que realiza el sentido de la vida. Este es el mensaje que lleváis en vuestras alforjas, dejando también los denarios del Espíritu para la sanación, como buenos samaritanos. Seguid dando a conocer la vida y la historia de Jesús no sólo con palabras sino con vuestro estilo de vida.

Este encuentro llena de esperanza. El Espíritu actúa en nuestra Iglesia y la renueva en medio de una sociedad satisfecha de sí misma que se niega a ser inquietada por la pregunta sobre el sentido de la vida. Hablad sin complejos, sin miedos, dad sin medida lo que generosamente habéis recibido, y esperad a que el milagro se realice en el corazón de quien escucha.

Hay que gastar nuestro tiempo con los demás, sin prisas, con un diálogo sereno, estar cercanos al Maestro, escuchar su palabra y poner nuestra confianza en él. Con ello afirmamos que “no será una fórmula la que nos salve sino una Persona y la certeza que ella nos infunde”. Sois como iconos del rostro de Moisés y de Cristo, llenos de esperanza que viene no de nuestras propias fuerzas o nuestro carácter optimista, sino de la presencia continua del amor que nos acompaña: Sólo quienes han reconocido en Cristo al Maestro y Señor, tienen experiencia de primera mano y están capacitados para llamar a otros y recorrer el camino con ellos.

Muchas gracias por todo lo que estáis haciendo en nuestra Iglesia diocesana. La Virgen María es la maestra experta en el Evangelio. Asumid el compromiso del Apóstol Santiago con intrepidez evangélica, diciéndole al Señor: “Somos capaces de beber este cáliz”. Nuestra diócesis muestra una religiosidad popular como un espontáneo sentido de fe. Hay que volver al hecho cristiano fundamental, identificándonos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es el modo más fascinante de vivir la propia humanidad. El destino de la Iglesia no depende de nosotros. El fruto no está nunca en nuestras manos. No nos paremos ante lo que puede parecer un resultado fallido. Como escribe el papa Francisco, “en la boca del catequista  vuelve a resonar siempre el primer anuncio: Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte… Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas” (EG 164.167).

 

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