Homilía de mons. Barrio en la Solemnidad de Pentecostés

¡”Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”. Esta es nuestra súplica. Como entonces en Jerusalén también nuestras calles de Compostela están transitadas por personas de distintas naciones, diversas culturas y diferentes lenguas. Pentecostés nos habla de unidad en un mismo sentir y en una misión común, y de diversidad que enriquece y fortalece la comunidad cristiana. La diversidad no es un obstáculo para la unidad sino un factor constructivo. “Derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Jl 3,1). Comenzaba así la misión de la Iglesia hasta los confines de la tierra para anunciar a todos los pueblos la salvación de Dios. Esta misión la asumió el apóstol Santiago el Mayor.

El Espíritu Santo que vino como Viento y Fuego, como aliento y fortaleza, como apertura y lengua universal, hizo que los miembros de la comunidad cristiana, no sólo los apóstoles pasasen de la tristeza a la alegría, del estar encerrados por miedo a salir a la calle para llevar la paz de Cristo a todas las gentes. A diferencia de lo que sucedió en la torre de Babel, cuando los hombres querían rivalizar con Dios y buscar su propia gloria, destruyendo su misma capacidad de entenderse, la presencia del Espíritu Santo une y fortalece la comunión para proclamar que “Jesús es el Señor” que conforma nuestra vida en la comunión y en la unidad, mientras que la soberbia y el egoísmo del hombre crean divisiones y levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia.

“A cada uno se nos da una manifestación del Espíritu para el bien común” (1Cor 12,7).  Esto enriquece a la comunidad, por eso todos somos necesarios y no sobra nadie. “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación” (GE 31). El Espíritu Santo guía hacia la verdad plena, y esta verdad es que Dios es amor y que ha amado tanto al mundo hasta el extremo de entregarnos a su propio Hijo. Dejarnos guiar por el Espíritu, dice san Pablo, conlleva renunciar a una vida de espaldas a Dios que destruye la dignidad del hombre. Quien se deja llevar por el Espíritu difunde amor, alegría, paz y bondad, e irradia actitud de servicio y dominio de sí, crucificando sus pasiones y deseos.  “La paz os dejo, mi paz os doy… Que no se tuve vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros”. Los discípulos son constituidos mediadores del amor misericordioso de Dios.

La venida del Espíritu Santo delata la pasividad indiferente, las engañosas seguridades, la actitud de suficiencia. El Espíritu Santo nos da la fuerza para vencer los miedos paralizantes, y hacernos audaces mensajeros de la Buena Noticia. En el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar convoco a los laicos a revitalizar la fe, y a vivirla coherentemente en la vida personal y en el entorno familiar, profesional y cívico, manifestando la alegría de la fe en Cristo resucitado, a través del testimonio de la caridad. “Los laicos están llamados a ser Iglesia en el mundo porque su apostolado tiene su origen en el bautismo. Por el sacramento del bautismo, cada fiel laico se convierte en discípulo misionero de Cristo, en sal de la tierra y luz del mundo. Ser discípulos misioneros significa poner al Señor en el centro de la propia existencia. El discípulo se nutre de la Palabra y los sacramentos, especialmente de la eucaristía”[1]. ¡Acojamos el don del Espíritu Santo que tiene una larga biografía en la historia de nuestra salvación! ¡Tratemos de conocerla! ¡Pidamos al Señor que nos conceda un corazón nuevo, para que seamos capaces de dejarnos amar por Dios, de amar a Dios y de amar a los demás! Que “el Espíritu Santo restablezca la fe con su noticia y el amor ponga en vela la esperanza, hasta que el Señor vuelva”. Amén.

[1] CEAS, Discípulos misioneros de Cristo, Iglesia en el mundo. Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2018, 4-5.

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