Homilía de monseñor Barrio en la Fiesta de Santo Tomás de Aquino

La celebración del Jubileo de la Misericordia ha de ser un momento de renovación espiritual. Se nos llama a transparentar la misericordia del Padre celestial, que debe tener una expresión tangible y visible. El gran río de la misericordia no se agota porque encuentra siempre personas que dan testimonio de ella, sabiendo que nuestras miserias son el trono sobre las que se asienta la misericordia de Dios, decía san Juan XXIII, y saliendo al encuentro de quien pasa hambre y sed, está desnudo o es extranjero, enfermo o en la cárcel, de quien está a merced de la duda o en la aflicción. Se nos pide perdonar y ofrecer gestos concretos de bondad, paciencia y cercanía.

También esta tarde nosotros como el rey David nos preguntamos: “¿Quien soy yo, mi Señor, y que es mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí?”. La respuesta la encontramos en la misericordia de Dios a quien pedimos vivir en su presencia para seguir con su bendición.

El pasaje del Evangelio deja constancia de que la luz no existe para si misma sino para iluminar su entorno. La luz brilla allí donde cumplimos las obras de la misericordia. Jesús utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la “energía” interna que tiene la Palabra de Dios, la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz no puede ponerse “debajo del celemín” (Mc 4,21). ¿Qué sentido tiene colocar la vela encendida debajo de la cama? Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. El Evangelio necesita ser comunicado y lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. “Si dices: ¡Basta!, estás muerto”, comenta san Agustín. “Quien tenga oídos para oír, que oiga. Atended a lo que escucháis” (Mc 4,23-24). Es necesario estar atento a las insinuaciones que Dios nos hace. Las “matemáticas de la medida” quedan superadas: “Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios.

Los santos han percibido este mensaje y lo han vivido. Miramos hoy a Santo Tomás de Aquino, hombre de ciencia y de piedad, maestro de pensamiento e insigne teólogo. El estudio y la oración, la enseñanza y la predicación conforman su vida. No se ausentó del momento que le tocó vivir. Fue un apasionado de Dios, sintiendo la necesidad de expresarlo con su palabra y con su sentimiento. “Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?”, le dirá el Señor. Y Tomás contestará: “¡Nada más que tú, Señor!”. Y esta debería ser también nuestra respuesta desde nuestra pobreza.

Fue un hombre que conocía a la perfección el Evangelio. Os animo a conocer la Sagrada Escritura en toda su profundidad, como dicen los franceses “en coeur”, sabiendo relacionar todos los pasajes y viviendo el Evangelio. Conocía al hombre de su tiempo, su psicología, su medio socio-cultural. Estudia a Aristóteles, cultura y filosofía de aquel momento. Al hombre de ese pensamiento le presenta el evangelio y la fe, haciendo teología. Santo Tomás era un místico que no sólo vivía, sino que sufría y gozaba con Cristo. ¿No son acaso los himnos que escribe, fruto de su delicadeza, gusto y finura espiritual al servicio de Cristo?

El estudio busca comprender y comprendernos, para lograr el sentido de la vida, ayudados por la fe en Cristo y la acción de su Espíritu Santo. Este fue el impulso del pensamiento intelectual de este gran maestro Santo Tomás. También hoy estamos necesitados de una nueva vitalidad intelectual para una vida sencilla en sus aspiraciones, concreta en sus realizaciones, transparente en su comportamiento. Preguntad y dejaos preguntar para hacer que emerjan con claridad las verdades últimas del ser humano. No sólo la fe ayuda a la razón, también la razón, con sus medios, puede hacer mucho por la fe, prestándole el servicio de “demostrar los fundamentos de la fe; explicar mediante semejanzas las verdades de la fe; rechazar las objeciones que se levantan contra la fe”. Seguimos necesitando esa armonía natural entre la fe cristiana y la razón. “En una situación de crisis de lo humano, de misterioso letargo y aburrimiento invencible, es donde la fe cristiana puede mostrar toda su conveniencia humana. Es necesario comunicar la experiencia de que la fe hace la vida más humana, más intensa y más digna de ser vivida”[1].

Al participar en la Eucaristía pidamos al Señor con Santo Tomás: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vida que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte”. Amén

[1] J. CARRON, ¿Qué significa ser cristiano hoy?, Madrid 2011, 52.

Foto de archivo

Versión en galego