Homilía en la Inmaculada 2015

En nuestra preparación para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios hecho carne, nos hacemos eco del comienzo del Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia en el que Dios nos pregunta: “¿Dónde estás?”(Gen 3,9). San Pablo dice en la carta a los Romanos: “Alabando a Dios entre los gentiles y cantando para su nombre” (Rom 15,9).

La fiesta de la Inmaculada es la prueba evidente de que Dios se preocupa de nosotros y de que su proyecto es Misericordioso, presentándonos a la criatura que él ha preservado de todo pecado. Después de la desobediencia de Adán y Eva, Dios no ha querido dejar la humanidad al vaivén del pecado. Ante la gravedad del pecado Dios responde con la plenitud del perdón. Esta actitud “nos indica el modo de obrar de Dios desde los albores de la historia”. María Inmaculada, la nueva Eva que dará a luz al nuevo Adán, Jesucristo, da alegría al corazón, alimenta la esperanza y, en este año, nos acompaña al abrir la Puerta Santa de la Misericordia como Madre de la Misericordia. Todos podemos peregrinar hacia el Padre proclamando que somos hijos amados y que nada ni nadie puede arrancarnos de sus brazos amorosos. Sólo nuestro pecado.

María es “señal de esperanza cierta y de consuelo” que nos invita a tener paciencia con nosotros mismos, con los demás, con las cruces no esperadas, con la Iglesia, a la vez santa y necesitada de purificación, con la sociedad y con el mundo que desearíamos que fueran espejo de la ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres, manteniendo vivas la fraternidad y la actitud misericordiosa para recomponer vínculos familiares, laborales, eclesiales, sociales, culturales y políticos.

Quien es misericordioso es feliz. Nadie en la tierra como María ha experimentado de manera tan radical la misericordia divina. “Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús”.

La primera lectura nos ha descrito la historia del primer pecado que surge contra la voluntad de Dios. En el Evangelio, al narrarnos el anuncio del nacimiento de Jesús, se subraya en María la humildad, la confianza, la bendición, la armonía con Dios, y con todo lo creado. Podemos decir: “Hemos contemplado, oh Dios, las maravillas de tu amor”. Y María es la maravilla del amor de Dios.

Preservada del pecado original, nos recuerda la victoria de la gracia sobre el pecado. María es más joven que el pecado. No se esconde como Adán y Eva. Se deja mirar por Dios que la transforma y engrandece, de tal forma que la felicitarán todas las generaciones (Lc 1,48). Es necesario dejarnos mirar por Dios para luchar contra el pecado y el mal, sabiendo que el mal llega hasta donde le deja el bien y el pecado hasta donde no acogemos la gracia. Nuestra historia está cimentada y sostenida por la bendición de Dios.

María armoniza en su ser la pequeñez y la grandeza: la pequeñez de esclava del Señor que genera la verdadera libertad; la grandeza que radica en la colaboración “de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres» (LG 61). La promesa cumplida se convierte en fuente de nuestra libertad.

La vida de María es nuestro espejo. Mirémonos en él. Ella es distinta pero no distante. Representa el comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo sin mancha ni arruga, abogada de gracia y modelo de santidad para el pueblo de Dios; es la primera realización del plan de Dios en la que se cierne la promesa y la garantía de que “nada hay imposible para Dios”. Nosotros hemos nacido con el pecado original. El mal anida en nuestros corazones. Despleguemos las arrugas de nuestro corazón. Nada manchado puede aparecer ante Dios. El Señor está con nosotros: “No temas… has hallado gracia… el Señor está contigo”, le dice el ángel a María.

Con ella esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador, Jesucristo, diciéndole: “Virgen y Madre María, tú que movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro “sí” ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús”. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Amén.

[Foto de archivo]

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