Homilía en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario

Con renovada esperanza venimos a postrarnos ante la Patrona de la Ciudad, la Virgen del Rosario, para venerarla con afecto filial. Una tradición viva en los hijos de esta ciudad tan prendada de María. De su mano en este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia queremos hacer una triple confesión: primero de gratitud sabiendo que si es mucho lo que tenemos que pedirle no son menos los motivos para darle gracias al Señor, una confesión de vida: nos damos cuenta que hay realidades entre nuestras vidas que no desearíamos que tuvieran lugar como es el pecado y sus consecuencias. Es verdad, a veces vemos lo que es mejor y hacemos aquello que no debiéramos hacer. Y también una confesión de fe proclamando que Jesucristo es nuestro Salvador y afirmando nuestra relación con Dios Creador y Redentor nuestro. Detrás de nosotros hay muchos testimonios cristianos que nos motivan a mantenernos firmes en la fe que profesamos. Ser cristiano es seguir a Cristo por el camino nada cómodo y nada humanamente beneficioso de la cruz que conforma nuestra identidad.

Con su prima Isabel le manifestamos a María: “Dichosa tú, que has creído”. Hablar de la fe es referirnos al misterio de Dios en que vivimos, reconociendo su providencia amorosa.  La luz de esa fe nos descubre la verdad de Dios y del hombre, y nos motiva a erradicar las causas de las que emergen todo lo que hiere la dignidad humana. “La verdad más profunda sobre el ser humano es que Dios en su amor, nos ha creado milagrosamente y que luego, al alejarnos de él, no nos ha dado por perdidos, sino que más bien nos ha restablecido y ha restablecido nuestra dignidad  de un modo aún más milagroso”[1]. Olvidar la relación con Dios creador y salvador lleva a convertirnos en medida de todas nuestras actuaciones y búsquedas, generando la miopía espiritual y la ceguera humana.  Desde su humildad exclamó: “Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”, quedando incluidos en estas palabras proféticas todos y cada uno de nosotros.

Esta mañana le pedimos que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos para que seamos misericordiosos con los demás. La verdadera misericordia manifiesta siempre el bien deseable, hace propuestas de vida, denuncia los males e implica una mirada profunda de amor. “Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. Donde quiera que haya cristianos cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”[2]. “Debemos practicar la misericordia, vivirla y atestiguarla de palabra y obra. Así por medio de un rayo de la misericordia nuestro mundo a menudo oscuro y frío, puede tornarse algo más cálido, algo más luminoso, algo más digno de ser vivido y amado”. El respeto a las personas que sufren y la coherencia evangélica, nos motivan a asumir con tanta dignidad como fidelidad este momento histórico y  a abrir los ojos a la luz de la fe en medio de tanta sospecha y desconfianza. Las inagotables fuentes del progreso humano son el culto a Dios, la caridad y la misericordia con el prójimo.

María acompaña la vida de cada cristiano. Ella ha vivido el amor misericordioso de Dios como nadie. Al pié de la Cruz, “María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno”. “Seamos misericordiosos como el Padre celestial”. “La misericordia es fuente innovadora y motivadora de la justicia social”[3], y lleva a reconciliarnos, a practicar el derecho, a amar la bondad y a caminar humildemente con Dios para descombrar ese cúmulo de imágenes que cubren la propia miseria, tapada no pocas veces por poses y humos retóricos. En este mundo no estamos como en una sala de espera, aguardando únicamente a que se abra la puerta a la vida eterna. Se nos invita a vivir desde la humildad de Cristo que vino “a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). Donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y sumisión impidiendo una auténtica promoción humana integral que conlleva respetar la vida, preocuparse de los necesitados y no ser meros espectadores de personas víctimas de cualquier tipo de violencia. La lógica del poder ha de cambiarse por la del servicio, la de la posesión por la del don, la del interés personal por la de la gratuidad. No olvidemos que el encuentro y la acogida del otro se entrecruzan con el encuentro y la acogida de Dios.

Confiemos en María, expresándole nuestro amor filial y pidiéndole que nos socorra para evitar todo aquello que como el odio, el egoísmo, la actitud de no perdonar,  nos aleja de Dios y de los demás, y que sane nuestras enfermedades físicas y espirituales. María sigue siendo contemporánea nuestra. Manifestémosle nuestro cariño filial a quien es “guía segura de nuestro camino”. Acojo su ofrenda, Sra. Oferente, para ponerla en el altar diciendo a María: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. Amén

[1] W. KASPER, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Santander 2013, 157.

[2] FRANCISCO, Bula Misericordiae Vultus, 12.

[3] W. KASPER, La misericordia

 

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