Homilía de monseñor Barrio el día de Navidad

Gesegnete Weihnacten

Merry Christmas

Joyeux Noël

Auguri per un Santo Natale

Bo Nadal

Feliz Navidad

“Dios consuela a su pueblo”. ¡Navidad, misterio de amor! ¡Navidad, misterio y luz! En el nacimiento del Niño Dios, el proyecto de Dios Padre toma literalmente cuerpo, se concreta, y llena el corazón de todo hombre de la única paz que da sentido a la vida aquí, ahora y siempre en la eterna comunión con Él. Jesucristo ha tomado un corazón de hombre, una sensibilidad de hombre; se ha emocionado, se ha compadecido, ha sufrido y por eso es capaz de venir en ayuda de los que son probados.

Es la manifestación de la gratuita ternura de Dios Padre, hecha carne; es la transparencia de su generosa misericordia. El nacimiento en Belén revela que el Hijo no quiere dominar la historia desde posiciones de poder, sino que la quiere habitar en la sencillez de una familia pobre; no quiere utilizar tácticas de fuerza, sino buscar la concordia con estrategias de no violencia. Por eso “la Navidad es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre”. Dios en su Hijo ha puesto su tienda en medio de nosotros, hablando el lenguaje universal de lo pequeño, de lo débil, de lo pobre, que rompe todos nuestros esquemas. Por las venas de Dios corre sangre humana. En el corazón del hombre resuenan los latidos del corazón de Dios. Esto sólo lo entienden los que son capaces de descubrir la señal de “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”; los que saben que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad; los que experimentan que Dios es amor (1Jn 4, 8.16).

¡Con la Navidad recuperamos la fuerza para afrontar los problemas de la vida diaria, personal, familiar, laboral y social, siendo hijos de Dios y llevando una vida honrada y religiosa! “Dios se ha hecho criatura, pura belleza, altura y profundidad del Amor que nos abre la puerta de lo eterno. El cielo y la tierra se juntan en una Palabra nueva: Misericordia entrañable derramada como bálsamo sobre la herida del hombre, y nos redime del hastío y del cansancio de vivir, y nos proyecta al Infinito de Dios”. Desde la luz de Belén hemos de vivir las alegrías, y las tristezas; los éxitos y los fracasos; la salud rebosante y la enfermedad; los momentos de plenitud radiante y los instantes de dudas y perplejidades. El Hijo de Dios se hizo hombre para experimentar en su propia carne y redimir todas estas situaciones humanas.

“En el niño de Belén ha hecho su entrada en este mundo la fuerza invencible del amor divino”[1]. Esta certeza nos infunde ánimo, enseñándonos que el camino de la felicidad pasa por la austeridad, el de la paz por la justicia, el de la abundancia por la solidaridad, el de la salvación por el amor. Tenemos que lograr que esta luz brille en los pobres, en los marginados, en los que sufren, en aquellos hogares oscuros y entristecidos, y cuidar de que no se apague por los vientos fríos de la indiferencia religiosa y del relativismo moral.

La propuesta cristiana es la grandeza y el sentido de una vida fundada en la verdad y en el compromiso con el bien y la paz. “En el Hijo de Dios estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. Optemos por la luz, viviendo como hijos de la luz, manifestada en las buenas obras; y decidámonos siempre por la defensa de la dignidad de los más débiles, sin olvidar que en nuestra dimensión trascendente cobran sentido la visión del mundo y del hombre, los principios y valores que nos llevan a encontrarnos con Dios en el hombre. La Navidad nos invita a transformar nuestra sociedad en una realidad de comunión y fraternidad en medio del desgaste espiritual que padecemos. ¡Contagiemos el espíritu de la Navidad! Pidamos al Espíritu Santo que haga nacer en nuestros corazones a Cristo, para crecer en santidad hasta que lleguemos a la perfección, a medida de la infinita grandeza de Cristo que llena todo el universo. ¡Feliz Navidad! Amén.

[1] J. Ratzinger, Palabra en la Iglesia, Salamanca 1976, 293.

 

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