Homilía de mons. Barrio en las ordenaciones

Mi saludo y felicitación cordial a vosotros, queridos ordenandos Héctor Manuel y Carlos, a vuestras familias y a vuestros amigos y conocidos. Mi gratitud al Sr. Rector, Formadores, Profesores, Sacerdotes, Miembros de Vida Consagrada y Laicos que os han acompañado con el testimonio de su fe, con la ciencia de sus conocimientos y con la bondad de su virtud.

Esta tarde, reunidos en oración, recibirán el diaconado estos hermanos nuestros que han sido llamados y elegidos para ser enviados a predicar. A los que envía, Jesús da unas orientaciones que evocan el espíritu de las Bienaventuranzas, indicándoles que han de realizar la misión con humildad, espíritu de pobreza, actitud pacífica, aceptación de las persecuciones. Quiere que sus enviados sean pobres, de vida sobria, siempre disponibles para la tarea fundamental que es anunciar su Reino. Han de llevar lo esencial donde no están previstas las tarjetas de crédito. Se les llama a anunciar la paz, aspiración profunda del hombre, y a proclamar:   “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. “Gracia” y “paz” van juntas. La “gracia” es el amor gratuito de Dios, que se nos ha dado por medio de Jesucristo y nos trae la “paz” con Dios, con nosotros mismos y con todos los hombres. Jesús les advierte que en algunas partes serán bien recibidos: les escucharán con agrado, abrirán el corazón al mensaje, les hospedarán en sus casas, les apoyarán y animarán. Pero también encontrarán dificultades. Habrá días que sentirán el desaliento, el cansancio, el hastío, la crítica. Jesús les marcará con sus estigmas, como hizo con Pablo de Tarso y no les promete que les vaya a resultar fácil el testimonio de vida cristiana. Es también un mensaje actual para nosotros.

Pero así dice el Señor: “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo”. La Iglesia es la madre que nos alimenta y no tiene otro consuelo para sus hijos que el que le ha sido dado por Dios: en la cruz de Jesús el amor de Dios se ha convertido en algo tangible para el mundo; que sólo a partir de ella puede hacerse derivar hacia la Iglesia  y a través de ella al mundo, la paz como un torrente en crecida. La cruz es el signo de nuestro seguimiento estricto, conscientes de la distancia que nos separa del Señor. Se nos envía como corderos en medio en medio de lobos. Jesús puede decir esto porque él mismo estaba viviendo esta experiencia. Vino completamente indefenso a los hombres. Su única arma fue su misión. A los que tienen que anunciar su mensaje les dice que no deben alegrarse por el éxito o entristecerse por el fracaso; el éxito no está incluido en la misión; el verdadero éxito se encuentra únicamente en el Señor que envía. Esta certeza debe bastarles a los enviados como consuelo.

Queridos candidatos al Diaconado, el ministerio diaconal ha de configurar vuestro estilo de vida imitando a Cristo, el siervo humilde y paciente que toma sobre si mismo el pecado y la miseria humana, y que vino a servir. Vuestra misión es proclamar la Palabra de Dios y ser ministros de la caridad y de la misericordia, viviendo la castidad en el celibato, valor inestimable para la adecuada relación pastoral con los fieles, que debe basarse en la responsabilidad del ministerio. El Señor os confiere una misión acompañada de su gracia para realizarla, os compromete a ayudar a los demás, pues muchos sufren agobios más duros que los vuestros. Dedicad tiempo a quienes están en las periferias de la existencia. Y no pongáis en las espaldas de los otros vuestros sacos de disgustos, rebeldías y enfados. Cargad con las penas y dolores de los demás. El secularismo está marginando a Dios y reduciendo el espacio de lo sagrado. Se difunde la duda sistemática y la sospecha de todo lo que se refiere a la fe y a la religión.

Neste contexto, a vosa vida e o ministerio que ides recibir adquiren importancia decisiva e urxente actualidade. Non esquezades que o verdadeiro campo de batalla da Igrexa é a paisaxe secreta do espírito do home. Sede crentes con paixón e xenerosos en bondade para poder anunciar a misericordia do Señor. Esta conciencia axudaravos a descubrir que a graza recibida é “unha superabundancia de misericordia”, pois Cristo chámanos aínda sabendo que somos pecadores. Isto fascina e estremece á vez. “Non vos axustedes ó mundo presente”, escribe Paulo (Rm 12,2). Sede a voz de quen non ten voz: os pequenos, os pobres, os anciáns, os oprimidos, marxinados. Os ideais son altos, o camiño difícil, as incomprensións son moitas, pero o podemos todo grazas a Quen nos fai fortes (cfr. Flp 4,13).

Queridos laicos e membros de vida consagrada, “sabede agradecer a Deus, e sobre todo estade próximos aos sacerdotes e diáconos coa oración e co apoio, especialmente nas dificultades”. Co patrocinio do apóstolo Santiago e a intercesión de Nosa Nai María, encoméndovos a vós e ao voso ministerio, pedindo que o Señor vos axude a servir á Igrexa que traballa no mundo para a salvación da humanidade. Amén.

 

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