Homilía de mons. Barrio en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario

Con renovada esperanza y filial afecto veneramos a la Patrona de la Ciudad, la Virgen del Rosario. Hacemos esta mañana una confesión de gratitud al Señor, sabiendo que si es mucho lo que tenemos que pedirle no son menos los motivos para darle gracias; una confesión de vida, dándonos cuenta de que hay realidades en nuestras vidas que no debieran tener lugar como es el pecado y sus consecuencias; y también una confesión de fe proclamando que Jesucristo es nuestro Maestro y afirmando nuestra relación con Dios Creador y Redentor nuestro, como signo de nuestra identidad cristiana.

Las lecturas proclamadas traen a nuestra    reflexión la realidad del matrimonio cristiano y de la familia que se fundamenta en él. ¡Quien no habla hoy del matrimonio y de la familia! “Los políticos en orden a una revisión legislativa, los sociólogos para relativizar esta realidad; los juristas tratando de buscar el nuevo derecho de la familia; también la Iglesia refiriéndose a Cristo que nos dice que Dios al comienzo de la creación creó el hombre y la mujer para dar vida a la unión conyugal: “No es bueno que el hombre esté solo”.

El matrimonio no es sólo una institución natural, es también religiosa. Desde el inicio está marcada por la mano del Dios de Vida y tiene como meta comunicar vida. El evangelio clarifica la realidad del matrimonio según el orden original de la creación de Dios que está inscrito en la naturaleza humana. El hombre y la mujer, iguales en dignidad y derechos,  se convierten en una sola carne corporalmente en el matrimonio. “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se  unirá a su mujer  y serán los dos una sola carne”, asumiendo la fecundidad y la indisolubilidad. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. La fidelidad es la respuesta para mantener la estabilidad como institución, tan esencial para la formación de los hijos. Algunos matrimonios han perdido el espíritu de sacrificio para afrontar los roces de la convivencia y las crisis de la vida como la desilusión, el silencio que lleva a una especie de letargo, y la indiferencia. Viven en un divorcio práctico. Cuando entre el marido y la mujer no hay deseo de perdonarse y de reconciliarse, cuando se establece la indiferencia comienza el divorcio no de los papeles sino del corazón. Son padres que riñen, se coaccionan y hacen del hogar un infierno con las consecuencias de mujeres condenadas a la soledad e de hijos psicológicamente destruidos. Hoy llamo con humildad a la puerta de los matrimonios para pedirles que no den lugar a las incomprensiones y a los distanciamientos, que hablen y se comuniquen las propias dificultades y las propias tentaciones, y que continúen viendo al hombre y a la mujer de la propia juventud. El episodio de la bendición de los niños al final del evangelio de hoy es aquí expresamente el modelo de todo hombre que acepta el reino de Dios y por tanto de los cónyuges cristianos que no deben asumir frente al esposo o la esposa la actitud superior del adulto. Permanecer juntos como niños ante Dios hace posible una comprensión y benevolencia mutuas, con las que se superan las inevitables tensiones de la existencia. “La verdad más profunda sobre el ser  humano es que Dios en su amor, nos ha creado milagrosamente y que luego, al alejarnos de él, no nos ha dado por perdidos”[1]. En Cristo que nos ha santificado por su muerte y resurrección, radica nuestra fraternidad como hijos de Dios. “El cristianismo aparece como la más perfecta encarnación de los elementos que componen la religión y que por ello se dan en todas las religiones pero sin alcanzar la riqueza, la variedad, la armonía y la perfección que de ellos ofrece la síntesis cristiana”.

Más allá de los aspectos doctrinales expuestos, no puede pasarnos desapercibido el  agradecimiento. Lo que somos en buena parte se lo debemos a la familia. Por eso no es fácil entender que socialmente se la maltrate. “Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen”, escribía Cherteston. No imaginan la grandeza de lo que atacan y del daño que hacen. La familia no es perfecta nos acaba de decir el Papa, pero logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas. Tenemos la experiencia de que el Estado siempre será demasiado grande, indirecto e inseguro para educar a sus ciudadanos.

Recemos el rosario, mirando a María, reina de la familia, y sabiendo que donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y sumisión que impiden una auténtica promoción humana integral que conlleva respetar la vida, preocuparse de los necesitados y de quienes son víctimas de cualquier tipo de violencia. No olvidemos que el encuentro y la acogida del otro se entrecruzan con el encuentro y la acogida de Dios. Confiemos en María, expresándole nuestro amor filial y pidiéndole que nos socorra para evitar todo aquello que como el egoísmo y la actitud de no perdonar,  nos aleja de Dios y de los demás. María sigue siendo contemporánea nuestra. Recemos por el Papa y por el Sínodo que se está celebrando. Acojo su ofrenda, Sra. Oferente, para ponerla en el altar diciendo: “Nuestra Sra. del Rosario, ruega por nosotros”. Amén

[1] W. KASPER, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Santander 2013, 157.

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