Homilía de monseñor Barrio en la inauguración de la primera capilla de Adoración Perpetua

¡Bendito y alabado sea el santísimo Sacramento del Altar!

Muchas gracias a todos por vuestra presencia tan significativa en este atardecer en el que con un solo corazón y una sola alma inauguramos la adoración perpetua en la ciudad. Es la expresión de una fe adorante. Y como Pedro, Santiago y Juan, nos viene el de­cir: “Qué bien se está aquí”. Pero la adoración y la contemplación nos llevan a recordar que no podemos vivir para nosotros mismos sino para Cristo que murió y resucitó por nosotros.

“Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarís­ticas” (CIgC 1379). Es prenda segura de gloria eterna, por tanto firme esperanza. Es luz y fuente de vida, revelación y manifestación de amor, exigencia constante de entrega a Dios y a los hombres.

La adoración eucarística nace del convencimiento profundo, del reconocimiento sincero y de la humilde acción de gracias porque Cristo ha querido quedarse entre nosotros. “Es muy difícil para el hombre contemporáneo, por encima de la prisa y de la superficialidad en la que vivimos, estar delante de Dios en espíritu de adoración y de glorificación, de acción de gracias y de alabanza, de reparación y de consagración, de oración y de súplica que nacen de un corazón libre, porque es capaz de reconocer a Dios”.

La adoración no es una evasión de la realidad sino un gesto de solidaridad con las necesidades y necesitados del mundo entero al hacerlos presentes en la oración. Siempre podremos hacer algo más por los pobres Lázaros de nuestro entorno. Es un medio precioso para profundizar en las actitudes fundamentales de nuestra fe, esperanza y caridad, y de nuestra capacidad de alabanza y de oración universal. Es un camino de dicha y bendición: “Dichoso quien confía en el Señor”. Es el momento en que dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, nos comprometemos en un testimonio de vida cristiana. Adorar a Dios es saber estar ante El con nuestros mejores sentimien­tos, inclinados ante El y abriéndole espacio en nuestro interior. El que adora a Dios en la tierra cree, espera y ama. “Solo Dios basta. Quien a Dios tiene nada le falta”, de­cía Santa Teresa. Sólo ante El debe postrarse el hombre.

Esto nos pide una comunión de vida con Cristo y descubrir en él al adorador en obediencia filial al Padre y en solidaridad fraternal con los hombres. Glorificar a Dios y darle gracias, reparar e interceder por los hombres, mantener la coherencia entre la fe y la vida: este es el estilo de vida del adorador contemplativo a quien todo lo que afecta al hombre, encuen­tra resonancia en su corazón.

«Si se cree de verdad que Jesús quiso quedarse sacramentalmente con nosotros, es necesario detenerse para manifestar nuestra gratitud, para rendirle homenaje de culto y devoción, para
obsequiarle con el tributo de las facultades del alma y de nuestro cuerpo, para meditar en lo que es y significa su presencia, para presentarle súplicas y ofrecerle alabanzas. Todo eso es adorar.»

La adoración es reconocimiento de la grandeza única y trascendente de Dios y de nuestra pequeñez como criaturas ante la presencia del Creador. Sólo Dios es digno de adoración (cf. Mt 4, 10). El Papa Benedicto XVI subraya la importancia de la adoración en la vida cristiana cuando dice: “Sed adoradores del Único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia. La idolatría es una tentación constante del hombre. Desgraciadamente hay gente que busca la solución de los problemas en prácticas religiosas incompatibles con la fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en los falsos mitos del éxito y del poder”[1].

Sólo seremos adoradores en verdad si lo hacemos con fe, confianza, amor y humildad, guiados por el Espíritu Santo (Rm 8, 15-17).

Que con San Juan de la Cruz podamos decir: “Que bien se yo la fonte que mana y corre aunque es de noche. Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan para darnos vida. Aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

 

[1] Benedicto XVI, Mensaje al Congreso Mundial de los Jóvenes, agosto de 2005.

 

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