Homilía de monseñor Barrio en la la Misa de la Solemnidad de la Inmaculada

Acabamos de clausurar el Año Jubilar extraordinario de la Misericordia en el que hemos percibido como decía San Agustín que “tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”. Dios está siempre pendiente de nosotros. Así lo refleja la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, a la que preservó de todo pecado para ser la Madre de nuestro Redentor. Ella escuchó, acogió, meditó y vivió la Palabra de Dios generadora del verdadero humanismo. Después que Adán y Eva decidieron no dejar que Dios fuera Dios en sus vidas, pensando que ellos podían ser autónomos y sucumbiendo al fracaso, nuestro Creador no nos dejó al vaivén de nuestra fragilidad y pecado. Nunca el mal tiene la última palabra. María, la nueva Eva que dará a luz al nuevo Adán, Jesucristo, alumbró el rayo de luz y de esperanza para que podamos peregrinar hacia Dios Padre sintiéndonos hijos amados porque desde que Cristo entregó su vida por nosotros, nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios. “Dios recuperó con celoso esfuerzo, su imagen y semejanza, que era presa del diablo. Pues en Eva, aún virgen, entró la palabra que edificó la muerte: del mismo modo había que introducir en la Virgen el Verbo de Dios que edifica la vida” (Tertuliano). En las fiestas de María: la Concepción Inmaculada, la maternidad divina, la Anunciación y la Asunción se despliega la riqueza de su misterio.

María es una persona única y singular, admirable e imitable. Su dignidad confina con la divinidad. Su misión materna abraza y une los dos extremos porque en ella se reencuentran Dios y el hombre: Dios, Verbo encarnado, de quien es Madre, y el hombre, de quien es madre espiritual. Fue concebida inmaculada, sin el desorden interior causado por el pecado original. Su vida en la tierra fue en todo conforme a la voluntad de Dios: “Hágase en mi según tu palabra”. En su Concepción Inmaculada se nos muestra la santidad original del hombre antes de la caída y se diseña el desarrollo completo de nuestra libertad hasta llegar a ser santos e irreprochables a los ojos de Dios en el amor. “Ella fue toda santa por ser llena de gracia”. Forma parte del misterio del amor del Dios Trinitario.

La primera lectura narra la historia del primer pecado. El Evangelio subraya en María la humildad, la confianza, la armonía con Dios, y con todo lo creado. Ella que no se escondió como Adán y Eva ante la llamada de Dios, se dejó mirar por El que la transformó y engrandeció, de tal forma que la felicitarán todas las generaciones (Lc 1,48). Se siente mirada por los ojos de la misericordia de Dios. Es el inicio de la primitiva obra de la misericordia divina. ¡Dejémonos mirar por Dios para luchar contra el pecado y el mal pues nuestra historia está cimentada y sostenida por la bendición de Dios!

María armoniza en su ser la pequeñez y la grandeza: la pequeñez de esclava del Señor que genera la verdadera libertad; la grandeza que radica en la colaboración “de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres” (LG 61). Ella, la Purísima, representa el comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo sin mancha ni arruga. Es la abogada de gracia y ejemplo de santidad para el pueblo de Dios, y la primera realización plena del plan de Dios para quien nada hay imposible. Nosotros hemos nacido con el pecado original y el mal anida en nuestros corazones. Hoy se nos llama a desplegar las arrugas de nuestro corazón, sabedores de que  “es inmaculado para Dios quien cumple con fidelidad y sin debilidad las obligaciones de su estado. Dios no llama a todos al estado de perfección, pero invita a cada uno a la perfección de su estado”.

La Virgen del Adviento, vestida de Inmaculada, sale a nuestro encuentro y nos anima  en la espera del nacimiento del Hijo de Dios. Meditando en su vida, profundizamos en la conversión a la que se nos llama en este tiempo de Adviento. En este día le decimos: “Virgen y Madre María, tú que movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro “sí” ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús”. “María Inmaculada, tu que no conociste el pecado, eres a quien imploramos para que ruegues por nosotros que sí somos pecadores. Tu amor de madre nos ayudará a encontrarnos con tu Hijo Jesús”. Hoy también nos unimos a las generaciones que te han alabado, que te han llamado y seguirán llamando bienaventurada por siempre. Amén.

 

Foto: @CatedralStgo

 

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