Homilía de monseñor Barrio con motivo del Jubileo de los Universitarios en la Fiesta de Santo Tomás

El Jubileo que estamos celebrando, es momento de renovación espiritual. Habéis cruzado la Puerta de la Misericordia de nuestra Catedral. Es un signo con el que manifestáis vuestro deseo de acoger la misericordia de Dios en vuestras vidas para ser misericordiosos como el Padre celestial, sabiendo que la misericordia ha de tener una expresión tangible y visible, y dándonos cuenta de que nuestras miserias son el trono sobre las que se asienta la misericordia de Dios, decía san Juan XXIII.

El gran río de la misericordia no se agota porque encuentra siempre personas que dan concreto testimonio de ella con quien pasa hambre y sed, está desnudo o es extranjero, enfermo o en la cárcel, con quien está a merced de la duda o en la aflicción y necesita ayuda para no caer en la angustia. Perdonar y ofrecer gestos de bondad, paciencia y cercanía, es nuestro testimonio cristiano. Dice el papa Francisco: “¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! […] En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención […] Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio […] Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”[1].

Este atardecer ofrecemos el sacrificio único de Cristo, sabiendo que Dios no habita en la soledad de los palacios sino en compañía de los hombres que creen y aman: estos son sus templos y sus iglesias y nunca conocerán la ruina. El está en los surcos humanos. La parábola del sembrador revela con sencillez el misterio de la acción de la gracia divina en nosotros con nuestras posibles frustraciones y fracasos. La lección es bien sencilla por lo que a la acción de Dios, sembrador de luz, de gracia, de bien y de dones sobrenaturales y gratuitos se refiere. Que parte de la semilla se malogre por la esterilidad o mala disposición de ciertas tierras, es también una realidad aunque esto no impide la generosidad inagotable del Dios sembrador. Agradecemos la luz y la siembra de gracia que el Señor ha dejado en nosotros.

Los santos han percibido certeramente este mensaje y lo han vivido.

Hoy miramos a Santo Tomás de Aquino, hombre de ciencia y de piedad, maestro de pensamiento y gran teólogo. El estudio y la oración, la enseñanza y la predicación conforman su vida. No se ausentó del momento que le tocó vivir sino que lo contempló con ojos de misericordia. Fue un hombre apasionado de Dios y quiso expresarlo en su palabra y sentimiento. “Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?”, le dirá el Señor. “¡Nada más que tú, Señor!” le responderá Tomás. Y esta debería ser también nuestra respuesta desde nuestra pobreza, hablando bien de Dios, sin acobardarnos.

El estudio busca comprender y comprendernos, para lograr el sentido de la vida, a través de la fe en Cristo. Vivamos el esfuerzo intelectual con caridad. Este fue el impulso del pensamiento de este gran maestro. También hoy estamos necesitados de una nueva vitalidad intelectual para una vida sencilla en sus aspiraciones, concreta en sus realizaciones, transparente en su comportamiento. No temáis preguntar y preguntaros para hacer que emerjan con claridad las verdades últimas del ser humano. Seguimos necesitando esa armonía natural entre la fe cristiana y la razón. “En una situación de crisis de lo humano, de misterioso letargo y aburrimiento invencible, es donde la fe cristiana puede mostrar toda su conveniencia humana. Es necesario comunicar la experiencia de que la fe hace la vida más humana y más digna de ser vivida”.

Al participar en la Eucaristía pidamos al Señor con Santo Tomás: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vida que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte”. Amén

[1] FRANCISCO, Misericordiae vultus, 15.

 

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