Homilía de mons. Barrio en la solemnidad de San José

Hoy hacemos memoria de los cuarenta años de la primera piedra de este templo en el que los miembros de esta comunidad parroquial estáis llamados a ser piedras vivas. Encomendamos al patriarca san José a nuestros seminaristas y a los jóvenes que pueden sentirse llamados al ministerio sacerdotal. Y contemplamos de manera especial la figura de san José.

La Iglesia al proponernos en algunas de sus fiestas las figuras de los santos, no busca en primer lugar un fin celebrativo: ¿de qué les serviría a los santos un elogio fúnebre? Trata de conseguir un fin educativo y pastoral. Pone ante nuestra consideración encarnaciones concretas del Evangelio, es decir un valor religioso vivido ejemplarmente en un estado y en una situación particular de la vida. Al referirnos a san José vemos que quizás nunca ha hecho Dios un acto de confianza mayor en un hombre como nosotros: Dios confía a José al Verbo Encarnado y a su Madre, la Madre de Dios. “Es el hombre de fe más profunda y viva, el hombre de la plena confianza en la Providencia de Dios. Las llagas de san José son la fe y el amor. Es el santo de la familia, el santo de la fe y de la fidelidad, el santo del amor sacrificado y ofrecido, el santo de la escucha obediente a la palabra de Dios, el santo de la ternura  paternal inimitable, el santo de la dulzura conyugal explicitada en la atención familiar, la comprensión profunda, y el amor. Es el santo de la muerte serena, entregado a la voluntad de Dios”. Sin embargo no le tenemos presente en nuestra vida como sería deber.

El valor evangélico encarnado por san José  es el de la paternidad: es decir, lo que es necesario para ser padre según Dios. En este día en las familias se celebra el día del padre y parece oportuno hacerlo mirando a san José. La primera lectura nos ha hablado de la paternidad en la figura de Abraham, padre en la fe de muchos pueblos. También esta percepción nos ayuda a entender el sentido profundo de la paternidad. En el evangelio se habla de otro Padre, al único al que Jesús llama Padre mío. No se puede hablar de la figura humana del padre sin tener en cuenta que Dios ha escogido este título para revelarse a los hombres: en él ha incluido las prerrogativas  de su bondad y ha manifestado su  relación más intensa con el hombre. San Pablo escribe que “toda paternidad en el cielo y sobre la tierra, deriva y toma nombre de Dios”. En dos aspectos nos ha enseñado Jesús a reconocer la paternidad de Dios: Dios es padre porque se ocupa de nosotros y sabe de lo que tenemos necesidad. Recordemos estos pasajes del evangelio: “no os preocupéis del mañana… Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas  a vuestros hijos, cuanto más el Padre vuestro que está en los cielos, dará cosas buenas a aquellos que le piden”.

San José encarnó este aspecto de la paternidad. Su solicitud desinteresada por la esposa y por el hijo llena las primeras páginas del evangelio a través de sus actuaciones pero no de sus palabras. ¿Qué significa para un padre cristiano ser solícito y preocuparse por los hijos? “Significa trabajar, ser prudente, mirar a lo que es verdaderamente útil a la familia, no a los propios gustos y caprichos. Significa afrontar el trabajo sin hacer sentir nunca a los de casa que son personas que comen a sus espaldas, y preocuparse de todo lo que pueda favorecer la salud física, mental y espiritual de los miembros de la familia”.

El otro aspecto que Jesús subraya en Dios Padre es la bondad, es decir la dulzura, la ternura, la longanimidad. “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial”. La actitud que Jesús atribuye al Padre del hijo pródigo es la bondad y la magnanimidad. Pensemos en la delicadeza de José con María cuando se reveló el misterio de su maternidad. Los padres deben pensar que su función principal es ser imagen de una bondad fuerte y de una fortaleza buena. No se trata de contentar a los hijos dándoles dinero. Si no se ejercita la autoridad debidamente los hijos crecerán llenos de inseguridad y complejos. La cosa más hermosa es que el padre y la madre demuestren quererse bien. Tantas huidas de los hijos a la droga o al mundo de la delincuencia comienzan porque no perciben esta realidad.

El amor entre José y María se refleja en la preocupación por Jesús: “Tu padre y yo, angustiados, te buscábamos”. La angustia del padre precede a la de la madre. A veces las cosas quieren arreglarse con voluntarismo o con paternalismo. Los padres han de tener la paciencia necesaria para esperar a ver crecer a los hijos. No es un compromiso fácil ser padre de familia. Por eso hoy de manera especial encomendamos a los padres al patrocinio de san José. Amén

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