Homilía de monseñor Barrio en la Virgen del Pilar

Peregrino desde Santiago al Pilar, agradeciendo la invitación, para celebrar esta Eucaristía conmemorando el 1975 aniversario de la venida de la Virgen. La tradición nos transmite que María se apareció al apóstol Santiago para alentarlo en la misión encomendada y ofrecerle el cariño materno para reemprender el camino arduo de la evangelización. Desde entonces el Pilar es considerado como “el símbolo de la firmeza en la fe”, indicándonos el camino seguro para todo apostolado que es ir a Jesús por María, unidos a ella en oración.

Este acontecimiento ha sido vivido con hondura religiosa, siendo manifestación de una piedad popular mariana que encuentra en este santuario un eco especial. Una devoción a la Virgen que es fuerza para evangelizar, anunciando y llevando la salvación de Dios “en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino”. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Esta es nuestra tarea: conformarnos con Cristo, el hombre nuevo, anunciando el Evangelio “sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable”.

María siempre ha sido una instancia de vida, de gracia y de refugio. Cada cristiano debe contemplar su vida a la luz de María, mujer sencilla cuya riqueza fue su sencillez, siempre atenta a las preocupaciones y a las necesidades de los demás; mujer profundamente religiosa, envuelta en la misma clase de situaciones desesperanzadoras y con frecuencia insolubles en las que también nosotros nos vemos. Ella nos marca un camino hecho de fe y humildad: “Dichosa tú porque has creído porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45)… Dios ha mirado la humillación de su esclava, por eso todas las generaciones me dirán dichosa”.

Peregrinos con María queremos descubrir las raíces de nuestra auténtica religiosidad desde la sintonía con los proyectos y preocupaciones de la Iglesia y desde la solidaridad con los problemas e inquietudes de los hombres en esta hora de Dios, en que se nos dice: “No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere”.  Jesucristo nos hace hermanos a todos, como hijos de un Único Padre. “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”. No basta un mero titularse discípulo de Cristo: es indispensable prestar oídos a su palabra y llevarla fielmente a la práctica: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24).

Miramos a Jesucristo, “que inició y completa nuestra fe” (Heb 12,2); a María, la mujer creyente,; a los Apóstoles quienes “por la fe dejaron todo para seguir al Maestro y fueron al mundo entero a llevar el Evangelio a toda criatura”. Hemos de ponerlo todo al servicio del Evangelio: lo que somos y lo que tenemos. No podemos caer en  “el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!”.

María experimentó también la espada del escándalo, la contradicción y la prueba ante la cruz. “El hágase en mi según tu palabra” fue una actitud de fe obediencial de quien escucha la Palabra de Dios y la cumple. No le faltaron noches oscuras como tampoco nos faltan a nosotros. Toda su vida transcurrió bajo el velo de la fe, fiándose en medio de la oscuridad sin otra luz que la de la confianza en Dios. Esta está la grandeza de María.  El elogio de aquella mujer sencilla, llena de fe y de admiración, a María por haber engendrado a Jesús, el mismo Jesús lo recoge, pero apunta a la nueva dimensión, a la futura familia de Dios donde su madre ocupará el primer puesto, subrayando su absoluta apertura a la palabra divina y su entrega total a la verdad salvadora. Es bienaventurada porque ha oído, creído, confrontado y guardado la palabra de Dios. “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Ciertamente para el hombre el gozo es la ley del Señor. Es necesario descubrir la voluntad de Dios a través de la escucha de su Palabra. Acoger la voluntad de Dios es recibir una palabra distinta a la que estamos acostumbrados a decirnos, es interrumpir nuestros planes y proyectos, es dejarnos turbar por Dios, sin olvidar que Jesús aprendió sufriendo a obedecer.

La pérdida de Dios se revuelve contra el hombre y produce una cultura deshumanizada que favorece una concepción egoísta de la vida, y una convivencia humana basada en la insolidaridad y en la prepotencia del más fuerte que está llevando a muchas personas a la desesperación y marginación.

Sacudamos todo lastre de pecado que nos asedia y pongamos nuestra confianza en la acción del Espíritu Santo para en comunidad de fe interpretar los signos de la venida del Señor. Santa María, Virgen del Pilar, filialmente invocamos tu protección materna y te pedimos que se fortalezca nuestra fe para transmitirla. Alienta nuestra esperanza a fin de que llenemos las vasijas de agua para que el milagro pueda realizarse y así podamos construir la civilización del amor. ¡Oh María! Cada vez que te saludamos diciendo “bendita tú entre las mujeres” te alabamos por tu fe. Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

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