Homilía en la apertura del Año Jubilar en el VIII Centenario de la Orden de la Merced

Esta tarde nos hemos reunido para celebrar con alegría el comienzo del Año Jubilar concedido por el papa Francisco a la Orden de la Merced con motivo del VIII centenario de su Fundación por San Pedro Nolasco. Traemos nuestra ofrenda de gratitud por los beneficios recibidos y de súplica por la Orden, la Iglesia y nuestra sociedad. Lo hacemos con la maternal ayuda de Nuestra Señora de la Merced a fin de que gocemos del don de la verdadera libertad que se fundamenta en la verdad. Y esta verdad es Cristo.

Nos mueve el deseo de dar gracias a Dios y de alabarle porque percibimos que su misericordia continúa generación tras generación. El Año Jubilar es una llamada a la conversión, a renovar la fe y la esperanza que va más allá del simple optimismo. Somos conscientes de que pisamos una tierra arada por el sacrificio pues sólo así el fruto tendrá consistencia y alentará nuestra esperanza y nuestra lucha diaria, no menospreciando los medios humildes de la confianza y la disponibilidad. Como las vírgenes sensatas no debéis repartir lo irrepartible y no debéis arriesgar lo inarriesgable. Lo irrepartible y lo inarriesgable  es el encuentro con el Señor iluminados con la lámpara llena de buenas obras.

En el seguimiento de Cristo nuestra humildad será pobre porque estará muy cerca de saber lo esencial. Vais a hacer sin añoranza memoria de la Orden, de vuestro camino personal, de la familia religiosa, percibiendo con más fuerza la providencia del Señor. “Acordaos de vuestros guías que os anunciaron la Palabra de Dios, fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe” (Heb 13,7). Esta memoria que no es un disco duro, fortalece el corazón. No se entendería vuestra Orden sin la memoria que tiene el rostro de quienes habéis sido llamados a vivir este carisma de la liberación que ha quedado impreso en tantos pueblos y en tantas personas: personas anónimas que no se han reseñado tal vez en los libros de vuestra historia. También la Orden de la Merced tiene una letanía de santos, mártires, confesores y beatos a los que acudir.

Esta tarde la Palabra de Dios que hemos escuchado, nos llama a quitarnos tantas sandalias y caparazones que nos dificultan la sensibilidad para darnos cuenta que estamos pisando tierra sagrada en la que siempre hay que buscar la liberación de tantas esclavitudes materiales y espirituales que pueden oprimir a las personas de nuestros días. Los referentes a contemplar, como os dice el Papa en su Mensaje, son San Pedro Nolasco, la Virgen de la Merced y Cristo que para ser libres nos libertó, y seguirle a Él nos hace verdaderamente libres, indicándonos que toda ley alcanza su plenitud en este solo precepto: “Amarás a Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo”. Llegaremos a esta meta dejándonos guiar por la acción del Espíritu cuyos frutos son el amor, la alegría, la paz, la comprensión, la actitud de servicio y el dominio de sí. De esta manera entendemos que nuestra vida ha de estar disponible para realizar las obras de misericordia materiales y espirituales, signo de todo proceso de liberación, que se concreta en el pasaje del Evangelio proclamado. Cristo ha descendido a las situaciones más bajas y humillantes, las conoce perfectamente y se identifica con quien necesita ser liberado y premia a quien contribuye a esa liberación dando de comer al hambriento y de beber al sediento, hospedando al forastero, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y yendo a ver al encarcelado. Basta con mirar a nuestro alrededor para ver quién necesita ser liberado. Nos damos cuenta de que vosotros, mercedarios y mercedarias por carisma y todos por compromiso cristiano y humano hemos de ser liberadores según el proyecto de Cristo. Cuando nos encontramos con las personas descartadas por nuestra sociedad, nos estamos encontrando con nuestro propio juez. “No debemos cerrarnos a nuestra propia carne” (Is 58,7). Todos necesitamos ser liberados y hemos contribuir a la liberación. El Señor es Dios de salvación. Fiarse de Él quiere decir entrar en sus designios sin pretender nada, aceptando que su salvación y su ayuda lleguen tal vez a nosotros de forma diferente a nuestras expectativas. Somos hijos adoptivos de Dios. Y Cristo desde la cruz, nos dio a su Madre como Madre nuestra que como en Caná de Galilea nos dice: “Haced lo que Él os diga” para vernos libres de nuestras esclavitudes.

Con la intercesión de San Pedro Nolasco recurrimos a ella pidiendo su ayuda para ser las manos visibles de Cristo en la liberación de los demás. Que el Señor bendiga a toda la Familia Mercedaria. Amén

 

Versión en galego