Homilía de mons. Barrio en la eucarístía del XXXIII Encuentro de Pastoral Universitaria

En el contexto en el que vivimos, no es fácil descubrir y desarrollar la propia vocación cristiana, que da auténtico sentido a nuestra existencia, sobre todo en un ámbito como es el de la universidad. El hombre encerrado en una supuesta autonomía necesita abrirse a Dios y a los demás, con una actitud de confianza serena e iluminado siempre con la luz de la Palabra de Dios. “Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis”. La vocación se explicita en el encuentro entre las personas y sus experiencias. En esta vivencia presentimos el rumor del Espíritu de Dios que nos impulsa a seguir buscando, porque es experiencia de descubrimiento de una realidad que brilla ante nuestros ojos como misterio siempre nuevo. Es la pastoral del encuentro. No podemos tratar de ayudar a los demás a distancia, ni tampoco encerrados en nuestros prejuicios. Nosotros tenemos que tratar de vivir esa pastoral del encuentro. Cuanto más nos acercamos a las personas, cuanto más las conocemos, en ellas Jesús siempre nos dice algo. Es importante ser sensibles a esta realidad. “Así como el caminante que para ir a nuevas tierras no sabidas va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que camina no guiado por lo que sabía antes, sino en duda y por el dicho de otros”. Estas son palabras de san Juan de la Cruz. No podemos acercarnos a los demás desde aquello que pretendidamente queremos saber de una manera definitiva. En el Evangelio se percibe que Jesús, Señor del cosmos y de la historia, habla por encima del tiempo, más allá del tiempo, como fuera del orden del tiempo. Apelando a la sencillez de la obra redentora ya presente entre los fariseos, a pesar de su ceguera frente a la propia persona del Redentor, Jesús les dice: El Reino de Dios está dentro de vosotros llamándoles a la conversión del corazón y al mismo nacimiento de lo alto.

Queridos hermanos y hermanas, el cristianismo es proyección de fe y de esperanza, lo que da una peculiar tensión de Adviento a toda la existencia cristiana hasta ver a Cristo hecho imagen viviente en nosotros y poder decir como Pablo que para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Esto es lo que da temple al discípulo que no renuncia a su vocación de eternidad y a su responsabilidad de santidad. No podemos ser discípulos del Señor si renunciamos a la vocación de eternidad y a la responsabilidad de santidad. Este convencimiento nos llevará a recobrar a los demás, no como esclavos, sino como hermanos queridos, al decir del apóstol Pablo.

En esta perspectiva, estáis llamados a llenar el vacío ético y moral en el ámbito de la pastoral universitaria, ayudando a superar la cultura del relativismo según la cual cada individuo convierte su experiencia en criterio de verdad, de justicia y de bien, desembocando en la falta de solidaridad. Sólo en Dios encuentran respuesta plena las más íntimas aspiraciones humanas. “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí”, decía san Agustín. Cuanto la búsqueda de la verdad parece una tarea inútil, hemos de anunciar a Cristo que descubre el hombre al propio hombre y sus anhelos de Dios en su corazón.

No es aceptable una cultura en libertad sin verdad. Y hoy podríamos decir que está muy de moda esta realidad. Aceptar una cultura de la libertad sin verdad. La pastoral universitaria ha de convertirse en un ámbito que posibilite la capacidad de escuchar y de hablar, suscitando una auténtica comunicación. Vivimos momentos de grandes transformaciones, pero a mí modo de ver, esperanzadores. No siempre está presente en nuestra cultura la impronta humanista, descuidando toda cuestión relativa al significado último de la realidad. Las estructuras sociales, políticas y económicas revisten gran importancia, pero no hay que olvidar los aspectos humanistas y espirituales. Y este mensaje debe estar muy presente en la pastoral universitaria. Estáis llamados a realizar la pastoral de la inteligencia, que ha de llevar a la formación de nuevas generaciones en el debate sobre las grandes cuestiones antropológicas. ¿No pensáis que se nos está deshilachando la antropología en general y de manera especial la católica? La relación entre fe y razón va más allá de los respectivos confines para profundizar en la nueva situación del hombre contemporáneo, que se presenta en un horizonte rico de perspectivas positivas, pero también ofuscado de prejuicios culturales e ideológicos que hacen tortuoso e incierto el futuro.
Donde está en juego el destino del hombre la Iglesia debe estar presente y operante, no por sí misma, sino por obediencia al Maestro, único redentor del hombre. Queridos hermanos y hermanas, os invito a ser transmisores de saberes y dispensadores de lo sagrado, reconociendo la propia pobreza y la necesidad de salvación y desechando toda presunción y confianza en las propias fuerzas. Considero que el aprendizaje de la fe y el aprendizaje del estudio son como un éxodo hacia una meta que se pretende alcanzar, que exige la apuesta por la verdad y por la capacidad de interpretarla, encontrarla y vivirla.

En este día en que celebramos a san Alberto Magno, quiero recordaros que él decía que había tres clases de personas. Unas son como los vasos, que reciben y no dan nada. Otra clase de personas son como los canales, por los que pasa el agua, pero siguen sin impregnarse por esa agua. Y decía san Alberto que hay otra clase de personas, que son las personas fuente, aquellas que manan, retienen y dan. La Persona fuente por excelencia es Cristo, y a Él tenemos que imitar.

Esta fe, que los peregrinos confiesan aquí en Santiago, sigue viva gracias al coraje de los testigos y de los apóstoles. Desde vuestras delegaciones de pastoral universitaria sed testigos de esperanza para los demás y sed apóstoles enviados por el Espíritu. No olvidéis que Dios nos ayuda y también el Apóstol Santiago.

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