Homilía de mons. Barrio en la Eucaristía en la que recibieron el Rito de Admisión los seminaristas Carlos Camiño y Javier Carballo

Queridos Vicario General, Rector y Formadores del Seminario Mayor, Sacerdotes, candidatos al Rito de Admisión, miembros de vida consagrada, seminaristas, familiares y amigos de los candidatos, hermanos y hermanas en el Señor.

El primer sentimiento que surge en nosotros en esta celebración, es la acción de gracias al Señor porque su amor se manifiesta en la decisión generosa de estos hermanos nuestros que ofrecen su disponibilidad para recibir en un futuro próximo el sacramento del orden. Mi felicitación cordial a vosotros y a los que os han acompañado y están acompañando en el seguimiento de vuestro itinerario vocacional. Y al aceptar vuestra disponibilidad, lo hago en nombre de la Iglesia -es la Iglesia la que os llama y os acepta-. Es un signo de la providencia de Dios para con su Iglesia la decisión generosa de estos candidatos que han acogido la llamada al ministerio  sacerdotal, para estar con el Señor y ser enviados a predicar.

La Iglesia en la liturgia de hoy nos propone a María como el ejemplo modélico del adviento, de la espera del Salvador, a punto de convertir en realidad las profecías y promesas de Dios desde los tiempos más remotos. “El Señor os dará una señal: la Virgen esta encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Dios con nosotros”. El contexto nos ofrece otra aplicación. Acaz en el asedio del pueblo confiaba más en una posible alianza con Asiria que en una señal del cielo. También a Israel le sucedió lo mismo por eso no encontraron al salvador. Y ¿cuál es la actitud nuestra?

La promesa de Dios se cumple en María: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Este el misterio a contemplar, a rememorar. Más que un suceso es un contenido de fe. María se nos presenta como modelo de escucha, apertura, discernimiento, disponibilidad, aceptación y entrega al plan de Dios con su si consciente, responsable y generoso. Es el modo de responder a la vocación cristiana. Nadie como María sabrá introducirnos en la dimensión divina y humana de este misterio. Viviendo este misterio, María comenzó a estar en comunión viviente con Cristo. Fue primero su sagrario viviente, su custodia consciente en forma de Madre. Toda la grandeza de María estuvo en haber sido predestinada para la realización del misterio del Dios con nosotros. Para ser auténtica nuestra donación personal hemos de superar nuestras tacañerías, nuestras actitudes egocéntricas y piadosamente interesadas que esterilizan la acción santificadora de Dios en nosotros y en nuestro testimonio de apóstoles.

El auténtico Adviento sólo es salvífico en la medida en que lleva al hombre al encuentro personal y a la experiencia responsable de Cristo Redentor. No se adhiere uno a Cristo por una ideología sino por una experiencia. La fidelidad a Él no se reduce a la aceptación de un modelo de actitudes éticas o morales reveladas y garantizadas por la integridad de su conducta modélica.

En la auténtica identidad cristiana emerge siempre un fondo sincero de disponibilidad incondicionada ante el designio divino. No deberíamos sólo resignarnos humildemente a la Voluntad divina, como mínimo de fidelidad en cada instante de nuestra vida; tampoco es suficiente conformarnos sinceramente con esa Voluntad amorosa; hemos de querer realmente y desear sinceramente lo que la Voluntad providente quiera de nosotros y amar amorosamente la misma Voluntad del Padre a estilo de Jesús. Esto nos da ánimo para podernos encontrar a gusto con nosotros mismos, conscientes de que nuestra persona es lo mejor que tenemos, aceptándonos a nosotros mismos para saber aceptar a los demás. Amar en serio lo que somos, nos hace capaces de convertir lo que somos en una maravilla, viviendo, amando y aprendiendo. Dejémonos encontrar por Dios, dejémonos querer por El y bendigámosle desde nuestra gratitud.

 

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