Homilía en la Solemnidad del Apóstol Santiago

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¡Muchas gracias, Majestades, por presentar personalmente la Ofrenda al Apóstol Santiago y estar con nosotros y entre nosotros! Ha causado mucha incertidumbre la pandemia del Covid 19 que nos está afectando en este tiempo en el que Sus Majestades han compartido las angustias, sufrimientos y preocupaciones de nuestro pueblo. Sinceramente se  lo  agradecemos. Las epidemias no están hechas a nuestra medida, por lo tanto las consideramos como un mal sueño del que esperamos despertar. Siempre nos sorprenden, generando en nuestra convivencia diaria la duda y el miedo, y  haciéndonos salir de la burbuja en que parecía que todo lo teníamos controlado, para caer en la cuenta de lo esencial de la vida y de la urgencia de ayudarnos mutuamente. Hemos sentido la necesidad de la ternura humana, de acompañar y sentirse acompañado, dirigiendo la mirada al entorno y al cielo pidiendo la ayuda también del apóstol Santiago, nuestro Patrono, para superar esta pandemia y librarnos de otra no menos hiriente en la condición humana como es una vida sin sentido, sin esperanza y sin amor.  En medio de todo el Señor nos ha recordado que está con nosotros, y que tal vez nuestra fe es poca. Decía el papa Francisco en su memorable homilía a una sociedad  recluida: “No es el momento de tu juicio, Señor, sino de nuestro  juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”.

En esta solemnidad recordamos que al apóstol Santiago el Señor le concedió la gracia de beber su cáliz, de participar en su suerte, siendo el protomártir de los apóstoles. Beber el cáliz del Señor se convierte en fuente de vida y de esperanza con la certeza de que no tenemos que cargar solos con nuestro sufrimiento. “Abrazar la Cruz de Cristo es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia… Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y a permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad”.

Las reliquias del Apóstol son memoria que nos anima a guiarnos con la luz del Evangelio “de tal modo que se pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura, y sobre la relación mutua entre ambas” (GS 4). Es preciso redescubrir la presencia y la bondad de Dios Padre, que “liberó a los hombres del miedo y del sometimiento a supuestos principios del mal que compitieran en poder con la bondad del único poder real sobre todas las cosas, el de Dios”[1]. El hombre convertido en ídolo, como configurador de sí mismo y de su mundo, acaba por destruir o poner en peligro a la naturaleza y a la humanidad[2].

“Creí, por eso hablé”. La fe nos libera del miedo, nos da esperanza e interpela a los desencantados. Se ha de manifestar con la  alegría “que nace del que se atreve, piensa y trabaja, no del que esquiva decisiones. La gloria de cada hombre y el destino de un país dependen del coraje de aquellos hombres y mujeres que desterrando la tristeza y cultivando la alegría se olvidan de sí mismos para pensar en el otro, en los otros y en Dios” (González de Cardedal). Ante el miedo y la desesperación de muchas personas cuando se menoscaba o se niega la primacía del ser humano, vemos que “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad” (EG 10).

La unidad en la colaboración, la reconciliación ante el enfrentamiento, la libertad, el respeto a los derechos y la responsabilidad ante los deberes, la inquebrantable defensa de la dignidad humana, la solidaridad y la cultura del cuidado común son logros a los que no podemos renunciar[3] y que nos ayudarán a superar la crisis humanitaria, también en una Europa que ha nacido peregrinando en torno a la memoria del apóstol Santiago. Es preciso discernir lo que nos ocurre buscando la salud del alma y del cuerpo, y las soluciones para reconstruir el tejido económico, teniendo en cuenta siempre el bien común.

Hemos de mirar más allá de los bordes de nuestra finitud “para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros”. Arrancar las raíces de nuestro origen nos lleva a la pérdida del sentido ético y religioso, diluyendo la dimensión  transcendente. “El hombre no se fía de Dios… Abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es competidor que limita nuestra libertad y que solo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir que sólo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad” (Benedicto XVI, 8 de dic. de 2005). La gloria y exigencia de la autonomía que Dios confiere al hombre es velar por los demás, venciendo el mal a fuerza de bien (Rom 12,21), y reconociendo que somos frágiles y vulnerables. La Iglesia preserva lo humano en el hombre. ¡Seamos valientes en nuestra propia debilidad! El Señor nos dice que él ha venido a servir y no a ser servido y que el que quiera ser el primero que sea el último. El individualismo favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, generando violencia, injusticia y opresión. Todos estamos en la misma barca, frágiles y desorientados, nos decía el Papa. No tiremos por la borda como un fardo anticuado nuestra tradición. Al compartir esta reflexión no pretendo hacerme dueño de vuestras conciencias sino colaborar en vuestra alegría para gloria de Dios.

Maxestades, con confianza acollo a vosa ofrenda para poñela no Altar. Apóstolo Santiago,  asiste e protexe ao Papa Francisco e á Igrexa que peregrina en España para que nos manteñamos fieis a Cristo. Encomendo coa túa intercesión a todos os pobos de España para que constrúan unha sociedade polo camiño da esperanza. Amigo do Señor, lembro con memoria agarimosa as persoas que morreron pola pandemia do coronavirus o por calquera outra causa. Non esquecemos as que morreron fai sete anos nas vísperas da túa festa polo accidente ferroviario, confiando que todas gocen xa da felicidade eterna. Intercede polos nosos gobernantes para que saiban encontrar, en diálogo sereno e respectuoso coa verdade, solucións aos auténticos problemas que nos preocupan, e por todas aquelas persoas que están ofrecendo os seus mellores esforzos para responder ás esixencias dos demais. Co teu patrocinio, Santo Apóstolo, pido que o Señor bendiga ás súas Maxestades e á Familia Real. Amén.

 

[1] CEE, Dios es amor. Instrucción pastoral en los umbrales del tercer milenio, 1998, 31.

[2] Cf. Ibid., 44.

[3] Cf. Testigos del Dios vivo, 23.

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