Homilía en la Eucaristía de la asamblea de la Acción Católica General del viernes 4 de agosto

Movidos por la fe y deseando fortalecerla con la Tradición apostólica, habéis venido ante la Tumba del apóstol Santiago con vuestra ofrenda de gratitud y de súplica, como expresión sencilla de unos sentimientos religiosos que buscan saborear la experiencia profunda del misterio de Dios para ofrecerla a los demás. Esta Iglesia compostelana comparte con vosotros los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias, sobre todo de los pobres, de los que sufren, y de los que no encuentran el sentido de Dios en su vida. Os saludo con todo afecto.

Acabamos de escuchar en el evangelio: “¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el Hijo del carpintero”? “Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta”. En Jesús había como un instinto contra cualquier frivolidad sociológica. Inició la misión llamando a unos discípulos sin relieve alguno humano: rudos de profesión  aunque sinceros y sencillos de alma, aptos para la gracia de una vocación gratuita y trascendente. En Nazaret el escándalo de lo humano en Jesús generó una situación antievangélica. Jesús apunta criterios diametralmente opuestos al mito del prestigio humano. Así lo interpreta San Pablo: “Lo necio del mundo, lo débil del mundo, la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta lo ha elegido para que nadie pueda gloriarse en la presencia del Señor” (1Cor 1, 27-29). Confiar más en los valores humanos que en los medios divinos es radicalmente antievangélico. Buena clave esta para interpretar este encuentro nacional de la Acción Católica.

Viene hoy a nuestra memoria la peregrinación de aquellos jóvenes que llegaban a Santiago en agosto de 1948, guiados por el Siervo de Dios, Manuel Aparici. Hombre dócil a la acción del Espíritu, que dio un valor sagrado a su existencia y se confió a las manos amorosas de la Providencia, superando el desánimo o el pesimismo. Sigue siendo una referencia sin ambigüedad en la animación laical para la misión de la Iglesia.

Anunciar la alegría del Evangelio y transmitir la fe, construir una cultura nueva de solidaridad y revitalizar nuestras comunidades cristianas siguen siendo objetivos a lograr. Es necesario y urgente mirar a Dios como origen y meta de toda nuestra existencia y ver desde Dios las realidades que hemos de transformar conforme a los criterios del Evangelio, reconociendo y agradeciendo el papel histórico y actual de la Acción católica en la formación y compromiso cristiano. Una Acción católica renovada como, “don providencial”, es motivo de esperanza para saber responder a lo que nos pregunta el hombre de nuestros días.

“Si hay que evangelizar, si hay que recrear laicos para estos momentos, si es cierto que tenemos laicos pero carecemos de un laicado militante, si hay que reforzar la Iglesia diocesana y la comunidad parroquial, para todo eso nació la Acción católica”, movimiento que significó el primer despertar de la participación laical en la misión evangelizadora de la Iglesia.

La Iglesia necesita testigos y profetas creíbles, con una espiritualidad de encarnación, que crecen cada día en la vida sacramental. La vida de fe de la comunidad cristiana ha de ser factor de cambio, y corriente de cultura y de acción en medio de la sociedad, conforme al espíritu de las Bienaventuranzas. La vida familiar, las tareas profesionales, los compromisos sociales y la preocupación apostólica son el lugar donde ha de ponerse de manifiesto la energía transformadora del Evangelio, proclamando la soberanía de Dios, la primicia de su gracia, la centralidad salvífica de Cristo, la vida eterna, la dimensión mística de la experiencia cristiana, la necesidad de la abnegación de sí mismo para seguir a Cristo.  En nuestro peregrinar los signos de las llagas de Cristo se vuelven signos de liberación. La memoria del pecado se vuelve memoria del perdón recibido.

El apóstol Santiago nos ofrece un singular testimonio de opción por Jesucristo, de compromiso con su fe, que invita a la fidelidad personal, a esforzarse en una vida interior y a tener una disponibilidad para responder a la llamada del Señor a trabajar por su Reino, siendo sal de la tierra y luz del mundo. A la protección del apóstol Santiago y de la Virgen Peregrina os encomiendo a vosotros que habéis peregrinado, a vuestras familias, a los que no han podido hacerlo y a todos los que ya han concluido su peregrinación aquí en esta tierra. Dios y Santiago ayudan. Amén

Foto: @ACGevangelizar

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