Homilía de monseñor Barrio en la Eucaristía en la que fueron ordenados tres sacerdotes y un diácono

Mi saludo y felicitación cordial a vosotros, queridos ordenandos, a vuestras familias y a vuestros amigos y conocidos. Mi gratitud al Sr. Rector, Formadores, Profesores, Sacerdotes, Miembros de Vida Consagrada y Laicos que os han acompañado con el testimonio de su fe, con la ciencia de sus conocimientos y con la bondad de su virtud.

En espíritu de oración, ordenaré esta tarde a estos hermanos nuestros, a uno diácono y a otros presbíteros, para que cooperen en la edificación del Reino de Dios. La liturgia de la Palabra nos dice que ser cristiano no es fácil, aunque ser cristiano en apariencia sea demasiado cómodo y frecuente. El cristiano ha muerto en Cristo, es transfigurado en Él y es propiedad de Él. La primera lectura y el Evangelio se refieren a la acogida cordial de los enviados por Dios. Una acogida que siempre encuentra recompensa. El que recibe a los discípulos enviados por Cristo, recibe a Cristo mismo, y el que recibe a Cristo recibe al Padre que lo ha enviado. Pablo nos recuerda que fuimos sepultados con Cristo en la muerte para que andemos en una vida nueva, lejos del pecado y de lo que conduce al pecado. Hemos de vivir para Dios con los mismos sentimientos que tuvo Cristo, superando todo egoísmo calculador. Dios da todo al hombre en Cristo. Esta es la conciencia de Cristo cuando dice: “El que quiere a su padre o a su madre o a su hijo más que a mí…, el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”. Este lenguaje es duro de oír y de vivir. El seguimiento de Cristo comporta renuncias y sacrificios: aceptar la cruz, y optar por los valores del evangelio por encima de intereses económicos o de lazos familiares, si queremos alcanzar la vida. Esto conlleva el riesgo de perder todo lo propio, incluso la propia vida por su causa, sin pretender recuperar cada mañana un poco de la entrega total que hemos hecho al Señor.

Querido candidato al Diaconado, el ministerio diaconal ha de configurar tu estilo de vida imitando a Cristo, el siervo humilde y paciente que toma sobre sí mismo el pecado y la miseria humana, y que vino a servir y no a ser servido. Tu misión es proclamar la Palabra de Dios y ser ministro de la caridad, viviendo la castidad en el celibato, valor inestimable para la adecuada relación pastoral con los fieles, que debe basarse en la responsabilidad del ministerio. El Señor te confiere una misión acompañada de su gracia para realizarla, te compromete a ayudar a los demás, pues muchos sufren cansancios y fatigas más duros que los tuyos. Dedica tiempo y diáloga con quienes están en las periferias de la existencia. Y no pongas en las espaldas de los otros tus sacos de disgustos, rebeldías y enfados, más bien déjate cargar con las penas y dolores de los demás.

Queridos candidatos al presbiterado, tended siempre hacia la perfección. No cedáis a la mediocridad. La finura espiritual evitará que os convirtáis en burócratas de la pastoral. El sacerdote no se pertenece a sí mismo, no vive para sí mismo y no busca lo que es suyo sino lo que es de Cristo. El ministerio sacerdotal no es un oficio o una obligación, sino un Don, acogido con temor y humildad. El sacerdote necesita rezar sin cansarse, ponerse a la escucha de la Palabra de Dios y cuidar con esmero la vida espiritual. “Jamás podrá sentirse satisfecho, acaba de decir el Papa… Ser sacerdote es jugarse la vida por el Señor y por los hermanos, llevando en carne propia la alegría y las angustias del Pueblo, invirtiendo el tiempo en escuchar para sanar las heridas de los demás, ofreciendo a todos la ternura del Padre”. El celo apostólico apasionado  tiene que arder dentro del pastor verdadero, discerniendo donde están los peligros y acompañando a los fieles en los momentos fáciles y difíciles. No seáis ingenuos y decid no cuando tengáis que decirlo sin dejaros llevar por un buenismo que hace mal, ni seduciros por la vana admiración de los fieles.

Queridos sacerdotes, o ministerio sacerdotal é un tesouro que outórganos a facultade de dicir e facer aquilo que só o Fillo de Deus pode dicir e facer en verdade. Esta conciencia axudaranos a descubrir que a graza recibida é “unha superabundancia de misericordia pois Cristo chámanos ao sacerdocio, aínda sabendo que somos pecadores. Non foron nin os nosos méritos, nin o noso esforzo, nin os nosos acertos, os que xustifican ou explican a doazón da graza do ministerio sacerdotal. Isto fascina e estremece. Imitemos o exemplo do Bo Pastor, que veu para salvar o que estaba perdido.

Queridos laicos e membros de Vida consagrada, “apreciade cada día más o gran don que os sacerdotes son para a Igrexa e para a sociedade. Sabede agradecer a Deus, e sobre todo estade próximos aos vosos sacerdotes coa oración e co apoio, especialmente nas dificultades, para que sexan cada vez máis Pastores segundo o corazón de Deus”. Co patrocinio do apóstolo Santiago e a intercesión de Nosa Nai María, encoméndovos a vós e ao voso ministerio, pedindo que o Señor vos axude a servir á Igrexa que traballa no mundo para a salvación da humanidade. Amén.

 

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