Homilía de monseñor Barrio en la Eucaristía del Rito de Admisión a las Sagradas Órdenes del Diaconado y Presbiterado

Queridos Vicario General, Rector y Formadores del Seminario Mayor, Sacerdotes, candidatos al Rito de Admisión, miembros de vida consagrada, seminaristas, familiares y amigos de los candidatos, hermanos y hermanas en el Señor.

Es un signo de la providencia de Dios para con su Iglesia la decisión generosa de estos candidatos que han acogido la llamada al ministerio sacerdotal, ofreciendo su disponibilidad para estar con el Señor y ser enviados a predicar. Es la Iglesia, madre y maestra, la que les llama y los acepta. Os felicito cordialmente a vosotros, queridos candidatos, a quienes os han acompañado y están acompañando en el seguimiento de vuestro itinerario vocacional y a vosotros, familiares, amigos y conocidos.

Vivimos en un momento en que nos brotan salvadores por todos los sitios: Políticos, banqueros, economistas, empresarios, asesores, inversores… Lo que pasa es que no terminamos de fiarnos porque con frecuencia nos defraudan. Pero esta tarde debemos preguntarnos: ¿Y de Dios nos fiamos, creyéndonos su salvación o buscamos esas otras salvaciones a bajo coste? Tal vez no lo tenemos demasiado claro. La Palabra de Dios que acabamos de escuchar sale a nuestro encuentro para darnos la respuesta. Isaías nos dice que no hay otro salvador fuera de Dios, el único que puede salvar al hombre. El que hizo la creación puede recrear un orden nuevo. El que es el único justo puede traer la justicia y su fruto: la paz. El único salvador puede traer la salvación. Sólo el rocío del cielo puede fecundar la tierra para que brote la salvación y con ella germine la justicia. Al pueblo de Israel, rodeado de ídolos, le costó lo suyo tomarse en serio este mensaje. Nosotros no andamos muy lejos ni en el número de ídolos ni en el paganismo que los envuelve. A Juan Bautista, el profeta de la austeridad y la penitencia, y sobre todo a sus discípulos, no debió resultarles fácil entender que el salvador era el manso y humilde de corazón. De ahí la embajada: “¿Eres tu el que has de venir o esperamos a otro?” Los ciegos ven, los inválidos andan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. La salvación que Dios da en Cristo comienza aquí, es para todo hombre y es buena noticia: Dios nos ama y nos salva desde el amor. Creer en la salvación por el amor, la paz, la misericordia y el perdón no es fácil. Pero es la única fiable porque es la de Dios. Comprometerse con ella trabajando por la liberación del hombre desde ese amor, tampoco es fácil, complica mucho la vida. Pero es la única válida y eficaz porque es la de Dios.

El auténtico Adviento sólo es salvífico en la medida en que lleva al hombre al encuentro personal y a la experiencia responsable de Cristo Redentor. Cuando Dios por la encarnación redentora hace irrumpir personalmente a su Hijo Amado en condición de cercanía, “esta revelación del amor es definida también misericordia, y tal revelación del Amor y de la Misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo”. Por eso sin una experiencia personal profunda de la Persona y del Misterio de Cristo no es posible la identidad y autenticidad cristiana. No se adhiere uno a Cristo por una ideología sino por una experiencia. La fidelidad a Él no se reduce a la aceptación de un modelo de actitudes éticas o morales reveladas y garantizadas por la integridad de su conducta modélica. Nuestras obras y nuestras palabras circunstanciales han de ser lo suficientemente diáfanas y transparentes como para abrir los ojos hacia Cristo en quienes se codean con nosotros en la convivencia de cada día. Nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía debe llenarnos de gozo. Es el cumplimiento de todas las promesas que se nos ofrecen, no ya en esperanza sino en comunión. La presencia de Dios es una referencia fundamental. Que la gratitud, la alabanza y el júbilo sean el sentimiento primordial con que nos acercamos al altar de Dios.

 

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