Homilía de monseñor Barrio en la Eucaristía del Miércoles de Ceniza

“La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios”[1], nos ha dicho el Papa.

Cada día se nos ofrece la crónica negra de nuestra sociedad en medio de tantas realidades de precariedad y sufrimiento. Convivimos con el mal en sus ilimitadas manifestaciones: hipocresía, egoísmo, envidia, odio, calumnia, mundanidad en nuestro corazón. Ante esto nos preguntamos con el papa Francisco: “¿Vale la pena intentar cambiar esta situación si el mundo sigue su danza carnavalesca, disfrazando todo por un rato?”. La respuesta es si. Merece la pena porque cuando caen los disfraces, aparece la verdad y nos damos cuenta del pecado que nos hiere y tergiversa la historia, y porque es posible que todo cambie ya que Dios sigue siendo rico en bondad, misericordia y perdón.

Al comienzo de la Cuaresma se nos llama a dejarnos conducir a donde Dios nuestro Padre quiere, a entregar nuestra voluntad en sus manos, a ser sinceros de verdad con nosotros mismos, a mirarnos sin miedo, a aceptar nuestra debilidad, y a promover un proceso de crecimiento que nos permita realizar el sueño de Dios sobre nosotros. Por eso hemos pedido al Señor que nos ayude a “iniciar un camino de auténtica conversión para afrontar victoriosamente, con las armas de la penitencia, el combate contra el espíritu del mal”.

La ceniza que se nos impondrá nos recuerda que somos poca cosa, que no podemos sentirnos orgullosos, ni tener odios, ni egoísmos, y que tal vez nos hemos alejado de Dios, siguiendo una trayectoria de desilusión y de muerte. Pero es posible cambiar de dirección y volver a la fuente. Dios se inclinará sobre nosotros para darnos el aliento de vida.

El profeta Joel pide al pueblo acoger con confianza filial a Dios, “compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad” (Jl 2, 13). Esta petición hecha entonces sigue siendo actual. En la amistad con Dios experimentamos la alegría de su perdón, amor y salvación. San Pablo nos advierte que no podemos vivir en paz con el prójimo sino se vive en paz con Dios. ¡Dejaos reconciliar con Dios!, nos dice. Los medios que nos recuerda el Evangelio para llevar a cabo nuestra conversión son oración, limosna y ayuno. Orar es acercarnos a Dios con todo nuestro ser. Ayunar es renunciar a tantas cosas (comida, televisión, diversión, lo que sea) para dedicarnos con más afan al Evangelio. La limosna o el amor al hermano necesitado, en quien Cristo se hace más presente, pasa por la ayuda material suficiente y digna. En este tiempo de Cuaresma hemos de comprometernos a dar un verdadero paso adelante en la vida cristiana. No se trata de aparentar buena imagen y de que nos feliciten, sino de vivir con coherencia bajo la mirada amorosa de Dios. “Los lugares en los que se manifiesta la Iglesia han de ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”, dice el Papa.

“Rasgaos el corazón y nos las vestiduras”, dice el profeta. No caigamos en la tentación de una penitencia artificial, de un ayuno de cumplimiento, de una oración superficial y egoísta que no deja tocar nuestra vida por Dios. Rasguémonos los corazones para que podamos vernos como somos, para que entre el amor misericordioso de Dios que nos ama y sana, para que sintamos el eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes, y para que seamos misericordiosos. Animados por el espíritu de oración, y de solicitud amorosa por los hermanos, digámosle con el Apóstol Santiago que somos capaces y encaminémonos hacia la Pascua, acompañados por la Virgen María, Madre de Misericordia. Amén.

[1] FRANCISCO, Misericordiae vultus, 17.

 

Foto: parroquiasantamariapontevedra.blogspot.com.es

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