Homilía en la celebración de Santo Tomás de Aquino

“Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Este texto de la Carta a los hebreos nos desvela el espíritu y la misión de Cristo enviado por el Padre para nuestra salvación. Su tarea es sincera y humilde obediencia como se manifiesta en el inicio de su misión. Esta obediencia no se realizará en actos litúrgicos externos; su propio cuerpo será objeto de la obediencia sacrificial. El sacrificio externo en la antigua alianza del hombre con Dios es abolido para hacer del Hijo de Dios hecho hombre un sacrificio total. Y este sacrificio es válido “una vez para siempre”, consuma la alianza y nos santifica a todos. La Nueva Alianza remite a la Antigua Alianza pero su sentido se transforma totalmente: se pasa a lo infinitamente eficaz, subrayando el carácter único y definitivo de la misión salvadora de Cristo. Su sacrificio en la cruz fue tan irrepetible y suficiente que en virtud de él podemos entrar en el santuario de Dios.

El pasaje del Evangelio deja constancia de la paradoja de los seres humanos enfrentados a Jesús e incapaces de conversión. Hasta los propios familiares según la carne sufrieron el escándalo existencial ante Cristo y algunos pensaban que no estaba en sus cabales. “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera  y te buscan”. “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Los parientes de Jesús quieren apoderarse de Él porque decían que “estaba fuera de si”. Esta actitud era el fruto de la incomprensión humana ante el Evangelio y a la total entrega de Jesús a los demás hasta el agotamiento. Desde el comienzo de su obra evangelizadora, había roto en cierto modo con su familia terrena y con su patria chica. Había ido forjando una nueva familia nacida de la gracia, a la que daría pronto toda importancia, superando el capricho y las veleidades sentimentales de la familia de la carne y de la sangre. La consanguinidad en Cristo actúa desde la gracia y la participación personal de la misma vida divina, intemporal y de su suyo indestructible, y nos hace miembros vitales de su Cuerpo, siendo El nuestra Cabeza. La comunión sacramental cotidiana o eventual es una vivencia de esta consanguinidad total con Cristo y con cuantos están comulgando en Él, por Él, y con Él. Un solo Corazón el de Cristo latiendo en nosotros y en sintonía total con Él. Un solo pensamiento, el de Jesús, y nosotros pensando desde Él, por Él y con Él.

Los santos han percibido certeramente este mensaje y lo han vivido. Hoy la Iglesia nos propone a Santo Tomás de Aquino, hombre de ciencia y de piedad, maestro de pensamiento e insigne teólogo. El estudio y la oración, la enseñanza y la predicación jalonan su vida. Los místicos, y Santo Tomás lo fue,  no huyen del momento que les toca vivir. Su preocupación es no amar en su presente. “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho”, decía santa Teresa de Jesús.

Vivió la opción y la pasión por Dios. Era consciente de que se debía a Dios, y sentía la necesidad de expresarlo en su palabra y sentimiento. Su humildad le llevaba constantemente a preguntarse si lo que escribía sobre los misterios era correcto. Y el Señor le responderá: “Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?”. “¡Nada más que tú, Señor!” fue la respuesta de Tomás. Y esta debería ser también nuestra respuesta desde nuestra pobreza.

El estudio busca comprender y comprendernos, para lograr el sentido de la vida, viviendo una relación auténtica de fe en Cristo y abiertos a la acción de su Espíritu Santo y de la Gracia, de la que brotan las virtudes teologales y morales. El esfuerzo intelectual ha de hacerse con caridad “que es la amistad del hombre principalmente con Dios, y con los seres que pertenecen a Dios”. Este fue el impulso del pensamiento intelectual de este gran maestro Santo Tomás. También hoy estamos necesitados de una nueva vitalidad intelectual para una vida sencilla en sus aspiraciones, concreta en sus realizaciones, transparente en su comportamiento. Se nos pide acoger con un pensamiento creativo en la perspectiva de la fe, las preguntas y los retos que brotan de la vida, para hacer que emerjan con claridad las verdades últimas del ser humano. No sólo la fe ayuda a la razón, también la razón, con sus medios, puede hacer mucho por la fe, prestándole el servicio de “demostrar los fundamentos de la fe; explicar mediante semejanzas las verdades de la fe; rechazar las objeciones que se levantan contra la fe”. Seguimos necesitando esa armonía natural entre la fe cristiana y la razón para ese diálogo interreligioso.

Al participar en la Eucaristía pidamos al Señor con Santo Tomás: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vida que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte”. Amén

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