Homilía de mons. Barrio en Nochebuena

Froheliche Weihnacten

Merry Christmas

Joyeux Noël

Auguri per un Santo Natale

Bo Nadal

“Un sosegado silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos” (Sb 18,14). En esta Noche Santa sentimos hondamente la misericordia y el amor de Dios al contemplar al Niño Dios con los ojos de nuestro corazón en el silencio de la noche. Adoramos la Palabra hecha carne. Sólo la adoración es la puerta para entrar en este misterio de la mano de María que “dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada” (cf. Lc 2,6s).

“Despiértate, escribe san Agustín: Dios se ha hecho hombre por ti. Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación para que fuésemos hombres que ama el Señor”. “Puso su tienda entre nosotros” y se hizo   uno como nosotros, excepto en el pecado. Contemplamos la ternura, la pequeñez y la dependencia del Niño Dios, el silencio roto por los sollozos, la riqueza hecha pobreza. De la pequeñez brota la fuerza, del silencio la Palabra, de la esperanza la vida. Con el Niño Dios todo se trastoca: los pobres son bienaventurados, los leprosos son curados, los ciegos ven, la vida brota en lo inesperado. “Sólo lo divino puede “salvar” al hombre, es decir, las dimensiones verdaderas y esenciales de la figura humana y de su destino”.

La humanidad esperaba anhelante este acontecimiento. Pero en la posada no hubo sitio para el Niño Dios. ¡Qué contradicción! El hombre siempre espera a Dios, pero llegado el momento no tiene sitio para él: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Entonces fue la ciudad de Belén, pero es también la humanidad, somos nosotros. Cuantas veces Dios llama a las puertas de nuestro corazón en las personas necesitadas de nuestra palabra, de nuestro afecto, de nuestra ayuda. Pero no hay respuesta.

Esta noche percibimos también la oscuridad de una sociedad cerrada en si misma, de las personas angustiadas en su propia posada donde no hay sitio para Dios. Es verdad que el amor de Dios por el hombre es tan grande que está dispuesto a entrar por el establo de la posada. “Su mensaje y su luz nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera” (Benedicto XVI). ¡No tengamos miedo a que el Niño Dios nos vea! El ha venido a restaurar a la humanidad conforme a los designios de Dios. Con su venida todo recupera su belleza y su dignidad, el cielo y la tierra se tocan y Dios comparte nuestra condición humana. Nadie está excluido de esta felicidad. Permitamos que la ternura del Niño Dios nos toque el corazón y ablande las durezas que nos hacen insensibles a Dios y distraídos ante las necesidades de los demás.  Hagamos un lugar a Dios en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra convivencia social. Proclamemos el amor de Dios en cada gesto de nuestra vida.

Nos felicitamos todos porque “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la vida sin fe y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y santa”. Así la alegría de Dios nos inundará y nuestra agitación se apaciguará. Llevemos la luz del Portal de Belén a todos los hogares. “No apaguemos la llama ardiente de esta paz encendida por Cristo” (François Mauriac).  Que la misericordia que Dios nos ha manifestado en su Hijo, la vivamos con nuestros hermanos. Este es mi deseo y mi súplica. ¡Feliz Navidad a todos! Amén.

 

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