Homilía de monseñor Barrio en la visita de la imagen peregrina de la Virgen de Fátima

“El Señor cuidando de ella, la guardó como a las niñas de Sus ojos. Como el águila extendió sus alas, la tomó y la llevó sobre sus plumas. El Señor sólo la condujo” (Dt 32,10-12). Este es el sentimiento que suscita en nosotros la “dichosa ventura” espiritual de Santa Teresa de Lisieux, recordando que “para venir a donde no sabes, como escribió san Juan de la Cruz, has de ir por donde no sabes”. Reunidos en torno al altar del Señor, hacemos memoria de la “maestra en la verdadera ciencia del amor”.

Maestra del Evangelio y Doctora de la Iglesia, ha fascinado con su ejemplo y la madurez de su juventud, llegando a conocer la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo (Ef 3,16-18). Su espiritualidad sigue interpelándonos. Hemos de referirnos a su amor fraternal con los alejados de Dios: Se hace solidaria de una manera misteriosa con los pecadores, a los que llama “mis hermanos” y ora en su nombre, viviendo sus propias noches oscuras. Las noches en que el alma busca perdiéndose de continuo y que sirven no sólo a la purificación, sino sobre todo a la apertura necesaria para poder reconocer que Dios no es nada de lo que pensamos, y es y solo puede ser nuestro Todo, cuando todo para nosotros es nada. “Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees”. La luz para iluminar esas noches fue la oración, personal y comuni¬taria, pidiendo al Señor.

En el camino de la pequeñez aparece la intensa verdad de sus sentimientos y de su personalidad auténtica y pacificada. Ante Dios se sitúa en total disponibilidad. El Amado de su alma es el único capaz de apagar su sed de infinitud y de restaurar las heridas de su existencia golpeada por la fragilidad y limitación de todo lo que le rodea. “Búscame en Ti, búscate en mí”, diría santa Teresa de Ávila. Esta experiencia espiritual comporta no fiarse de los propios esfuerzos humanos ni de las propias certezas para alcanzar la propia perfección. El camino que lleva a Dios es dejarnos amar por El en la propia fragilidad y debilidad. Su preocupación era afirmar el primado del amor misericordioso al que se acoge con absoluta confianza olvidándose a si misma: «Soy sólo una niña, impotente y débil, todavía mi misma debilidad me da la audacia de ofrecerme como Víctima a tu Amor, Oh Jesús».

Siente que Dios es misericordia y amor, que no tiene en cuenta nuestras faltas y pecados porque sabe que somos barro: «Vivir de amor es guardar en si mismo un gran tesoro en un vaso mortal. Amado mío, mi fragilidad es extrema y estoy lejos de ser un ángel del cielo. Mas si caigo en cada momento que pasa, al levantarme, Tú vienes en mi ayuda y en cada instante me das tu gracia. ¡Yo vivo de amor!». Entender la existencia como gracia le comprometió a superar todo obstáculo al amor. “Sólo en Dios se satisfacen tus nostalgias. Sólo en él se cumplen tus anhelos”, grita al alma torturada de nuestros contemporáneos. Navegó a velas desplegadas por los mares de la confianza, aprendiendo a ser santa. “Cuando caigo soy como un niño. Entonces toco con el dedo mi propia nada y mi debilidad y pienso: ¿Qué sería de mi, qué haría si me apoyase en mis propias fuerzas?”. Sabía que Jesús no pide grandes obras, sino solamente confianza en El y agradecimiento. No tiene necesidad alguna de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Lo importante no es lo que uno hace sino el amor que pone al hacerlo.  «Todo está bien cuando se busca la voluntad divina».

La confianza no la abandonará ni siquiera cuando se vio envuelta en la espesa niebla de la noche de la fe con el sufrimiento de la incredulidad y de la noche de la esperanza, padeciendo la sensación de que al final no hay nada más que la insoportable levedad del ser. Estas noches le acompa¬ñarán hasta su muerte, transformándole el pensamiento del cielo en objeto de lucha y de tormento. «La ribera estaba en efecto muy cerca de mi navecilla, pero más de una tempestad había de levantarse todavía, ocultándose la vista de su faro luminoso, haciéndole temer que se había alejado para siempre de la playa tan ardientemente deseada». San Juan de la Cruz lo expresa así: «¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?». Pero sabía que Dios la amaba y que le pedía ser lo que el quería que fuera porque en esto consiste la perfección.

Es una página luminosa de la historia de la Iglesia y de la espiritualidad carmelita, en la que podemos leer cómo Dios concede también a los jóvenes los tesoros de su sabiduría en la Escuela del Evangelio. Fue una luz pura y breve en años, colocada sobre el celemín de su momento histórico y que hoy nos hace percibir algo hermoso porque ella pasó entre nosotros sufriendo y sonriendo, dejándonos un mensaje de esperanza: «Mi alma se ha madurado en el crisol de las pruebas exteriores e interio¬res».

Pedimos su intercesión: “Dios tendrá que satisfacer mis peticiones en el cielo, porque yo no he hecho nunca mi voluntad en la tierra”. Al ritmo de la “música callada, de la soledad sonora”, nos anuncia de nuevo la buena noticia de la misericordia divina, transmite a los jóvenes la sabiduría del Evangelio, renueva en los mayores el ardor de su bautismo, anima a los consagrados a profundizar en el seguimiento cercano de Cristo y a todos nos recuerda lo único necesario: “amar al Señor y hacerlo amar”. Su vida tuvo un epílogo: «No me arrepiento de haberme entregado al amor». A la protección de ella nos encomendamos y encomendamos las inquietudes de tantos y de tantas jóvenes llamados a dar alegría a la comunidad eclesial con su sencillez de vida. Amén.

 

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