Homilía del arzobispo en la Profesión Solemne de la Hermana Miriam en el Carmelo coruñés

Escucha, hija, y mira. Olvida la casa paterna, prendado está el Rey de tu hermosura. Me consumo suspirando por los atrios del Señor, todo mi ser se estremece de gozo anhelando al Dios vivo (Ps 83)”. En este diálogo espiritual hace su profesión solemne nuestra Hermana Miriam del Niño Jesús y de la Santa Faz y nosotros percibimos que Dios supera nuestro deseo y da siempre más que podamos esperar porque nos concede en gracia aquello que nos pide como misión. Mi felicitación cordial a nuestra Hermana, a su familia, a toda la Comunidad de Madres Carmelitas, y a esta Iglesia diocesana que se siente bendecida con este acontecimiento de gracia.

La vocación es llamada de Dios. Él es el manantial del que proceden las aguas de nuestra existencia. “Si Dios no se hubiera prodigado en rayos bienhe­chores a su florecilla, esta nunca hubiera podido alimentarse en la tierra por ser demasiado débil para soportar las lluvias y las tormentas”, escribía santa Teresita de Lisieux. Por eso hay que  desprenderse de todo lo que no sea Dios en si mismo. “En cuanto a lo exterior, escribe la Santa Fundadora, ya se ve cuan apartadas del todo nos quiere el Señor a la vez que aquí nos ha llamado, para acercarnos a El más sin estorbos”.

No sospechamos cuanto nos ama Dios. Este Amor infinito se manifiesta en el Corazón de Jesús, Buen Pastor que deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la perdida pensando en el peligro que la amenaza. Humanamente, este comportamiento es criticable y no es razonable, porque no es justo reservar más amor a quien merece menos. Pero el amor de Dios no hace cálculos. Para Dios no es indiferente si algunas personas se pierden aunque se salve el mayor número. Para Él somos importantes cada uno de nosotros como destinatario irremplazable de su amor, “centella de fuego”, “llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro”, escribía san Juan de la Cruz. “Dios nos demostró su amor en que siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas”. Esta es la expresión comprensible del amor inconcebible que el Dios eterno experimenta desde siempre por sus criaturas.

En el Corazón de Jesús están encerrados todos los tesoros de ternura, compasión y misericordia divinas para todos. Celebrar esta solemnidad significa dirigirse hacia el centro íntimo de la Persona del Salvador, sede del amor que redimió al mundo. “Que calle, dice san Agustín, que no intente alabar a Dios, quien no quiera ver ante todo sus misericordias”. Ningún motivo de plegaria es más verdadero ni más eficaz, como reconocer nuestra debilidad e invocar la misericordia de Dios. Sólo la contemplación personal de Cristo Redentor puede hacer sentir “el misterio de aquel Corazón divino, en el que late el amor divino e infinito de Dios por el hombre, por todo hombre, por cada uno de nosotros”.

Al Corazón de Jesús, fuente de vida, de luz y de santidad, debe referirse todo corazón humano. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El está a las puertas: si le abrimos, entra dentro de nosotros. “El que tenga sed, que venga a mi y beba”. “Junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a permanecer alejado de ciertas veleidades del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo”. En el silencio necesitamos sentir el palpitar de una presencia confiable: la presencia de Cristo, corazón del mundo.

Querida hermana, no olvides que el plan de Dios hay que realizarlo muchas veces en la soledad del propio corazón que late sin darnos cuenta. Dios  nos ama como somos, unas veces para que seamos distintos, siempre para seamos mejores. Escribió Santa Teresita del Niño Jesús: “Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor… El no llama a los que son dignos sino a los que le place. No es obra del que quiere, no del que corre, sino de Dios que usa de misericordia”. A esta predilección de Dios el alma ha de responder: “Yo toda me entregué y di, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí, y yo soy para mi Amado”. La vida contemplativa es la aventura de la peregrinación en lo divino en medio de nuestros deseos terrenales, es decirle al Señor: “Ponme como sello sobre tu corazón, como sello en tu brazo”, es soledad y silencio de las noches oscuras que no son pocas en el itinerario hacia Dios. Son las noches en que el alma busca perdiéndose de continuo, y sirven no sólo para la purificación sino sobre todo a la apertura necesaria para poder reconocer que Dios no es nada de lo que uno piensa y es y solo puede ser su Todo, cuando todas las cosas para nosotros son nada. Búscate siempre en Dios y busca a Dios en ti, sin olvidar que esta aventura te llevará al crisol de las pruebas exteriores e interio­res.

Vosotras, queridas Carmelitas, sois la noticia de Dios en medio de una sociedad donde esta noticia se echa en falta. En vuestra vida ocupada principalmente en la oración, en la ascesis y en el progreso espiritual prefiguráis visiblemente la meta hacia la cual camina la entera comunidad eclesial con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo cuando la Iglesia se manifieste gloriosa con su Esposo. Con la intercesión de Santa Teresa de Ávila y de la bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, dejamos en el altar la obediencia y fidelidad de nuestra Hermana, pidiendo que se realice en ella el plan de Dios, y que pueda decir: “No me arrepiento de haberme entregado al amor”, ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! Amén.

 

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