Homilía de mons. Barrio en la eucaristía en honor de San Rosendo en el Seminario Menor Compostelano

“Dios es admirable en sus santos”. Alabamos la grandeza y la gloria de Dios que nos ha llamado en Cristo a los bienes de la salvación y proclamamos con gozo a San Rosendo, recordando que Dios Padre en Cristo por la acción santificadora del Espíritu descubre cada día su amor incondicional por toda criatura humana llamada a la conversión.

La fiesta de San Rosendo ha de ser para nosotros ocasión providencial de renovación espiritual, acogiendo la bondad de Dios sobre nosotros. Por eso decimos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e  inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,3-5). Es el plan que Dios tiene para sus criaturas cuando en ellas encuentra disponibilidad, generosidad y valentía.

Así lo vemos reflejado en esta figura insigne de la Iglesia que peregrina en Galicia y que fue el Obispo San Rosendo, administrador de los bienes de Dios, servidor de la Iglesia y hombre puesto al servicio de los hombres que trabajó por la renovación espiritual de la sociedad. Hijo insigne de Galicia y honra de España, monje por vocación y obispo por obediencia, admirado por su saber y amado por su bondad, con una actividad incansable y con un incuestionable prestigio, reconstruyó monasterios e iglesias, trabajó por la paz, fomentó las obras de misericordia, reavivando la vida cristiana. En él se refleja la figura del Buen Pastor que busca la oveja perdida y siente compasión por las que andan sin pastor.

Es un  santo cuya protección y devoción están en la memoria espiritual de la Galicia cristiana porque interpretó desde la fe la situación que le tocó vivir en su peregrinar a la santidad. En medio de las cambios históricos buscó nuevos caminos para evangelizar, posibilitando un diálogo entre fe y cultura, entre la oración y el trabajo, actitud que es siempre ese esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y en particular de la persona humana, y que es un modo de expresar la dimensión trascendente de la visión cristiana, sin ceder a exigencias acomodaticias. Una vida en santidad se proyecta siempre a la eternidad. Por eso no podemos   contentarnos con una religiosidad superficial, viviendo en la mediocridad.

El testimonio de fe de San Rosendo en el seguimiento de Cristo, principio y fin, clave y centro de toda la historia humana, nos lleva a preguntarnos ¿quiénes somos? y ¿quién es Dios?, a ser sensibles a nuestra tradición cristiana y a contemplar a Cristo que fortalece y renueva nuestra esperanza en la dedicación cotidiana a nuestras tareas superando la angustia, la indiferencia y el desencanto que nos dificultan el ejercicio de la caridad.

En nuestra vida todo es gracia. Es la primacía de la gracia como principio esencial de la comprensión cristiana de la existencia. Cristo nos ha enseñado el camino para llegar desde nuestra experiencia humana y desde nuestro mundo de pecado a la experiencia profundamente religiosa y al mundo vivificante de la gracia. El creyente ha de ser “fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios”. San Rosendo, animador e custodio de la fe nos recuerda la evangelización de san Martín de Dumio y de san Fructuoso. Los santos siempre ofrecen certezas que nos ayudan a caminar. Hagamos nuestra la herencia de San Rosendo. Crezcamos en la fe y en el impulso misionero y situemos toda nuestra vida en la perspectiva de la santidad. Proclamemos nuestra fe, celebrémosla e vivámosla. Amén.

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