Homilía de monseñor Barrio del Jueves Santo

Esta tarde del Jueves Santo recordamos que Cristo instituyó la Eucaristía, alimento en el camino de nuestro peregrinar cristiano hacia la ciudadanía de los santos, y el ministerio sacerdotal, para el que hombres de carne y hueso son elegidos, estando sujetos a las flaquezas y miserias del ser humano, y conociéndolas, incluso por experiencia, sean capaces de condolerse con los demás y guiarlos hacia Dios. También el Señor nos dejó el mandamiento del amor fraterno: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Era la hora de pasar al Padre a quien dio gracias porque le había escuchado, porque no le abandonaría a la muerte, porque le resucitaría y porque “podía ya en aquel momento dar su cuerpo y su sangre en el pan y en el vino, como prenda de la resurrección y la vida eterna”.

¡Qué lección para nosotros que nos vemos arrastrados por la corriente de los acontecimientos diarios, sin afrontarlos en profundidad y desde la luz de nuestra fe, acomodando nuestro pulso a la rutina! No tiene el mismo sentido ni se vive de la misma forma un hecho de vida interpretado desde la voluntad de Dios y en relación íntima y profunda con Él.

En el cenáculo se realiza todo con sencillez. “Bajo las especies del pan y del vino, Jesús se hace realmente presente con su cuerpo entregado y su sangre derramada como sacrificio de la Nueva Alianza”. En este sacramento se actualiza el sacrificio redentor de Cristo en la cruz y se convierte en Banquete sacrifical, donde comulgamos a Cristo, entramos en común unión con Él y nos hace partícipes de su vida divina y resucitada. Es el misterio de la fe que se fundamenta no en los sentidos sino en la autoridad de las palabras de Jesús. No hay Iglesia sin Eucaristía, ni Eucaristía sin sacerdocio.

Jesús antes de la cena se arrodilla y lava los pies a sus discípulos que quedan desconcertados. No nos extraña la reacción de Pedro que no comprende ni acepta el proceder de Jesús. Pero les va a decir: “Os he dado ejemplo…”. “¡Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros!” (Jn 13,14). Participar en la eucaristía conlleva saber vivir en el amor que ha de traducirse en servicio. No podemos separar lo que creemos de lo que hacemos. Esto exige inclinarse, abajarse y despojarse de todo tipo mantos. Cuando uno ama no se consideras superior y trata al otro con dignidad y respeto. Hemos de sentirnos queridos, dejarnos de tantos ropajes que nos impiden ser nosotros mismos y acercarnos a los demás para servirles, sobre todo a los pobres que están tan cerca de nosotros y a veces miramos para otro lado.

Quien no esté dispuesto a esto no tendrá parte con Cristo. Si queremos ser creíbles hemos de hacerlo todo con amor. Fácilmente nos identificamos con la humildad de Pedro que se siente indigno de que el Maestro le lave los pies. Jesús les había dicho: “El que de vosotros quiera ser grande, que se haga el más pequeño”; “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Pero “sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos purificar por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho”. Humildad, paciencia y servicio han de ser el testimonio de la Iglesia, han de ser nuestro testimonio. La caridad será la señal por la que reconocerán al cristiano y es la mejor diálisis para purificar nuestra espiritualidad.

Cristo dio su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, aliviando con cariño sus penas, curando y vendando las heridas con el aceite de la misericordia, y dando ejemplo con una vida honesta. ¡Dichosos los invitados a la Cena del Señor! Con el traje de nuestra amistad con Dios le decimos: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. “Todos somos llamados a la misma mesa con la misma dignidad de hijos de Dios”. Es Jueves Santo. Anunciemos la muerte del Señor, y proclamemos su resurrección, cumpliendo su mandato: “Haced esto en memoria mía”. Amén

 

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