Homilía del Jueves Santo

Esta tarde del Jueves Santo recordamos que Cristo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio, y amándonos sin medida, nos dio a conocer el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El nos amó y se entregó por nosotros. Era la hora de pasar al Padre a quien dio gracias porque le había escuchado, porque no le abandonaría a la muerte, porque le resucitaría y porque “podía ya en aquel momento dar su cuerpo y su sangre en el pan y en el vino, como prenda de la resurrección y la vida eterna”.

Aquella tarde Jesús pidió una casa para celebrar la Pascua con sus discípulos. Esta tarde nos la pide a ti y a mí. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Recordamos la alegría de Mateo y Zaqueo cuando hospedaron a Jesús en sus casas y recibieron de Él la libertad, el amor, la felicidad. No tengamos miedo a hospedar a Jesús en nosotros. Nos da todo sin pedirnos nada a cambio.
Homilía del Jueves
En el cenáculo se realiza todo con sencillez. “Bajo las especies del pan y del vino, Jesús se hace realmente presente  con su cuerpo entregado y su sangre derramada como sacrificio de la Nueva Alianza”. Es el misterio de la fe que se fundamenta no en los sentidos sino en la autoridad de las palabras de Jesús. No hay Iglesia sin Eucaristía, ni Eucaristía sin sacerdocio.

Jesús antes de la cena se arrodilla ante sus discípulos y se pone a lavar sus pies. Estos quedan desconcertados ante el Señor y Maestro. No es extraña la reacción de Pedro que no es capaz de comprender ni asimilar esta actitud de Jesús. La imagen del Mesías triunfante del domingo de Ramos se había diluido. Les va a decir: “Os he dado ejemplo…” “¡Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros!” (Jn 13,14). Participar en la eucaristía no es solo un precepto que hay que cumplir o una devoción privada que me consuela. Participar en la eucaristía pasa por lavar los  pies a los demás. Se trata de saber vivir en el amor que ha de traducirse en servicio. Esto conlleva inclinarse, abajarse y despojarse de todo tipo mantos. Cuando se ama no te consideras superior y tratas al otro con dignidad, valoración y respeto. Sabes que es tu hermano. Hemos de sentirnos queridos y servidos, dejarnos de tantos ropajes que nos impiden ser nosotros mismos y acercarnos a los demás para amarles y servirles, sobre todo a los pobres que están tan cerca de nosotros y pretendemos que nos pasen desapercibidos.

Quien no esté dispuesto a esto no tendrá parte con él. Es la lógica del amor y del servicio. Si queremos ser creíbles hemos de hacerlo todo con amor. Fácilmente nos sentimos identificados con la humildad de Pedro que se siente indigno de que el Maestro le lave los pies. Jesús es el amor que se arrodilla: “El que de vosotros quiera ser grande, que se haga el más pequeño”; el amor que sirve: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir”; el amor que purifica: “Dichos los limpios de corazón”. Pero “sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos purificar por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho”. La respuesta de Jesús es clara: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Humildad y servicio ha de ser el testimonio de la Iglesia, ha de ser nuestro testimonio.

Cristo dio su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, arrodillándonos con humildad ante los necesitados, aliviando con cariño sus penas, vendando las heridas con el aceite de la misericordia, y dando ejemplo con una vida intachable. ¡Dichosos los invitados a la Cena del Señor! También hoy sentimos la necesidad de decir convencidamente: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. “Comulgar dignamente requiere entregar la vida en sacrificio espiritual que salva y libera a los hermanos, y de ahí nacen los deberes del amor cristiano, de la justicia y de la paz. Todos somos llamados a la misma mesa con la misma dignidad de hijos de Dios”. Es Jueves Santo. Anunciemos la muerte del Señor, proclamemos su resurrección, y cumplamos su mandato: “Haced esto en memoria mía”. Amén

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